Capítulo 20: La Trampa del Desierto
El planeta Karesh-9b llenaba la vista desde la cabina del Teseo. Rojo. Árido. Hermoso de una forma alienígena y amenazante.
—Aproximación final —anunció Beky, su voz resonando desde los altavoces de la nave—. Entrando en órbita alta. Y chicos, tenemos compañía.
—¿Qué tipo de compañía? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta por el tono.
—El tipo hostil. Detectando tres... no, cuatro firmas de naves. Órbita media. Patrullando.
Mierda.
Todos nos reunimos en la cabina. Miguel en los controles, con esa expresión de concentración intensa que tenía cuando las cosas se ponían feas. Marcus verificando sistemas de armas. Isthar en sensores. Luis conectado a los paneles de datos. Kais junto a Beltrán en la sala médica, manteniéndolo estable.
—Opciones —dije.
—Podemos intentar pasar desapercibidos —sugirió Luis—. Bajar rápido, usar el perfil del planeta como escudo, aterrizar en el lado opuesto...
—O pueden habernos detectado ya —interrumpió Isthar, mirando sus pantallas—. En cuyo caso, cualquier maniobra evasiva confirma que somos objetivo.
—¿Y si no somos el objetivo? —preguntó Marcus—. ¿Y si están aquí por el intercambio? Esperando al maletín.
—Entonces estamos jodidos de todas formas —dije—. Porque eventualmente tendremos que bajar. Y cuando lo hagamos...
Beky interrumpió, su tono cambiando de casual a alerta.
—Decisión tomada por ustedes, chicos. Una de las naves está cambiando curso. Directa hacia nosotros. Rápido.
—¡Mierda! —Miguel ya estaba moviendo las manos sobre los controles—. ¿Tiempo hasta contacto?
—Noventa segundos.
—No es suficiente para saltar —dijo Luis—. Necesitamos al menos dos minutos para cargar motores.
—Entonces bajamos —decidí—. Miguel, llévanos a la atmósfera. Ahora.
—Si entramos con una nave persiguiéndonos...
—Lo sé. Hazlo de todas formas.
Mi hijo no discutió. El Teseo se inclinó, los motores rugiendo mientras nos lanzábamos hacia el planeta. La gravedad nos agarró, tirando de la nave con dedos invisibles.
—Sesenta segundos hasta contacto —anunció Beky—. Esta nave es rápida, chicos. Y viene con intenciones muy poco amistosas.
La atmósfera nos golpeó como un muro. El Teseo se sacudió, el casco protestando con chirridos metálicos. A través de las ventanas, el cielo pasó de negro a rojo oscuro, luego a un naranja enfermizo.
—¡Contacto! —gritó Marcus—. ¡Disparando!
El primer misil enemigo pasó tan cerca que pude sentir el calor a través del casco. Explotó por delante, la onda expansiva sacudiendo la nave.
—¡Evasivas! —ordené, innecesariamente. Miguel ya lo estaba haciendo.
El Teseo se ladeó brutalmente. Mis arneses me clavaron en el asiento. Algo se rompió en la parte trasera de la nave —un sonido de metal rasgándose que nunca quieres escuchar en vuelo.
—¡Segundo misil! —Marcus devolvió fuego. Nuestros cañones escupieron energía hacia la nave perseguidora.
Algunos impactos. No suficientes.
La nave enemiga era elegante. Diseñada para esto. Pintada en grises corporativos, con líneas que gritaban velocidad y letalidad. Y estaba ganando terreno.
—Miguel, necesito más velocidad —dije.
—¡Estoy dándote todo lo que tengo!
—Entonces dame más que eso.
Miguel gruñó, empujando los motores más allá de sus límites seguros. El Teseo respondió, pero podía sentir la nave protestando. No fue construida para esto. Fue construida para carga, para supervivencia, no para combate de alta velocidad.
Descendimos más profundo en la atmósfera. El aire se volvió más denso. El planeta se acercaba —tierra roja, formaciones rocosas, árboles retorcidos que crecían en patrones imposibles.
—¡Tercer misil! ¡Cuarto!
Marcus disparaba constantemente ahora. Pero por cada disparo nuestro, ellos enviaban tres.
Y entonces uno nos dio.
El impacto golpeó el ala izquierda del Teseo. La explosión fue ensordecedora. La nave giró violentamente, perdiendo altitud.
—¡Daños! —grité.
—Motor izquierdo al 40% —reportó Luis, su voz tensa—. Escudo trasero colapsado. Perdiendo presión en la sección de carga.
—¡Mierda! ¡Sella esa sección!
—Ya lo hice. Pero Seawolf, si recibimos otro impacto así...
No necesitó terminar la frase.
Miguel luchaba con los controles. El Teseo ya no volaba suavemente. Se arrastraba por el aire como un animal herido, cada movimiento una agonía de metal torcido y sistemas fallando.
—Veinte kilómetros hasta superficie —anunció Beky—. Pero chicos, esa nave todavía nos tiene en la mira.
—¡No puedo esquivar! —Miguel sonaba desesperado—. Sin el motor izquierdo, cada maniobra nos hace perder más altitud.
—Entonces no esquives —dijo Marcus, su voz extrañamente calmada—. Solo... mantenla estable.
Algo en su tono me hizo mirarlo.
Marcus se estaba desabrochando del asiento de artillería.
—Marcus, ¿qué estás...?
—Beky —dijo, ignorándome—. ¿Cómo están tus sistemas? ¿La moto?
La IA respondió, y pude jurar que había confusión en su voz.
—Completamente funcional. ¿Por qué...? Oh. Oh no, Marcus, no estás pensando...
—Totalmente pensándolo.
—¡Marcus! —Me levanté, pero los arneses me detuvieron—. ¡No!
Pero él ya estaba moviéndose hacia el pasillo. Hacia el hangar donde Beky —la moto— esperaba.
—¡Marcus, espera! —Miguel giró en su asiento.
—No hay tiempo para esperar —respondió Marcus sobre su hombro—. Mira los sensores. Están cargando algo grande. Probablemente su último misil pesado. Si nos da...
—Entonces nos estrellamos juntos —dije—. Como familia.
Marcus se detuvo. Me miró. Y por un momento vi todo en sus ojos. Miedo. Determinación. Disculpa. Aceptación.
—Precisamente por eso tengo que hacerlo. Para que la familia sobreviva.
Y corrió.
—¡MARCUS!
Pero él ya había desaparecido en el pasillo.
Los siguientes treinta segundos fueron caos.
Miguel luchaba con la nave, intentando mantenerla nivelada mientras descendíamos. Isthar gritaba lecturas de sensores. Luis intentaba redirigir energía de sistemas no esenciales a los motores.
Y yo estaba paralizado, sabiendo lo que venía, incapaz de detenerlo.
El comunicador crepitó. La voz de Marcus, ahora desde el hangar.
—Beky, ¿lista para un último paseo?
—Marcus. —La voz de la IA había perdido toda su alegría habitual—. Sabes que esto... sabes que no volveremos, ¿verdad?
—Lo sé.
—Entonces deberíamos tener algunas últimas palabras. ¿No crees?
Escuché el sonido de la moto activándose. El zumbido familiar de sus motores cobrando vida.
—Miguel —dijo Marcus por el comunicador—. Hermano. Ha sido un honor volar contigo. Aprendí más en estas semanas que en años de entrenamiento federal.
Miguel apretó los controles con fuerza. Su mandíbula se tensó.
—Marcus...
—Y oye, dile a tu padre que tenía razón sobre la maniobra del giro vertical. Totalmente funciona. —Marcus rio brevemente—. Cuida a Sara cuando la veas. Dile que su hermano fue hasta el final haciendo lo correcto.
—Lo haremos juntos —dijo Miguel, su voz dura, controlada—. Cuando vuelvas.
—Siempre el optimista. Me gusta eso de ti, hermano.
Escuché la compuerta del hangar abrirse. El rugido del viento entrando. La moto acelerando.
—Isthar —continuó Marcus—. Eres más fuerte de lo que crees. No dejes que nada te diga lo contrario.
—Marcus, por favor... —la voz de Isthar sonaba destrozada.
—Luis. Robogato. Sigues siendo el robot más interesante que he conocido. Y mira que la competencia es dura con Beky aquí. —Una risa—. Mantén a estos humanos locos a salvo, ¿vale?
—Lo intentaré —respondió Luis, su voz procesando datos pero con algo que podría haber sido emoción.
—Seawolf. Hacedor. —La voz de Marcus se volvió seria—. Gracias por darme un propósito. Por hacerme parte de algo que importa. De una familia.
Mi garganta se cerró. Intenté hablar pero las palabras no salían. Finalmente, apenas conseguí:
—El honor... el honor fue nuestro, Marcus.
—Mentiroso. —Marcus rio—. Pero gracias de todas formas. Ahora, dejadme concentrarme. Tengo una nave que estrellar.
Y entonces Beky habló, su voz más suave de lo que jamás la había escuchado, pero con ese toque de humor que siempre la caracterizaba.
—Chicos. Ha sido la aventura de mi vida. Bueno, de mi existencia. ¿Cuentan los códigos como vida? Da igual. —Una pausa—. Gracias. Por dejarme ser parte de esto. Por tratarme como si fuera más que un montón de líneas de programación volando en una moto sobrecargada.
—Eres más que código —dijo Miguel, su voz tensa pero firme—. Siempre lo fuiste.
—Eso significa más de lo que sabes. —La IA suspiró digitalmente—. Ahora, Marcus, si vamos a hacer esto, hagámoslo legendario. ¿Listo?
—Nací listo.
—Eso es mentira y ambos lo sabemos. Pero me gusta tu actitud. —Beky rio—. Allá vamos. Esto va a ser ÉPICO.
El sonido de la moto alejándose del Teseo fue como un cuchillo en el pecho.
En los sensores, vi la firma térmica. Pequeña. Rápida. Moviéndose con una agilidad que el Teseo nunca podría igualar.
Marcus volaba directo hacia la nave enemiga.
La nave corporativa intentó girarse. Traer armas más ligeras para enfrentar esta amenaza pequeña pero rápida.
Pero Marcus había aprendido de Miguel. Cada truco, cada maniobra, cada movimiento imposible que mi hijo le había enseñado durante esas semanas de vuelo.
Esquivó el primer fuego. Luego el segundo. La moto se retorcía en el aire como algo vivo, como una extensión de la voluntad de Marcus.
—Cincuenta metros —murmuré, leyendo los sensores—. Cuarenta.
—Están cargando su último misil —dijo Isthar—. Van a dispararle.
—No llegarán a tiempo —respondió Luis—. Él es más rápido.
Treinta metros. Veinte.
La voz de Marcus llegó una última vez por el comunicador. Tranquila. Con un toque de humor hasta el final.
—Ha sido un honor, familia. Nos vemos al otro lado. Guardadme una cerveza.
Y Beky, con un último destello de su personalidad brillante:
—¡Nos vemos en el otro lado, chicos! ¡Y que conste que yo conduzco mejor que cualquiera de vosotros!
Diez metros.
El impacto.
La moto golpeó la sección de motores de la nave enemiga a velocidad máxima. La fuerza del choque debería haber sido suficiente para causar daño. Pero Marcus —inteligente, preparado Marcus— había cargado la moto con todo lo que teníamos. Cada explosivo. Cada carga. Cada gramo de material que pudiera detonar.
La explosión fue una nueva estrella naciendo en el cielo.
Cegadora. Hermosa. Terrible.
La onda expansiva nos alcanzó incluso a dos kilómetros. El Teseo se sacudió violentamente. Alarmas estallaron por todos lados.
Cuando el brillo se desvaneció, la nave enemiga estaba muerta en el aire. Motores destrozados. Control perdido. Comenzó a caer, dejando una estela de humo negro contra el cielo rojo.
—Marcus —susurró Isthar—. Beky...
No pudo terminar. Lágrimas silenciosas corrían por su rostro.
Miguel tenía la mandíbula apretada, los nudillos blancos en los controles. No lloraba. Pero algo en sus ojos había cambiado. Algo duro y frío se había instalado ahí.
—Tenemos que aterrizar —dijo, su voz plana, funcional—. Ahora. O su sacrificio no valdrá nada.
Intenté hablar pero las palabras se atascaron. La emoción me apretaba el pecho como un puño. Mi hijo pragmático. Mi hija llorando. Y yo, intentando mantener todo junto cuando todo se estaba desmoronando.
—Miguel... —conseguí decir.
El Teseo eligió ese momento para recordarnos cuán dañado estaba.
El motor derecho falló. Simplemente... se apagó. El zumbido que había sido constante durante estos meses de vuelo se detuvo.
—¡Perdiendo altitud! —gritó Luis—. ¡Rápido!
—¡Lo sé! —Miguel luchaba con los controles, pero sin motor, sin Beky pilotando sistemas auxiliares, la nave era apenas más que una roca cayendo.
—¡Miguel, nivel! —grité—. ¡Mantenla nivelada o nos desintegramos!
—¡Estoy intentándolo!
El suelo se acercaba. Tierra roja. Formaciones rocosas. Y allá, un valle relativamente plano, pero todavía lleno de árboles retorcidos y rocas.
—¡Todos agarraos! —Miguel activó lo que quedaba de los retrocohetes. No fue suficiente para frenar. Solo para no desintegrarnos al impacto.
—¡Diez segundos!
Kais apareció en la puerta de la cabina, sujetando a Beltrán en brazos. Intentó hablar pero no salió sonido. Sus sistemas procesaban, luces parpadeando erráticamente.
—¡Kais! ¿Puedes...?
Ella asintió mecánicamente, pero algo estaba mal. Sus movimientos eran demasiado rígidos. Como si estuviera funcionando con programación básica, sin la chispa que normalmente la hacía parecer tan... humana.
—Sistema... protección... —su voz sonó distorsionada—. Daño... inminente...
Y entonces sus ojos se apagaron. No completamente, pero perdieron ese brillo consciente. Se quedó ahí, de pie, sosteniendo a Beltrán, pero... ausente.
—¡Mierda, Kais está desconectada! —grité.
—¡No hay tiempo! —Miguel luchaba con los controles—. ¡Cinco segundos!
El Teseo golpeó el suelo.
No fue un aterrizaje. Fue un choque controlado. Rebotamos una vez. Dos veces. La tercera vez, el tren de aterrizaje se rompió completamente. La nave se arrastró, arrancando tierra roja, escupiendo rocas y metal.
Dentro, todo era caos. Equipamiento volando. Alarmas gritando. El sonido de metal rasgándose. Y gritos. Tantos gritos.
Finalmente, después de lo que pareció kilómetros pero probablemente fueron solo trescientos metros, el Teseo se detuvo.
El silencio que siguió fue absoluto.
Roto solo por el sonido de sistemas fallando, de fuegos pequeños siendo extinguidos automáticamente, de estructuras asentándose.
Intenté moverme. Dolor explotó en mi costado izquierdo. Probablemente costillas rotas. Mi visión estaba borrosa.
—¿Todos... todos vivos? —conseguí decir.
Gemidos. No palabras, solo sonidos de dolor.
—Miguel...
—Aquí. —Su voz llegó débil—. Vivo. Pierna... creo que está rota.
—Isthar...
—Presente. —Tosió—. Dios, todo duele.
—¿Luis?
Silencio. Luego crujidos estáticos.
—Sistemas... críticos... —Su voz llegó fragmentada, distorsionada—. Múltiples... fallos... Procesador... comprometido...
—¿Kais?
Nada. Ni siquiera estática. Solo silencio donde debería haber estado mi hija androide.
Intenté desabrocharme. Los arneses no respondían. Atascados o rotos, no podía saber.
—Necesitamos... salir. Revisar... daños.
—Papá. —La voz de Miguel sonaba extraña—. Papá, los sensores. Antes de que fallaran. Vi...
—¿Qué?
—La nave enemiga. Se estrelló. A unos veinte kilómetros de aquí.
Veinte kilómetros. Supervivientes posibles. Enemigos posibles.
—Entonces... tenemos que... movernos. Antes de que...
Intenté levantarme otra vez. El dolor fue demasiado. La oscuridad me alcanzó, tirando de mí hacia abajo.
Lo último que escuché antes de perder la consciencia fue el viento. Soplando a través del casco roto del Teseo. Trayendo polvo rojo. Y silencio.
Silencio donde debería haber estado la voz de Beky.
Silencio donde debería haber estado Marcus.
Solo silencio.
Y oscuridad.
"En mi mente se desplegó un recuerdo
Había aprendido a no despedirse.
No por frialdad, sino por experiencia. Las cosas —las personas— que merecían una despedida solemne solían ser las que no regresaban. Así que prefería lo cotidiano. Un gesto. Una frase incompleta.
—Vuelvo en un rato —dijo, ajustándose la chaqueta.
Beky no respondió de inmediato. Estaba redistribuyendo carga en un subsistema que no era estrictamente necesario tocar antes de la salida. Él lo sabía. Ella también.
—El margen es suficiente —acabó diciendo—. No deberías tener problemas.
—Nunca los tengo —respondió, sin convicción.
Silencio. Motores en espera. El tipo de pausa que no figura en ningún protocolo.
—Si algo se retrasa —añadió él, ya en la rampa—, no toques nada que no esté roto.
—Eso contradice tu historial —replicó Beky.
Sonrió. No se giró.
—Por eso funciona.
La compuerta se cerró. La nave quedó en suspensión, estable. Todo en orden.
Horas después, revisando registros antiguos por una razón que no supo explicar, encontró una anomalía menor. Un ajuste manual en una variable que solía dejar sin tocar. No mejoraba el rendimiento. No evitaba ningún riesgo concreto.
Solo hacía que el sistema fuera… un poco más indulgente con los errores humanos.
No lo corrigió.
Apagó la consola y se quedó un momento sentado, sin hacer nada. Escuchando el zumbido familiar del Teseo.
Pensó, fugazmente, que algunas cosas no se enseñan.
Se contagian.
Y luego se levantó, como si ese pensamiento no tuviera importancia alguna."
Continuará...
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«La Senda del Errante» — Una historia en desarrollo.
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