Capítulo 21: El viaje del hacedor
Desperté con el sabor a sangre en la boca. El dolor llegó después. Punzante en el costado. Pulsátil en la cabeza. Y ese tipo de dolor sordo y profundo que sugería un daño interno que no podía ver.
Abrí los ojos. El techo de la cabina del Teseo estaba torcido. Literalmente. Las placas metálicas se habían doblado en el impacto, creando ángulos imposibles. Cables colgaban como enredaderas mecánicas. Y todo estaba cubierto de ese polvo rojo del planeta.
—¿Miguel? —Mi voz salió rasposa.
Un gemido desde el asiento del piloto.
—Aquí... estoy aquí.
Me desabroché los arneses con dedos torpes. Cada movimiento era una agonía. Cuando finalmente me puse de pie, el mundo se inclinó peligrosamente. Me agarré a lo que quedaba de mi asiento. Miguel estaba desplomado sobre los controles, pero cuando se movió, lo hizo con más facilidad de la que yo esperaba.
—¿Estás herido? —pregunté, acercándome.
Él se palpó, revisándose metódicamente.
—Golpeado. Magullado. —Se tocó la cabeza e hizo una mueca—. Me di un golpe aquí. Duele, pero no sangra mucho.
—Déjame ver.
Examiné su cabeza. Había un bulto considerable en la sien derecha. La piel estaba intacta, pero el golpe había sido fuerte. Muy fuerte.
—Podría ser una contusión —dije—. Tenlo vigilado. Si empiezas a tener visión borrosa, náuseas, mareos...
—Te aviso. —Miguel asintió, pero ya estaba pasando a lo siguiente, ya fuera por pragmatismo o por la despreocupación que siempre lo caracterizaba—. ¿Los demás?
Isthar estaba en su asiento, consciente pero claramente aturdida. Tenía un corte sobre la ceja que sangraba abundantemente. Las heridas en la cabeza siempre sangran mucho, incluso las menores.
—Creo... creo que sí. —Se movió experimentalmente—. Todo duele, pero nada está roto.
—Bien. Miguel, necesito que encuentres el botiquín de emergencia. Está en el compartimento junto a la sala médica.
Él asintió y se levantó, tambaleándose solo ligeramente. Lo vi desaparecer por el pasillo torcido.
—¿Luis?
El robot estaba conectado a su estación, pero las luces que normalmente parpadeaban con actividad estaban apagadas o titilaban erráticamente. Me acerqué. Puse una mano en su carcasa metálica.
—Luis. Responde.
Nada. Luego, después de lo que pareció una eternidad, una luz roja parpadeó débilmente.
—Sis... temas... críticos. —Su voz sonaba como si viniera desde muy lejos, procesada a través de filtros rotos—. Daño... estructural... mayor... Procesador... principal... comprometido...
—¿Puedes repararte?
—Ne... cesito... tiempo... Componentes... de reemplazo...
—Te conseguiremos componentes. Aguanta.
Busqué a Kais. La encontré en el pasillo, todavía de pie, todavía sosteniendo a Beltrán en sus brazos. Pero sus ojos estaban vacíos. Las luces indicadoras en su cuerpo androide parpadeaban en secuencias que no reconocía.
—¿Kais? Hija, ¿estás ahí?
Nada. Ni reconocimiento. Ni respuesta. Toqué su hombro. Su cabeza giró mecánicamente hacia mí, pero no había nadie detrás de esos ojos.
—Mierda.
Beltrán seguía inconsciente en sus brazos. Peor aún: su respiración era irregular, superficial. La férula que Luis le había puesto en el rescate se había soltado completamente. El hueso roto había perforado la piel. Sangre fresca empapaba su uniforme.
Miguel regresó con el botiquín, moviéndose con eficiencia a pesar del aturdimiento.
—Beltrán primero —dije—. Está peor.
Entre los dos, conseguimos quitárselo a Kais. La androide no resistió, pero tampoco ayudó. Solo se quedó ahí, de pie, mirando a la nada. Llevamos a Beltrán a lo que quedaba de la sala médica. La camilla estaba volcada. El equipo médico, desperdigado por el suelo. Pero encontramos lo esencial.
Miguel me asistió con manos sorprendentemente firmes. Había aprendido primeros auxilios básicos, y ahora lo demostraba. Férula nueva. Inyección de coagulante. Vendajes. Cuando terminé, Beltrán seguía inconsciente. Su pulso era débil. Demasiado débil.
—¿Vivirá? —preguntó Miguel.
—No lo sé —admití—. Necesita atención médica real. Un hospital. Cirujanos. No nosotros con un botiquín para contusiones leves, aunque tuviéramos algo más potente. Y estamos en una nave estrellada.
Me juré a mí mismo que esto no volvería a ocurrir.
—Entonces hay que arreglar la nave —dijo Miguel, con la determinación que lo caracterizaba en su nueva vida—. O al menos hacerla lo suficientemente funcional para pedir ayuda.
Tenía razón. Pasamos las siguientes horas evaluando daños. Estaba... mal. Muy mal. Motor principal: destruido. Motor secundario: apenas funcional. Sistemas de comunicación: caídos. Navegación: corrupta. Soporte vital: funcionando al 60%.
Pero Miguel trabajó. Y trabajó duro. Con Isthar ayudando donde podía —tenía unos conocimientos increíbles de mecánica y orientaba a su hermano con eficacia—. Reconectando cables. Redirigiendo energía. Soldando lo que se podía soldar. Desgraciadamente, no teníamos energía suficiente para el replicador, aunque sí material de sobra para reciclar.
Yo me ocupé de Luis. Intentando estabilizar sus sistemas críticos. Pero sin repuestos, sin herramientas adecuadas, era como intentar realizar una cirugía cerebral con un cuchillo de cocina. Al menos, conseguí que su núcleo principal no se apagara por completo. Una batería auxiliar en su cerebro positrónico, interconectada a las comunicaciones de la nave, evitó lo peor. No podía alejarse mucho del Teseo.
Y de Beky... Beky no estaba.
Ni Marcus.
Mierda.
Lloré. Me escocían los ojos.
La noche cayó rápido en este planeta. Y con ella, el frío. Un frío brutal, acompañado de un viento intenso cargado de arena, que contrastaba violentamente con el calor del día. Nos reunimos en la cabina, donde al menos teníamos algo de calefacción funcionando.
—Necesitamos componentes —dije—. Específicamente, componentes de una nave similar para poder reparar los sistemas críticos.
—La nave enemiga —dijo Miguel—. Se estrelló a unos veinte kilómetros de aquí. Si hay supervivientes...
—Podrían ser hostiles —completó Isthar.
—Probablemente lo serán —coincidí—. Pero también tendrán lo que necesitamos. Tecnología. Piezas. Suministros.
—¿Quién va? —preguntó Miguel.
Todos nos miramos. Luis estaba crítico. Kais, desconectada. Beltrán, moribundo. Quedábamos tres funcionales.
—Yo voy —dije—. Llevaré a Betelchus. La mochila-robot de Isthar puede ayudarme a cargar lo que encuentre, al menos darme soporte. Además, desde cierta altura, ya que no tenemos mapas ni posibilidad de comunicaciones, quizás ayude a orientarme.
—Papá, solo...
—Miguel, te necesito aquí. Manteniendo la nave funcionando. Cuidando de los demás. Si algo me pasa...
—No digas eso.
—Si algo me pasa —repetí firmemente—, tú eres quien puede mantenerlos vivos. Tú sabes de pilotaje y tu hermana de reparaciones. Eres el que tiene que quedarse.
No le gustó. Pero asintió. Isthar tampoco estaba contenta, pero entendía la lógica.
Salí al amanecer del segundo día. El planeta era hermoso y aterrador a partes iguales. El sol —ese sol demasiado grande— se elevaba lentamente, tiñendo la tierra roja de tonos naranjas y púrpuras. Los árboles retorcidos proyectaban sombras imposibles. Betelchus estaba ajustado a mi espalda. El robot-mochila zumbaba suavemente, sus sistemas en modo pasivo pero listo para activarse cuando lo necesitara.
Caminé hacia el sur. Hacia donde los sensores habían mostrado el impacto de la nave enemiga. Veinte kilómetros. Dos días de caminata si todo iba bien. El terreno era traicionero. Rocas sueltas. Arena que se hundía bajo los pies. Y ese calor que comenzaba a acumularse incluso en las primeras horas de la mañana. Me sentía bien dentro de la armadura servoasistida, su soporte vital ayudaba, pero tenía al mínimo el sistema de asistencia al movimiento. Esto me iba a dar agujetas.
Llevaba agua. Comida. Armas. Y la esperanza de encontrar lo que necesitábamos. El monótono paisaje me llevaba a divagar entre viejas películas de ciencia ficción y otras más modernas. Me faltaba un enorme planeta gigante o un segundo sol, pero el lugar era ciertamente lo suficientemente... xenoforme.
La primera noche la pasé en un refugio improvisado entre rocas. El frío era brutal. Me envolví en la manta térmica de emergencia para no reducir la energía de mi traje y dejé que Betelchus montara guardia, sus sensores escaneando constantemente.
El segundo día fue más duro. El sol alcanzaba temperaturas que hacían ondular el aire. Cada respiración quemaba la garganta. Y entonces, al mediodía, encontré algo inesperado. Una garganta. Un cañón profundo que cortaba la tierra roja como una herida. Debía tener cincuenta metros de profundidad, quizás más. Y abajo, apenas visible en las sombras, había estructuras.
Ruinas. No eran naturales. Ángulos demasiado precisos. Piedras demasiado uniformes. Pero estaban casi completamente enterradas, solo visibles por la grieta que las había expuesto.
—Betelchus —dije—. ¿Puedes bajarme ahí?
El robot evaluó. Sus luces frontales parpadearon en dos ocasiones, como confirmación.
—Entonces bajamos.
Los propulsores se activaron. Betelchus me sostuvo mientras descendíamos por la garganta. El aire se volvió más fresco a medida que bajábamos, protegido del sol por las paredes del cañón. Aterrizamos cerca de las ruinas. De cerca, eran más impresionantes. Exploré durante veinte minutos, documentando todo con las cámaras de Betelchus. No era solo curiosidad; era la razón por la que habíamos venido a este cuadrante. Tras la información fragmentaria de Vex y los archivos de la Dra. Krost, cualquier rastro de los Antiguos podía ser una pieza del Genocaballero.
La arquitectura era la clave: ángulos demasiado precisos, cámaras circulares que no servían para vivir, sino para observar. En una pared menos erosionada, Betelchus iluminó unos relieves. No eran arte. Eran diagramas. Figuras humanoides junto a otras formas... alteradas, con miembros adicionales o fusionadas con esquemas geométricos. Símbolos de flujo y transformación.
"Coincidencia con iconografía Precursora del 'Proyecto de Unificación': 68%", proyectó Betelchus en mi visor. Era el término académico. Nosotros lo conocíamos por su nombre verdadero, el que encontré en los archivos robados: el Genocaballero.
—"Proyecto... contención... sujetos..." —El traductor capturó fragmentos, pero yo ya no necesitaba traducción. Esto no era un laboratorio. Era una cochera. Un lugar donde se habían "guardado" los resultados, o los materiales, de la transformación.
Un escalofrío me recorrió. Si esto estaba aquí, en el mismo planeta donde se suponía que iba a ocurrir el intercambio, nada era una coincidencia. El desierto no solo escondía a nuestros enemigos. Guardaba los huesos de lo que ellos pretendían recrear. Subimos, dejando las ruinas en su silencio acusador. La inquietud que me acompañó ya no era vaga. Tenía forma y nombre. Habíamos estado buscando pistas de un arma, y acabábamos de pisar su campo de pruebas.
Pero la inquietud me acompañó el resto del día. Este planeta no era natural. O, al menos, lo que había pasado aquí no lo era.
La segunda noche fue peor. Había encontrado otro refugio rocoso, pero este ofrecía menos protección. Y cuando la oscuridad cayó completamente, escuché sonidos. Movimiento. Arañazos. Respiración que no era mía.
—Betelchus, escaneo.
En la pantalla de mi casco se proyectó un área circundante de al menos 50 metros. En ella, varios puntos se movían en mi dirección.
—¿Tamaño?
Al lado de los puntos, los números cambiaban. Los datos me decían que el tamaño debía ser similar a perros medianos, incluso alguno grande.
—¡Yupiii! Vamos a entrar en calor.
Pequeño consuelo. Preparé mi arma. Las criaturas se acercaban, rodeando mi posición. En la oscuridad apenas podía ver sus formas. Cuadrúpedas. Con algo que podría haber sido pelaje o escamas. Ojos que reflejaban la luz de mi linterna con un brillo antinatural. La primera atacó rápido. Dientes afilados dirigidos a mi garganta. Disparé. El fogonazo iluminó la noche. La criatura cayó, pero otras dos tomaron su lugar. Betelchus activó sus defensas. Pequeños dardos eléctricos que lanzó contra las criaturas más cercanas. Funcionó. Se retiraron, aullando.
Pero no se fueron. Solo... esperaron. En la oscuridad. Observando. Pasé la noche sin dormir. Arma lista. Betelchus en alerta máxima. Las criaturas rondando pero sin atreverse a atacar otra vez. Cuando el amanecer finalmente llegó, se dispersaron, desapareciendo en madrigueras o grietas que no podía ver.
Me quedé temblando. No de frío. De la adrenalina residual y el miedo que no había querido admitir durante la noche.
—Continuamos —dije en voz alta, más para convencerme a mí mismo que por necesidad.
Y continué hacia el sur. Los restos de la nave enemiga aparecieron al mediodía del tercer día. El cráter era masivo. La nave había cavado una zanja de cincuenta metros cuando se estrelló. Los restos estaban desperdigados en un radio de doscientos metros. Y había movimiento.
—Supervivientes —murmuré, ocultándome detrás de una formación rocosa.
Betelchus amplió la imagen. Tres figuras. Posiblemente más dentro de los restos. Llevaban armadura corporativa. Armadura buena. Mejor que la mía. Probablemente con sus baterías al máximo. Y estaban armados.
—Opciones —susurré a Betelchus.
En mi casco apareció el siguiente texto: "Aproximación directa: probabilidad de éxito 15%. Sigilo hasta posición ventajosa: 60%. Evitar contacto completamente: 95%."
—La tercera no es opción. Necesito esos componentes.
—Entonces, sigilo.
Me despojé de las placas de armadura más pesadas, solo me dejé el torso y el casco. Rodeé la posición, usando el terreno como cobertura. El sol estaba a mi favor, cegándolos parcialmente cuando miraban en mi dirección. Me acerqué a cien metros. Cincuenta. Veinticinco. Y entonces uno me vio.
—¡Contacto!
El tiroteo estalló instantáneamente. Me tiré detrás de una roca mientras los disparos de energía convertían la arena cerca de mí en vidrio fundido. Devolví el fuego. Un impacto. El tipo cayó. Los otros dos buscaron cobertura. Esto se había convertido en un asedio.
—Betelchus, ¿cuántos más dentro de la nave?
En la pantalla de mi casco: "Escaneando... dos firmas térmicas adicionales. Posiblemente heridos o monitoreando sistemas."
Cinco contra uno. Las probabilidades no eran buenas. Pero tenía algo que ellos no: desesperación. Y experiencia sobreviviendo cuando las probabilidades eran malas. Lancé una granada de aturdimiento. No la vi explotar, pero escuché el estallido sónico. Uno de los tipos gritó. Aproveché la confusión para reposicionarme. Ahora estaba en su flanco. Disparé. Dos impactos más. Otro cayó.
El último se giró, pero demasiado lento. Mi siguiente disparo lo alcanzó en el hombro. Su arma cayó. Corrí hacia él antes de que pudiera recuperarla. El combate se volvió personal. Cuerpo a cuerpo. Golpes. Patadas. Él era más joven, más fuerte. Pero yo estaba más desesperado. No hay nada más fiero que un animal acorralado...
Le golpeé en la rodilla con mi bota, le hice un "tope carnero" que me hizo temblar hasta las rodillas. El frontal de su casco estalló. Cayó. La adrenalina estaba a tope. Vi cómo los sistemas médicos integrados en su armadura comenzaban a curarlo. No aguantaría otro asalto. Golpeé otra vez. Y otra. Cuando finalmente se detuvo, yo estaba jadeando. Cubierto de sudor y polvo rojo. Mis nudillos sangraban. Mi visión, nublada.
—¿Los de dentro? —pregunté a Betelchus.
En respuesta, salió disparado hacia un soldado que estaba a punto de dispararme, incrustándose en su casco con un movimiento de tal precisión que me dejó atónito. ¿Cuándo le habíamos programado algo así? El último superviviente me apuntó...
—Mierda.
Me dejé caer y me arrastré detrás de los restos de un ala. El tiroteo que siguió fue rápido y brutal. Intercambiamos disparos. Uno me alcanzó en el hombro. El dolor explotó, pero mantuve el arma firme. Mi disparo de respuesta fue mejor; no dejaba de soltar ráfagas. Alcancé a uno en el pecho. Su armadura aguantó, pero lo tiró al suelo. El último se rindió.
—¡Espera! ¡Espera! —Tiró su arma—. No quiero morir aquí.
—Entonces no me des motivos —dije, acercándome con mi arma apuntando—. ¿Cuántos más?
—Nadie. Solo nosotros cinco. Los demás murieron en el impacto.
—Bien. Quédate ahí. Quieto. Y vivirás.
Me acerqué y lo maniaté. No estaba seguro de si era verdad. Pero se mantuvo quieto mientras exploraba los restos, aunque Betelchus no le perdía ojo de vista. La nave enemiga era un tesoro de componentes. Sistemas de navegación intactos. Paneles de energía. Incluso algunas armas que podría adaptar al Teseo. Betelchus trabajó conmigo, empaquetando todo en contenedores con un sistema de suspensión gravitacional. No sabía, de todas maneras, cómo llevarme todo eso...
Y entonces encontré algo que me detuvo el corazón. Entre los escombros de la cabina, medio enterrado, asomaba un casco. No lo reconocí por las marcas federales quemadas, sino por la abolladura característica en el lateral izquierdo. La misma que le hice yo, meses atrás, durante un entrenamiento de acoplamiento en el que casi lo mato. Marcus.
Dejé caer la herramienta que llevaba. El sonido me pareció irreal. Me arrodillé y comencé a apartar escombros con las manos desnudas, ignorando los cortes. No buscaba un cuerpo. Sabía lo que significaba encontrar solo el casco en una explosión de plasma. Significaba que no había quedado nada que enterrar. Nada que llevar a casa para Sara. Solo esto.
o levanté con una reverencia que no supe mostrarle en vida lo suficiente. Era liviano, hueco. Un cascarón vacío donde antes hubo una mente brillante, un corazón leal y una sonrisa que me recordaba a la de Miguel cuando era niño. Lo había traído a esta misión. Lo había hecho parte de esta familia disfuncional que construimos a bordo del Teseo. Y él había respondido con una entrega total, no por el deber federal, sino por nosotros. Por amor.
—Lo siento, hijo —jadeé, y esta vez las palabras salieron cargadas con todo el peso de la culpa—. Te fallé. Te traje aquí.
Betelchus emitió un pitido bajo, una pregunta. No respondí. Envolví el casco en un paño y lo guardé en mi mochila. No era un componente. Era la deuda más pesada que jamás cargaría. Y también, el juramento silencioso de que su muerte no sería en vano. Si algo quedaba de nosotros, tendría su nombre.
Seguí buscando. Y encontré algo más inesperado. Los restos de Beky. La moto. Pero no estaban... dispersos. No como debería esperar de una explosión de esa magnitud. Las piezas estaban cerca unas de otras. Como si algo las hubiera mantenido unidas incluso en la destrucción.
Betelchus escaneó.
En mi casco: "Interesante. Detectando campo residual. Distorsión. Las piezas mantienen... coherencia cuántica, campo mórfico."
—¿En español?
—La distorsión que impregnaba esta moto ha creado un tipo de... memoria espacial. Las piezas 'recuerdan' estar juntas. Por eso no se dispersaron completamente.
Era extraño. Imposible. Pero en el Mosaico, imposible solo significaba que no lo entendías todavía.
—¿Puedo reensamblarla?
En mi casco, la información comenzó a fluir: "IA destruida. Sistemas de escaneo destruidos. Sistemas de vuelo vectorial destruidos. Pero la moto como vehículo gravitatorio no vectorial... sí, es posible."
Empaqué las piezas con cuidado. Beky merecía volver a volar. Aunque fuera el modelo original de respaldo, antes del desarrollo de su personalidad tan brillante. La llamaría Bety; me resistía a perder completamente a mi amiga.
El viaje de vuelta fue más rápido, pese a arrastrar un contenedor con lo imprescindible. Bety me ayudaba a cargar el peso y Betelchus tenía mapeado el camino. Evité la garganta. Evité las zonas donde las criaturas habían atacado. Dos días completos de marcha forzada. Cuando el Teseo apareció en el horizonte al atardecer del cuarto día, casi lloré de alivio.
Pero algo estaba... mal. La nave estaba demasiado silenciosa. Y todas las grietas, todas las aberturas, estaban selladas con mamparas o con cinta. Cinta americana. Por todas partes. En las ventanas rotas. En los agujeros del casco. En cada pequeña abertura.
—¿Qué diablos...?
Subí la rampa. También estaba parcialmente sellada, solo dejando un espacio justo para entrar.
—¿Miguel? ¿Isthar?
Silencio. Entré a la cabina. Vacía. Pero vi algo en el suelo que me heló la sangre. Trampas. Improvisadas. Hechas con cables, resortes y... ¿comida? Olfateé. Comida de camello. Esa cosa asquerosa que Miguel había comprado en los bajos fondos como broma. Esperaba que no se la estuviera comiendo.
—¿Para qué...?
← Capítulo 20: La Trampa del Desierto | 📚 Índice de Capítulos | Capítulo 22: Separados →
«La Senda del Errante» — Una historia en desarrollo.
Comentarios
Publicar un comentario