Capítulo 24: Los Kawalapiti
El Teseo avanzaba flotando a baja altura, sostenido por una combinación precaria de empuje y correcciones constantes. No volábamos. Planeábamos, rozando el mundo, como un ave pesada sobre el lomo de un gigante dormido. —Estabilidad aceptable —informó Lola—. Desplazamiento óptimo para seguimiento de indicaciones. Seguíamos el rastro de Miguel desde el interior de la nave. No eran huellas visibles, sino residuos: pequeñas alteraciones, microvariaciones en el polvo metálico antiguo, la huella tenue pero imborrable de la runa en el nekrochip. Una línea continua, clara, como un hilo de plata invisible tendido sobre el desierto. La runa de localización que le habíaincrito en el nerochip, justo el día antes de que Luis y yo le implantáramos el chip en Oasis, en un acto de pura desesperación paternal. Ahora, aquel gesto de miedo era nuestro único faro. Miguel había salido andando. Sin ocultarse. Caminando hacia algo, o alejándose de todo. Nosotros lo alcanzábamos con facilidad. El terreno se d...