Capítulo 19: Cuatro Teselas, Cuatro Verdades
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El mensaje de Samuel llegó en la tercera mañana en EP-9.
Revisaba las finanzas —calculando el coste en reputación y dignidad de los «chupitos mágicos» de Ladino— cuando el comunicador encriptado vibró con la señal de los federales.
El texto era breve. Profesional. Y preocupante.
"Seawolf. Inteligencia confirma movimiento del objetivo. Cuatro ubicaciones requieren verificación antes de intercambio final. Coordenadas adjuntas. Prioridad: rescate agente Beltrán, Karesh-7. Crítico. Tiempo limitado. -Samuel"
Miré las coordenadas. Cuatro planetas. Dos semanas de viaje si lo hacíamos rápido.
—Mierda —murmuré.
La voz eficiente de Beky surgió de los altavoces. —¿Problema, Seawolf?
—Tenemos trabajo. Reúne a todos. Ya.
Quince minutos después, el equipo estaba apiñado en la cabina. Miguel con Azul en el regazo —el gato ya había elegido amo—, Isthar con el aire vergonzante que le dejó la fiesta, Luis procesando, Kais en silencio y Marcus limpiando su arma.
Proyecté el mensaje.
—Samuel nos manda a cuatro planetas. Información dispersa sobre el maletín. Y un rescate inmediato.
—¿Cuatro? —Miguel frunció el ceño—. Es mucho territorio.
—Por eso salimos hoy. Rustom, tus contactos esperarán. Esto es prioritario.
—¿Qué sabemos de esos mundos? —preguntó Marcus.
—Poco. El primero, Karesh-7, es donde está Beltrán. Selvático, hostil.
—¿Y los otros? —insistió Isthar.
—Fuentes de inteligencia. Fragmentos de información. O Samuel no confía ni en sus propios canales, o nadie tiene el mapa completo.
—Paranoia institucional —murmuró Luis—. Fascinante e inquietante.
—Sea como sea, nos vamos —corté—. Preparad equipo para dos semanas. Kais, revisa los sistemas del Teseo. Partimos en dos horas.
No hubo protestas, solo el movimiento coordinado de quien sabe que el reloj corre.
Mientras se dispersaban, me quedé mirando las coordenadas. Cuatro piezas de un rompecabezas.
Y la certeza de que Samuel no me lo estaba contando todo.
PLANETA 1: KARESH-7
Un verde agresivo, húmedo y vivo nos recibió. Una jungla que quería matarte.
Descendimos en una explanada que la vegetación ya reclamaba.
—Señal de emergencia —anunció Beky—. Tres kilómetros al este. Débil.
—Miguel, tú te quedas. Motor caliente. Si sale mal, despegas sin preguntar.
—Papá…
—Es una orden.
El equipo de rescate —Isthar, Marcus, Luis, Kais y yo— se adentró en la espesura. El calor asfixiaba. El aire olía a podredumbre y vida frenética.
Una hora después, Luis alzó una mano. —Señal más fuerte. Medio kilómetro.
Y entonces sonaron los disparos.
Beltrán estaba acorralado contra un árbol masivo, la pierna rota, el uniforme empapado de sangre. Lo rodeaban cosas que no eran del todo plantas ni animales: enredaderas con espinas que se movían hacia su carne, buscándola. Disparaba con meticulosa desesperación.
—¡Contacto! —grité.
Fue una carnicería breve y brutal. Fuego, gritos y el olor a vegetación quemada. En cinco minutos, el claro estuvo limpio.
Corrí hacia Beltrán. —¿Puedes moverte?
—Hace dos días que no —jadeó.
Luis le aplicó analgésicos y una férula temporal. —Esto le aguantará hasta la nave.
La retirada fue una carrera contra las enredaderas que nos perseguían. Al salir de la jungla y ver el Teseo con la rampa baja, con Miguel en los controles, el alivio fue casi físico.
—¡Dentro! ¡Todos!
Despegamos con la rampa aún subiendo. En la enfermería, Luis y Kais estabilizaron a Beltrán.
—Gracias —murmuró el federal—. Pensé que era el final.
—Descansa —dije.
Pero al salir de órbita, la pregunta me quemaba: ¿por qué Samuel había esperado tres días?
PLANETA 2: NEXAR PRIME
Lo opuesto a Karesh-7: un mundo árido y polvoriento, con ruinas de ciudades medio enterradas.
El contacto era Vex, un comerciante de información. Samuel dijo que tenía datos sobre el contenido del maletín.
Decidí ir solo. Su paranoia no toleraría un grupo.
Mantuve el Teseo en órbita, cerca de un puerto espacial en ruinas, y descendí en la lanzadera EP-9 con Beky como única compañía.
—Si sigues afinando así los vectores —dije, estirándome en el asiento—, voy a pensar que lo haces para impresionarme.
—Eso sería impropio de una IA de soporte táctico —respondió su voz desde los altavoces—. Pero optimizar tu comodidad mejora tu estado de ánimo un 12,4%.
—Adulación. Luego no te quejes.
—Isthar no se pone celosa —replicó, con una pausa calculada—. Miguel tampoco. Luis lo racionaliza. Kais no entiende el concepto.
—¿Y tú?
—Entiendo la dinámica. Y entiendo que ya hemos tenido esta conversación.
Sonreí. No era la primera vez que volábamos así, los dos solos, sin necesidad de explicarnos demasiado.
El silencio se llenó solo con el zumbido de los motores. Luego ella habló de nuevo.
—Te noto cargado. Hoy más.
—Hoy pesa más.
—Anotado.
—Beky… cuando esto acabe, deberíamos parar. Tú y yo. Sin misiones, sin federales.
—Eso contradice tu patrón conductual. Pero puedo simular que acepto la idea.
—No la simules. Guárdala.
—Hecho. —Redujo velocidad al aproximarnos—. Seawolf, si sigues hablándome así, alguien sacará conclusiones incorrectas.
—Que las saquen. A estas alturas, me da igual.
—Mentira —dijo, y casi pude oír una sonrisa en su tono—. Pero una mentira consistente.
Aterricé en las coordenadas. Un edificio en ruinas con huellas recientes.
—¿Vex? —llamé—. Vengo de parte de Samuel.
Un hombre emergió de las sombras, viejo, con implantes cibernéticos obsoletos como raíces de metal. Un ojo orgánico, otro mecánico.
—¿Traes pago?
—Créditos. Como acordó.
—Bien —bufó—. Buscas lo que hay en el maletín. Es peligroso. Es antiguo.
—¿Qué es?
—No un arma. Los antiguos no destruían… transformaban. Es una herramienta. Para cambiar, para hacer… diferente. —Sacó un dispositivo de datos viejo—. Imágenes. Textos rotos. De la civilización que lo usó. Antes de desaparecer.
Las imágenes me helaron la sangre. Seres fusionados con tecnología de forma grotesca, ni orgánicos ni mecánicos del todo.
—¿Qué les pasó?
—Desaparecieron. Todos. Hace mil años. Este planeta era suyo. Usaron la herramienta y luego… nada. —Señaló las ruinas—. Lo que corre ahora es una copia. Una corporación la tiene. La venderá pronto.
—¿Dónde?
—Eso —sonrió, mostrando dientes metálicos— cuesta más.
Le di los créditos extra que llevaba. Me dio coordenadas parciales, un sector, una ventana de tiempo.
—Ve con cuidado —gruñó al despedirme—. Muchos lo quieren. Algunos matarán por ello. Otros harán cosas peores.
Regresé al Teseo con más preguntas que respuestas, pero con una certeza: esto era mucho más grande y oscuro de lo que imaginábamos.
PLANETA 3: TERMINUS GATE
Un puesto comercial neutral, un hervidero de especies. Nuestro contacto aquí era oficial: la Dra. Yenna Krost, archivista federal en una biblioteca que era fachada.
Me recibió en una sala aislada, con aire de haber visto demasiados secretos.
—Samuel dice que necesitas contexto histórico. Te advierto: no es tranquilizador.
Activó un holograma. Imágenes de civilizaciones antiguas.
—Los Precursores dejaron herramientas dispersas. Su propósito creemos que era acelerar la evolución. Empujar especies hacia… algo.
—¿Hacia qué?
—No lo sabemos. Los registros se cortan. Las especies que las usaron cambiaron drásticamente. Unas ascendieron. Otras… —me miró—, como en Nexar Prime, desaparecieron. El objeto en circulación es una copia imperfecta, pero funcional. Y peligrosa.
—¿Quién la tiene?
—Una corporación fantasma. Pero hay interés arcanita también. Para modificación, mejora, control. —Cerró el holograma—. Imagina transformar soldados. O poblaciones enteras.
El horror de esa idea se instaló en mi estómago.
—Necesitamos detenerlos.
—Por eso estás aquí. Pero hay algo más. —Se inclinó—. El objeto responde al usuario. Se adapta, se integra. Quien lo active… podría no ser la misma persona después. Se convertiría en algo diferente.
—¿Mejor o peor?
—Diferente. —Me entregó un chip—. Estudios, teorías, advertencias. Úsalo con cuidado.
ABORDO DEL TESEO. NOCHE.
Mientras el equipo dormía y navegábamos hacia la cuarta coordenada, me encerré en mi terminal personal. Conecté el chip de Yenna y el dispositivo de Vex.
Las horas pasaron. La información era fragmentaria, pero un patrón emergía. En los textos más recientes, mil años atrás, encontré un término que detuvo mi respiración.
Genocaballero.
No era un nombre, era una advertencia. "Geno" de genes, de especie. "Caballero" de jinete.
El que cabalga sobre la evolución. El que decide qué serán.
La copia actual era imperfecta, impredecible. Pero aún capaz de una transformación profunda, de bioasimilación irreversible.
Cerré los archivos al amanecer artificial, los ojos ardientes, la mente en llamas. Sabía lo que perseguíamos. Sabía el porqué de tanta codicia.
Abrí mi bitácora física y escribí:
"He descubierto qué es. El Genocaballero. Una herramienta de transformación fundamental. Evolución forzada. Quien la use cambiará para siempre.
Si los arcanitas la obtienen, crearían un ejército de transformados. Si nosotros la conseguimos… ¿qué haríamos? ¿Destruirla? ¿Entregarla? ¿O usarla?
No puedo decírselo. No todavía. Esta carga es mía. Protegerlos, incluso de la verdad."
La guardé en su escondite. En horas, llegaríamos al lugar del intercambio.
Y algo en mi instinto gritaba que nada sería simple.
PLANETA 4: KARESH-9B
Las horas de viaje hacia la cuarta y última coordenada fueron tensas y silenciosas. El peso de lo descubierto en los archivos era una losa sobre mis hombros, y la inquietud del equipo era un zumbido casi audible en los corredores del Teseo.
Cuando el planeta apareció por fin en los sensores, una sombra se cernió sobre nosotros.
Karesh-9B llenaba la vista desde la cabina. Un mundo de tierra roja y cañones profundos, bajo un sol pálido y distante. Árboles retorcidos, como garras, se aferraban a las mesetas. No había señales de movimiento en los escáneres. Solo el viento cargado de polvo y un silencio de frecuencia demasiado perfecto.
—Esta es la ubicación —dije, proyectando las coordenadas de Vex—. El punto del intercambio.
—Terreno abierto —observó Marcus al instante, su mirada táctica escaneando el relieve—. Sin cobertura natural. Visibilidad total. Es el lugar perfecto para una emboscada, no para un trueque.
—Lo sé.
Miguel ajustó los controles para una órbita baja. —¿Órdenes?
Miré a mi equipo. Isthar, serena pero alerta. Luis, ya analizando las lecturas atmosféricas. Kais, inmóvil como una estatua, sus sensores apuntando hacia la superficie. Marcus, con la mandíbula apretada. Y en la enfermería, Beltrán, durmiendo gracias a los analgésicos.
Habíamos recorrido cuatro planetas. Habíamos rescatado a un agente, reunido fragmentos de una verdad aterradora y descubierto que el objeto que perseguíamos no era un arma, sino algo infinitamente más peligroso: una llave. La llave para convertirse en Genocaballero.
Y ahora, aquí estábamos. En el umbral.
—Samuel dijo que necesitábamos verificar las cuatro ubicaciones antes del intercambio final —recordé en voz alta—. Esta es la última. No estamos aquí para intervenir. Solo para observar y confirmar.
—¿Y si el intercambio sucede ahora? —preguntó Isthar.
—Entonces documentamos. Identificamos a los jugadores. Y dejamos que Samuel y los federales limpien el desastre. Nuestra misión es la información, no el objeto.
Era la orden lógica. La sensata. Y una parte de mí, la parte que llevaba a un padre protector, quería creérsela. Pero la otra parte, la del veterano que había visto demasiadas trampas, gritaba que estábamos exactamente donde alguien quería que estuviéramos.
—Aun así, no arriesgaremos la nave —concluí—. Mantendremos la órbita. Luis, despliega los sondas de reconocimiento pasivo. Máximo sigilo. Quiero ojos en ese valle, pero que nadie sepa que estamos aquí.
—Desplegando —confirmó Luis, sus dedos bailando sobre la consola.
Minutos después, las primeras imágenes llegaron a la pantalla principal. El valle era una extensión plana de tierra agrietada, flanqueada por acantilados rojos. Vacío. Demasiado vacío.
—No hay firmas de calor —murmuró Luis—. No hay vehículos. Nada. Es como si…
—Como si nadie hubiera estado aquí nunca —completó Marcus.
La inquietud creció en la cabina. ¿Habíamos llegado demasiado tarde? ¿O demasiado pronto? ¿Era esto otra capa de la desinformación de Samuel?
—Esperaremos —dije, firme—. Turnos de vigilancia. Todos descansad mientras podáis. Esto puede alargarse.
El equipo asintió y comenzó a dispersarse, pero la tensión no se disipó. Se quedó flotando en el aire, tan espesa como el polvo rojo de Karesh-9B.
Me quedé solo en la cabina, mirando el planeta que giraba lentamente bajo nosotros. Rojo. Árido. Hermoso de una forma alienígena y amenazante.
Habíamos llegado al final del camino que Samuel nos marcó. Y ahora, solo podíamos esperar a que algo —o alguien— apareciera en ese valle silencioso, para descubrir si todo esto había sido una búsqueda de la verdad…
O si, desde el principio, habíamos sido el cebo.
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Continuará...
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