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Capítulo 26: Reciclaje y Preparación

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Capítulo 26: Reciclaje y Preparación Seawolf trabajaba solo. Había elegido los restos de la nave enemiga por una razón simple: allí nadie miraba. El casco abierto y retorcido emergía del terreno como un animal muerto, oxidándose al sol apagado del planeta. El aire olía a metal viejo y a ceniza. No había viento. Solo el crujido ocasional de estructuras cediendo bajo su propio peso. Desmontaba pieza a pieza. No había rabia en el gesto. Tampoco prisa. Quitaba placas, cortaba anclajes, extraía componentes con una precisión casi ritual. Las armaduras enemigas eran densas, hechas para resistir impactos extremos. Buen material. Las armas, desmontadas hasta el último tornillo, ofrecían circuitería reutilizable. Nada se desperdiciaba. Los cuerpos eran lo más difícil. Los implantes estaban integrados en carne ya sin vida. Seawolf trabajaba en silencio, separando metal de tejido con movimientos firmes. No había solemnidad, pero sí una atención contenida. ...

Capítulo 25: Las Minas y el Despertar

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Capítulo 25: Las Minas y el Despertar La entrada a las minas no estaba señalizada. No había restos visibles de estructuras recientes ni marcas ceremoniales. Solo una hendidura amplia en la roca, como si el planeta se hubiese abierto allí por desgaste. El aire que salía era más frío, húmedo, con un olor antiguo a piedra mojada y metal dormido. Los Kawalapiti se detuvieron antes de cruzar el umbral. No dijeron nada. Aquél no era un lugar evitado por miedo, sino por respeto. Robogato avanzó solo. Sus sensores se ajustaron automáticamente al entorno. La luz artificial devolvía sombras curvas, irregulares, que parecían moverse incluso cuando no lo hacían. El suelo cedía levemente bajo su peso; no era roca virgen, sino tierra trabajada, removida durante generaciones. A medida que descendía, el silencio cambiaba. No desaparecía: se espesaba. Entonces los vio. En una cavidad amplia, al borde de una charca subterránea, descansaban varias criaturas. Sombras de la Noche. Cuerpos osc...

Capítulo 24: Los Kawalapiti

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El Teseo avanzaba flotando a baja altura, sostenido por una combinación precaria de empuje y correcciones constantes. No volábamos. Planeábamos, rozando el mundo, como un ave pesada sobre el lomo de un gigante dormido. —Estabilidad aceptable —informó Lola—. Desplazamiento óptimo para seguimiento de indicaciones. Seguíamos el rastro de Miguel desde el interior de la nave. No eran huellas visibles, sino residuos: pequeñas alteraciones, microvariaciones en el polvo metálico antiguo, la huella tenue pero imborrable de la runa en el nekrochip. Una línea continua, clara, como un hilo de plata invisible tendido sobre el desierto. La runa de localización que le habíaincrito en el nerochip, justo el día antes de que Luis y yo le implantáramos el chip en Oasis, en un acto de pura desesperación paternal. Ahora, aquel gesto de miedo era nuestro único faro. Miguel había salido andando. Sin ocultarse. Caminando hacia algo, o alejándose de todo. Nosotros lo alcanzábamos con facilidad. El terreno se d...

Capítulo 23: La colmena emergente

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La conciencia regresó como la marea: lenta, fría, arrastrando consigo los restos del sueño. No hubo confusión. Solo la pesadez ósea de un agotamiento demasiado profundo para ser curado, y el recuerdo inmediato, punzante: Miguel. El desierto. La promesa. Abrí los ojos. Estaba en mi litera. El zumbido bajo y constante que llenaba el Teseo no era el rumor tranquilo de sus sistemas sanos, sino el sonido de una herida siendo cerrada a la fuerza: soldadores, amoladoras, el traqueteo irregular de herramientas. Me incorporé con un gruñido. Azul —el gato azul— estaba enroscado a mis pies. Alzó la cabeza, me observó con sus ojos amarillos e inteligentes, parpadeó lentamente y volvió a cerrarlos, como si vigilar mi sueño hubiera sido una tarea asignada. —Bienvenido de vuelta al mundo de los funcionales —dijo una voz a mi derecha. Luis. De pie junto a la puerta, en su nuevo cuerpo humanoide. Los ojos verdes me evaluaban con una preocupación que ya no era solo cálculo. —Catorce horas. Las necesitab...

Capítulo 22: Separados

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Seguí explorando. Encontré bichos muertos. Pequeños, de pelaje grisáceo y corto, con orejas diminutas e incisivos largos y amarillentos. No eran capibaras, pero en mi mente cansada ese había sido el referente más cercano. Eran las criaturas del desierto. Las que me habían atacado a mí. Aplastados, quemados, destrozados de varias formas creativas. Y entonces llegué a la sala común. Y vi el pentagrama. Dibujado en el suelo con sangre. Sangre oscura, casi negra. De los bichos, supuse. Símbolos alrededor que Miguel claramente había inventado. Velas medio derretidas. Y en el centro, un círculo vacío. —Miguel... —susurré—. ¿Qué coño hiciste? Corrí a la sala médica. Beltrán estaba ahí. Muerto. Sin sábana. Sin nada cubriéndolo. Simplemente muerto en la camilla, ojos abiertos mirando a la nada. El cuerpo, frío. Rígido. El rigor mortis ya instalado. ¿Cuánto tiempo? ¿Dos días? ¿Tres? Era difícil saberlo en este planeta. Cerré sus ojos con dedos temblorosos. No podía dejarlo así. No había congelad...

El Viaje de Regreso

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"¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que el alborada! ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!"         - San Juan de la Cruz Convertido el memento mori en un memento amare: un recordatorio de que, al final, lo único que importa y perdura es el amor. ​Dormir es emprender un largo viaje, soltar amarras con la realidad, dejar en la orilla todo equipaje y flotar en la inmensa oscuridad. ​Por eso el niño teme a la partida, no quiere navegar la noche a solas; se aferra a sus padres, que son la vida, como un faro que alumbra entre las olas. ​Y el marino, cansado de remar, ya no teme al océano profundo; solo pide una mano que estrechar para soltarse suave de este mundo. ​La Luna, capitana de los sueños, vigila desde arriba el gran misterio, cuidando de los grandes y pequeños, borrando las fronteras del imperio. ​No importa si el despertar es mañana o si el viaje nos lleva a otro lugar; la muerte es solo abrir una ventana para que el al...

Capítulo 27: EP-9: Segunda Visita

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Capítulo 27: EP-9 — Segunda Visita EP-9 apareció en los sensores como una cicatriz conocida. El Teseo entró en órbita con más estabilidad que la vez anterior, aunque las correcciones siguieron siendo constantes. La nave ya no agonizaba, pero estaba marcada. Cada maniobra dejaba un eco leve en la estructura: un recordatorio de que seguíamos avanzando con un cuerpo que ya no era el original. Durante el trayecto desde el mundo de los Kawalapiti, trabajé en silencio. No en los sistemas principales del Teseo —eso lo llevaba Lola—, sino en algo más discreto: un núcleo funcional mínimo ensamblado a partir de módulos reciclados y procesados por el replicador. No pretendía ser una IA plena ni una copiloto. La llamé Hestia . Hestia no pilotaba: acompañaba. Supervisaba cargas, mantenía rutinas logísticas básicas y cuidaba trayectorias simples. La diseñé para ir en Beky; para sostener algo que aún no existía, pero que tendría que parecer un hogar desde el primer día. No un arma. Un refugio. ...