Capítulo 53: Raíces en el Vertedero II
Un año es mucho tiempo cuando se cuenta desde fuera y muy poco cuando se vive desde dentro. Lo aprendí otra vez, aquí, de la misma forma en que lo había aprendido la primera vez que pisamos este planeta: el Vertedero no mide el tiempo en días. Lo mide en costuras que se cierran, en manos que aprenden algo que antes no sabían. No voy a contarlo día a día. Nadie lo haría, y menos yo, que llevaba tres años sin poder contar nada en absoluto. Voy a contarlo como se cuenta lo que de verdad importa de un año: por lo que cambió en cada uno. El cuerpo tarda en aprender un planeta nuevo, y el mío tuvo que aprender este dos veces. El óxido tiene su propio olor, metálico y dulzón a la vez, y se pega a la ropa, al pelo, a la parte de atrás de la garganta. Los primeros días volvía a notarlo en cada respiración; a la segunda semana ya no lo notaba en absoluto, y eso, más que cualquier otra cosa, me dijo que había vuelto a casa, o a lo más parecido a una casa que teníamos en este rincón del Mosaic...