Capítulo 30: La Comandante

Capítulo 30: La Comandante

El hangar era un vacío controlado, pero no se parecía al nuestro.

Demasiado limpio. Demasiado perfecto. Superficies sin desgaste. Geometría impecable. Luz dorada sin fuente visible. El contraste con el exterior era perturbador, como pasar del caos a una catedral.

Los ángeles aterrizaron alrededor sin prisa, cerrando posiciones como si ya supieran el final.

Las compuertas se cerraron detrás de nosotros con un sonido seco.

No sentí que estuviéramos atrapados.

Sentí que habíamos sido admitidos… para ser procesados.

Entonces el umbral del fondo se iluminó.

Y ella entró.

La Comandante.

Ereshkigal.

No vestía su armadura. No la necesitaba.

Dorada, marcada por símbolos que no reconocí, avanzaba como si el hangar fuera suyo desde siempre.

Su armadura estaba sobre un pedestal, enorme, abierta como si hubiera sido preparada para mostrar su interior. Un dios antiguo esperando ser vestido.

La nave corrigió su orientación con un giro mínimo. Las compuertas terminaron de sellarse.

Quedamos solos con ella en el hangar dorado.

Pero no sentí que eso fuese realmente una ventaja.

Todos intentamos que no alcanzase su armadura. Pero se acercaba lenta, segura y ominosa hacia el pedestal, como si nada de lo que hiciéramos fuese suficiente.

Golpes que resonaban incluso allí dentro. Miguel cayó contra una pared. Yo sentí cómo algo se rompía en mi costado.

Isthar se lanzó contra Ereshkigal sin dudar.

Fue demasiado rápido.

La comandante la sujetó —cuello, cintura— y tiró.

El sonido no fue un grito.

Fue un silencio absoluto.

La cabeza de Isthar quedó en sus manos; después arrojó los restos como si fueran despojos.

Todo se detuvo.

Recé para que el nekrochip estuviese intacto. La esperanza brillando débilmente en mi interior, como una señal que se niega a apagarse.

El horror nos atravesó como un disparo limpio.

—No… —susurró Miguel.

Activé todo lo que tenía y me lancé. No furibundo. Consciente. Solo para darles una oportunidad de huir.

Luis gritó por el canal:

—¡Saúl! ¡La cabeza! ¡Salva la cabeza!

Algo se movió entonces, pequeño, rápido.

Uno de los PD.

Sin palabras, sin dramatismo, recogió la cabeza y retrocedió.

Ereshkigal no lo persiguió.

Caminó hacia la armadura gigantesca.

—Integración iniciada —dijo una voz que no parecía del todo suya.

Un lanzallamas se encendió.

Yo activé la runa de protección justo a tiempo. Sentí el calor antes de sentir el dolor. La armadura se fundió en varios puntos, soldándose a mi piel.

Activé medikits, leves y graves. No podía apartarme: si me apartaba, los incineraba.

Los segundos se estiraron como horas.

Un aviso cruzó el HUD. Hemo‑salida. Agradecí sin saber a quién, mientras el cuerpo entumecido por las drogas intentaba seguir siendo cuerpo.

La arcanita me arrojó con violencia.

El mundo se volvió fuego…

…y después oscuridad.

_________________________________________

No supe cuándo volví a “sentir”.

Hubo luz. Hubo sombras. Hubo manos tirando de mí.

Hubo una vibración constante. El Teseo, quizás. O solo el ruido del propio cuerpo intentando seguir. Sentí metal bajo mi espalda.

Intenté respirar. No supe si lo conseguía.

El hangar dorado quedó atrás… o tal vez fui yo el que quedó atrás de todo.

En el borde de la distorsión, entre interferencias y silencio, creí notar una presencia. No una voz. No una imagen. Una certeza fugaz, imposible de sostener.

No habíamos estado solos.

Luego el mundo se apagó del todo.

← Capítulo 29: Explosión en el Vacío  |  📚 Índice de Capítulos  |  Capítulo 31: Cristalización →

Comentarios

Entradas populares de este blog

Capítulo 1: Encontrando el camino desde casa.

Capítulo 02: El Zippo I

Capítulo 06: El regreso