Capítulo 23: La colmena emergente
La conciencia regresó como la marea: lenta, fría, arrastrando consigo los restos del sueño. No hubo confusión. Solo la pesadez ósea de un agotamiento demasiado profundo para ser curado, y el recuerdo inmediato, punzante: Miguel. El desierto. La promesa.
Abrí los ojos.
Estaba en mi litera. El zumbido bajo y constante que llenaba el Teseo no era el rumor tranquilo de sus sistemas sanos, sino el sonido de una herida siendo cerrada a la fuerza: soldadores, amoladoras, el traqueteo irregular de herramientas. Me incorporé con un gruñido. Azul —el gato azul— estaba enroscado a mis pies. Alzó la cabeza, me observó con sus ojos amarillos e inteligentes, parpadeó lentamente y volvió a cerrarlos, como si vigilar mi sueño hubiera sido una tarea asignada.
—Bienvenido de vuelta al mundo de los funcionales —dijo una voz a mi derecha.
Luis. De pie junto a la puerta, en su nuevo cuerpo humanoide. Los ojos verdes me evaluaban con una preocupación que ya no era solo cálculo.
—Catorce horas. Las necesitabas.
—El tiempo que no tenemos —gruñí, bajando los pies al suelo. El cansancio seguía ahí, pero la niebla mental se había disipado—. Los PDs.
—Activos. Trabajando desde que completaron el ciclo de carga. Tal y como ordenaste antes de… sucumbir.
Salimos al pasillo principal.
El cambio era palpable. El caos seguía ahí —cables colgando, placas desmontadas, el olor a polvo, ozono y metal caliente— pero ahora había algo más. Orden. Ritmo.
Los vi de inmediato.
Eran las dos unidades genéricas que había comprado en DP9 hacía una eternidad, en otro viaje, para otra vida. Robots humanoides de servicio, gris metálico apagado, diseñados para tareas básicas. O eso deberían haber sido.
PD-1 soldaba una costura en el casco, donde un impacto había abierto una herida directa al vacío. Sus movimientos no eran los de una máquina eficiente. Eran deliberados. Cuidadosos. Como si cada centímetro de soldadura fuera un juramento. Al terminar la línea, no se detuvo: pasó el sensor una y otra vez, comprobando la integridad. Devoción obsesiva.
PD-2 trabajaba en un panel de distribución eléctrica. Su método era radicalmente distinto. Desconectaba, probaba, sustituía componentes quemados de una caja de recambios y volvía a conectar. Un ciclo limpio, sin pausa. Cuando Luis señaló en silencio un haz de cables sueltos más adelante, PD-2 abandonó su tarea al instante y se dirigió allí. Sin confirmación verbal. Sin luces. Solo obediencia absoluta.
—No los he modificado —dijo Luis en voz baja—. Los protocolos base son estándar. Pero su comportamiento… se ha estabilizado en patrones distintos. El entorno está cargado. El núcleo residual de Beky, el nekrochip de Miguel, tu… condición. Y el gato. Es una hipótesis, pero Azul podría estar focalizando esas interferencias de baja intensidad en sus matrices de aprendizaje básico.
Los observé trabajar.
En mi mente, buscando anclas, llegaron los nombres. No los pronuncié. Serían míos.
PD-1 fue Argos. El que espera. El que vigila hasta el final.
PD-2 fue Achates. El que acompaña. El que ejecuta sin preguntar.
—¡Papá! —La voz de Kais, inesperadamente humana y cálida, sonó detrás de nosotros. Se unió al grupo, su armadura resonando con un suave zumbido. Su cabeza, una masa de sensores y metal, se inclinó con curiosidad infantil hacia los drones—. ¡La eficiencia conjunta ha aumentado un 310%! Son complementarios. Pero detecto sincronización fuera de red observable. Es… bonito.
Tenía razón. Yo también empezaba a sentirlo.
Cuando Argos necesitaba una pieza, Achates la tenía lista antes de que se pidiera. Si un sistema crítico fallaba, ambos convergían sin órdenes. Como un único organismo defendiendo su colmena.
Y en el centro, sin buscarlo, estaba yo.
No era control. Era conexión.
Un zumbido de fondo, similar al preludio de la distorsión, pero dirigido. Útil. Sentía el estado de la nave a través de ellos: el dolor de una costura mal cerrada, la urgencia de un circuito saturado. Ellos sentían mi intención, mi necesidad. Y respondían.
La Colmena era.
No se lo dije a Luis. No por ocultación, sino porque aún no tenía palabras. Luis no sentía la Colmena. No podía. Pero veía sus consecuencias —la coordinación demasiado perfecta, la falta de órdenes— y su mirada se posaba en mí, analítica, preocupada. Respetó el silencio.
Con ese núcleo extraño —humano, androide, hija guerrera, robot fiel, robot leal y gato imposible— los días se volvieron un torbellino. Seis jornadas de chispas, sudor y el zumbido constante de la Colmena en mi mente. Argos cerraba heridas estructurales con tenacidad quirúrgica. Achates resucitaba sistemas con frialdad precisa. Kais era fuerza bruta y análisis rápido y alegre, feliz de ser útil, de tener un padre, de tener una familia. Luis, el cerebro táctico, el compañero fiel cuya mente humana observaba y calculaba desde un cuerpo nuevo. Y orbitando a Robogato, como siempre, el pequeño y fiel Betelchus, el dron que las propias manos de Luis habían ensamblado hacía apenas unas semanas, asistía en silencio con una lealtad simple y absoluta.
El Teseo dejó de agonizar.
No volvió a ser el que fue.
Pero estaba vivo.
Faltaba el alma.
Beky había sido el alma. Su ausencia era un hueco en los controles, un silencio en los altavoces.
—Necesitamos una interfaz de vuelo —dije al séptimo día—. Algo que gestione sistemas esenciales y compense daños.
Luis asintió.
—Tenemos una IA con arquitectura modular suficiente. Siempre estuvo ahí. Nunca fue diseñada para esto… pero puede adaptarse.
Pensé en Isthar. En su dron. En esa presencia silenciosa que siempre había estado operando en segundo plano, sin voz, sin nombre relevante.
La integración fue una cirugía mayor.
Cuando terminó, la cabina se iluminó con nuevos patrones.
—Sistemas principales en línea —dijo una voz femenina desde los altavoces. Clara. Profesional—. Interfaz de Navegación y Logística Asistida activa. Pueden llamarme Lola.
Lola había existido. Pero no así.
El salto de procesamiento, la inmersión en el sistema nervioso del Teseo, le había dado forma. No chispa. No carisma. Pero sí algo parecido a una identidad funcional. Práctica. Honesta.
—Eficiencia de propulsión al 41,3% —añadió—. Recomendado no superar umbral de estrés B.
No hubo sarcasmo. No hubo comentario mordaz.
La echamos de menos en cada frase perfecta.
El octavo día, nos reunimos en cabina. Argos y Achates anclados en sus nichos, sensores azules al frente. Kais junto a Luis, su perfil guerrero quieto, expectante. Azul en mi regazo, ronroneando en sincronía con el zumbido del casco. Betelchus, pegado a la pata de Robogato.
Una familia. Rota. Rehecha.
—Lola —dije—. Secuencia de despegue. Prioridad: integridad estructural.
—Confirmado. Iniciando pre-ignición.
El Teseo despertó.
Los motores tosieron, escupieron plasma inestable y luego rugieron. No fue elegante. Fue un animal herido obligándose a levantarse.
La nave se elevó, metro a metro, temblando. Sentí el esfuerzo de Argos sosteniendo costuras. La atención de Achates regulando flujos. La estabilidad matemática de Lola. El foco compartido, ansioso y leal, de Kais. El temblor bajo mis pies.
Miré por la ventana.
El desierto quedó atrás.
Estábamos volando.
Una nave lisiada. Una tripulación de huérfanos, máquinas y un gato. Un corazón roto. Una promesa pendiente.
Pero en movimiento.
Y frente a nosotros, como único punto fijo en el caos, un nombre: Miguel.
El viaje acababa de comenzar de nuevo.
La esperanza no era más que un temblor bajo los pies y un ronroneo suave.
Pero era nuestra.
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«La Senda del Errante» — Una historia en desarrollo.
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