Capítulo 22: Separados
Seguí explorando. Encontré bichos muertos. Pequeños, de pelaje grisáceo y corto, con orejas diminutas e incisivos largos y amarillentos. No eran capibaras, pero en mi mente cansada ese había sido el referente más cercano. Eran las criaturas del desierto. Las que me habían atacado a mí. Aplastados, quemados, destrozados de varias formas creativas.
Y entonces llegué a la sala común.
Y vi el pentagrama.

Dibujado en el suelo con sangre. Sangre oscura, casi negra. De los bichos, supuse. Símbolos alrededor que Miguel claramente había inventado. Velas medio derretidas. Y en el centro, un círculo vacío.
—Miguel... —susurré—. ¿Qué coño hiciste?
Corrí a la sala médica. Beltrán estaba ahí. Muerto.
Sin sábana. Sin nada cubriéndolo.
Simplemente muerto en la camilla, ojos abiertos mirando a la nada. El cuerpo, frío. Rígido. El rigor mortis ya instalado.
¿Cuánto tiempo? ¿Dos días? ¿Tres? Era difícil saberlo en este planeta.
Cerré sus ojos con dedos temblorosos.
No podía dejarlo así. No había congelador, pero tampoco era la primera vez que el ingenio salvaba la dignidad. Con un trozo de carbón del improvisado fogón de Miguel, tracé sobre el torso de Beltrán la runa de Estasis Menor. El patrón geométrico brilló tenuemente al completarse, un frío no natural emanando de la piel. Ralentizaría la decadencia. No era un adiós, era una promesa. Lo mínimo que le
debía. Lo llevaría de vuelta a los suyos en Oasis.
Miguel lo había visto morir. Había estado aquí. Solo. Viendo cómo el último humano consciente con él dejaba de respirar.
Y luego se había quedado más solo todavía.
—¡MIGUEL! ¡ISTHAR!
Revisé toda la nave. Vacía. Completamente vacía, excepto por Kais, que seguía de pie en el mismo lugar, ojos apagados, inmóvil.
Encontré notas. Fragmentos.
Una en la cabina, en la letra de Isthar: "Detecté una señal. Familiar. Necesito investigar. No me esperes. -I"
Y en la sala de control, en códigos de texto de Luis: *"Isthar no regresó. Sistemas al 45% pero suficiente. Voy a buscarla. -L"*
Nada de Miguel. Ninguna nota. Ninguna explicación.
Corrí a los sistemas de seguridad. Las cámaras estaban corruptas, pero conseguí extraer fragmentos.
Isthar saliendo. La primera noche después de que me fui. Caminando hacia el este con determinación. Sin mirar atrás.
Luis siguiéndola. Esa misma noche. Su forma robótica cojeaba, los sistemas claramente dañados pero funcionales. Saliendo al desierto.
Y luego... Miguel.
Las imágenes eran perturbadoras. Las primeras contenían una chispa de esperanza macabra.
Lo vi, sentado en el suelo de la cabina, abatido. El gato azul, Azul, se acercaba a él, maullando, frotándose contra su brazo. Miguel no respondía. Entonces, Azul desapareció del encuadre y regresó arrastrando algo pequeño y gris. Un bicho del desierto, recién muerto, con el cuello roto. Lo dejó a los pies de Miguel y empujó el cuerpo inerte con el hocico, mirándolo fijamente. No era una ofrenda de caza para compartir. Era una lección. "Mira. Esto se puede comer. Sobrevive."
En la siguiente grabación, Miguel estaba cocinando el animal sobre una pequeña llama. Comía con voracidad, mientras Azul observaba desde un rincón. El gato no había cazado para sí mismo, sino para él. Le había mostrado el camino.
Pero la mente lesionada de Miguel transformó esa lección de supervivencia en una obsesión enfermiza. La gratitud se torció en dependencia paranoica. Dejó de aceptar la comida que Azul le traía. La olfateaba con recelo y la apartaba. "Tú traes de fuera. Lo de fuera es peligroso", parecía pensar su mirada perdida.
En su lugar, comenzó a salir él mismo. Armado con herramientas, cazaba a las criaturas con una metódica brutal. Cada captura era un triunfo sobre el hambre, pero también sobre Azul. Una declaración: no necesitaba al gato.
Lo vi sellando la nave. Obsesivamente. "Tienen que quedarse fuera", murmuró a la cámara mientras aplicaba metros de cinta. "Ellos vienen de fuera. Todo lo de fuera quiere entrar."
Instaló trampas dentro. No solo para los bichos. Usaba la comida de camello como cebo. Era un señuelo para lo ajeno, para lo impuro.
Pero no solo eso. También hablaba. Gesticulaba. Discutía con las sombras. "No la quiero", gruñía. "Trae muerte. Tú traes muerte." ¿Se lo decía al fantasma de Azul? ¿A las voces en su cabeza?
Lo vi cazando. Una por una. Con una violencia que iba más allá del hambre. Aplastándolas repetidamente. Quemándolas. Era una purga. Un intento de destruir no solo al animal, sino a la necesidad que representaba, a la verdad que Azul le había mostrado.
Y luego... el ritual.
Lo vi dibujando el pentagrama. Con la sangre. Colocando velas. Sentándose en el centro. Quizás un conjuro contra los "espíritus del exterior". O un hechizo para purificar la carne. O un grito de auxilio a cualquier fuerza que pudiera escucharlo.
Azul y Cinta ya no aparecían. Tal vez habían huido de la locura. O algo peor.
Pero lo peor fue su cara. Donde había luz para verla, no era la cara de mi hijo. Era la cara de alguien perdido. Aterrado. Un náufrago ahogándose en símbolos y en sangre que él mismo había derramado. Hablaba. Gritaba. Lloraba.
El daño cerebral. Tenía que ser eso. El hematoma. Causando alucinaciones. Paranoia. Tomando un acto de bondad animal y retorciéndolo hasta convertirlo en el núcleo de una pesadilla.
La última imagen era la más desgarradora.
Miguel en la rampa. Mirando al desierto. A sus pies, el umbral entre la "seguridad" de su nave sellada y el "peligro" exterior que ahora era su único sustento. Había cruzado esa línea mental hacía tiempo. Y luego... simplemente caminando. Sin equipo. Sin rumbo. Habiendo consumido todo lo familiar, incluso la razón. Había ido a buscarse a sí mismo, o a perderse para siempre, en el yermo que lo había creado.
—No —susurré—. No, no, no...
Se había vuelto loco. El golpe. La soledad. La lección sangrienta de un gato. Y ahora estaba ahí fuera. En el desierto. Posiblemente todavía alucinando.
Tenía que encontrarlo. A él. A Isthar. A Luis.
Pero primero...
Miré a Kais. Todavía de pie. Todavía atrapada.
Conecté herramientas a su puerto. Pantallas de código corrupto. Pero había un núcleo. Atrapado.
Trabajé horas. Eliminando errores. Reiniciando.
Y finalmente, sus ojos parpadearon.
—¿Pa... dre? —Su voz, distorsionada.
—Kais. ¿Puedes moverte?
Intentó. Sus extremidades respondieron lentamente.
—Sis... temas al 60%. Fun... funcional pero limitada.
—Es suficiente. Necesito tu ayuda. Los demás desaparecieron.
—Te... ayudaré.
Era algo.
Salí al exterior, en la dirección que habían tomado Isthar y Luis. Habían pasado días. No vi huellas, pero semi enterrados encontré los restos de Luis. Solo su cráneo y su "mente" dentro. El sistema auxiliar que le instalé había funcionado. Su conciencia había sobrevivido.
Esa noche trabajé en Luis.
Su cuerpo estaba despedazado. ¿Qué demonios había pasado? Pero su cerebro positrónico... eso había sobrevivido. Apenas. Protegido por las runas que habían aguantado.
Lo extraje con cuidado. Era del tamaño de mi puño. Pesado. Conteniendo todo lo que era Luis.
Necesitaba un cuerpo nuevo. Y solo tenía una opción.
El droide humanoide de Miguel. El que se había dejado.
Instalé el cerebro. Conecté sistemas. Reinicié.
Los ojos del droide se iluminaron. Verdes.
—¿Seawolf? —La voz, diferente. Más humana. Pero era Luis.
—Aquí. ¿Cómo te sientes?
—Extraño. Este cuerpo es... diferente. Menos especializado. Pero funcional. —Movió las manos—. ¿Qué pasó?
—Estuviste en coma. Días. Tu cuerpo original está destruido. Esto es temporal.
—Entendido. —Miró alrededor—. ¿Los demás?
Le conté todo. Isthar desaparecida. El otro Luis, ido. Miguel, loco y perdido.
Luis procesó en silencio.
—Entonces hay que encontrarlos. A todos.
—Sí. Pero no sé por dónde empezar.
Revisamos datos. Direcciones. Isthar al este. El otro Luis tras ella. Miguel al sur.
Pero había algo más en los sensores, antes de fallar.
—Mira esto —señalé.
Huellas. Las de Isthar. Claras. Yendo hacia el este. Y luego...
Nada.
Desaparecían. No gradualmente. Terminaban. En medio de la nada.
—¿Cómo? —preguntó Luis.
—No lo sé. —Me froté los ojos—. Pero primero, Miguel.
Había algo más. Algo que solo yo podía ver.
En el punto donde las huellas terminaban, el aire parecía... diferente. Una bruma. Colores sin nombre. Como aceite en agua. Distorsión.
Algo había pasado ahí. Algo dimensional.
Pero no podía perseguir a Isthar ahora. No cuando Miguel se moría.
—Rastreamos a Miguel primero —decidí—. Isthar... tiene que esperar.
Primero arreglamos el sistema de energía y el replicador. A partir de ahí, todo fue mejor. Puse en marcha los PD, los drones de reparación de DP9. Comenzaron a trabajar con una diligencia implacable.
Tras treinta y seis horas continuas de trabajo, y algún incentivo químico, conseguimos hacer que la nave al menos flotara y se moviese. Joder, quería café...
Luis se acercó.
—Hacedor, hasta yo me he tenido que recargar en dos ocasiones. Está al límite. Le he preparado algo. ¿Me permite?
—Otro estimulante, supongo.
Me inyectó.
—No exactamente. No es lo que necesita.
Caí al suelo... Debía buscar a mi hijo. Antes de que el desierto se lo tragara completamente.
Me dormí.
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«La Senda del Errante» — Una historia en desarrollo.
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