Capítulo 55: La Carrera
Encontré a Miguel entrenando solo, otra vez, mucho después de que el resto del asentamiento se hubiera ido a dormir. El aire de la noche en el Vertedero es distinto al del día: más frío, más quieto, con el óxido asentado en vez de flotando, y el cielo gris oscureciéndose hasta un negro que nunca es del todo negro por el resplandor lejano de alguna forja que no descansa. No era la primera vez que lo encontraba así. Llevaba meses así: saliendo antes que nadie, volviendo después que todos, con las manos raspadas de práctica y una concentración que no dejaba sitio para nada más. Lo vi trazar un portal pequeño, del tamaño de una moneda, sostenerlo un segundo de más del necesario, y cerrarlo con un gesto seco, como quien cierra un puño. El chasquido del aire al sellarse era el único sonido en todo el asentamiento. —¿Otra vez tarde? —le dije, apoyándome en el marco de la puerta. —Estoy mejorando el tiempo de apertura. —¿Cuánto has bajado? —Dos décimas. Lo dijo como si dos décimas fueran...