Capítulo 54: El Maestro Rúnico
Lo encontré donde todo el asentamiento sabía que estaba, aunque nadie me lo hubiera señalado con el dedo: un taller pequeño, apartado del ruido de los generadores, con los muros cubiertos de grabados que no eran decoración. Eran lenguaje. Lo supe antes de entender una sola línea. De cerca, el taller olía distinto a los demás: no solo metal caliente, sino algo más seco, casi mineral, como piedra recién partida. Los materiales que cubrían las mesas no se parecían a la chatarra de fuera: fragmentos con vetas que no había visto en ningún otro punto del planeta, herramientas que él mismo había tenido que inventar porque no existía nada que sirviera para lo que hacía. Nada estaba etiquetado. Él no lo necesitaba. —Llevas dos días mirando la puerta desde la calle —dijo, sin darse la vuelta—. Entra o vete. Las dos cosas son válidas. Quedarte ahí fuera no lo es. Entré. Se llamaba Davan. No tenía diploma. No pertenecía a ningún gremio, a ninguna escuela, a ninguna organización que pudiera d...