Capítulo 24: Los Kawalapiti

El Teseo avanzaba flotando a baja altura, sostenido por una combinación precaria de empuje y correcciones constantes. No volábamos. Planeábamos, rozando el mundo, como un ave pesada sobre el lomo de un gigante dormido.

—Estabilidad aceptable —informó Lola—. Desplazamiento óptimo para seguimiento de indicaciones.

Seguíamos el rastro de Miguel desde el interior de la nave.
No eran huellas visibles, sino residuos: pequeñas alteraciones, microvariaciones en el polvo metálico antiguo, la huella tenue pero imborrable de la runa en el nekrochip. Una línea continua, clara, como un hilo de plata invisible tendido sobre el desierto. La runa de localización que le habíaincrito en el nerochip, justo el día antes de que Luis y yo le implantáramos el chip en Oasis, en un acto de pura desesperación paternal. Ahora, aquel gesto de miedo era nuestro único faro. Miguel había salido andando. Sin ocultarse. Caminando hacia algo, o alejándose de todo.

Nosotros lo alcanzábamos con facilidad.
El terreno se deslizaba bajo el casco: llanuras erosionadas por vientos cargados de óxido, restos dispersos de estructuras industriales como esqueletos de bestias mecánicas, torres colapsadas que hablaban de un pasado productivo, tecnológico, febril. Aquello había sido un mundo distinto. Un lugar donde alguien, alguna vez, había levantado fundiciones y canales. Luego, algo se había roto. No con estruendo, sino con el silencio lento del olvido. El antropólogo que me hubiera gustado ser, antes de que el mosaico me atrapase, sentía un hormigueo familiar ante esas ruinas. Era la historia escrita en chatarra y estratos.

—Civilización previa —dijo Kais—. Nivel industrial avanzado. Patrón de abandono antiguo, catastrófico. Decadencia.

Miguel no estaba allí.
Seguimos avanzando.
Las lecturas cambiaron de pronto. No por daño. Por interferencia suave, deliberada, como si el aire mismo hubiera adquirido una densidad distinta.

—Actividad cercana —dijo Lola—. Múltiples fuentes biológicas. Movimiento coordinado. No hostiles. Patrón de… recepción.

El Teseo descendió unos centímetros más, el zumbido de sus motores bajando a un susurro.
Las luces aparecieron primero.
Puntos brillantes encendiéndose desde el suelo, no eléctricos, sino de lámparas de aceite o algo similar, formando un arco amplio y perfecto alrededor de la nave. No apuntaban. No cegaban. Marcaban presencia. Un perímetro de bienvenida… o de advertencia amable.

Después llegó el sonido.
Instrumentos simples. Viento soplando sobre cañas ahuecadas. Percusión suave sobre piel tensa. Un ritmo lento, repetitivo, hipnótico. No una alarma. Una señal. Un lenguaje.

—Contacto cultural —murmuró Luis, su voz cargada de una curiosidad que trascendía lo puramente analítico—. Nos están recibiendo. Protocolo de primer contacto.

Sonrei.

Abrimos la rampa.

Los Kawalapiti estaban allí.
Humanoides de piel azulada, en distintos tonos, del añil al cerúleo pálido. Estatura similar a la humana. Ojos grandes, almendrados, de un negro profundo y atento, sin miedo abierto. Vestían tejidos naturales, gruesos y prácticos, adornados con filigranas de metal trabajado a mano con una paciencia milenaria. No había tecnología avanzada visible. No la necesitaban.
Edad de Bronce tardía, intuyo automáticamente mi mente.
Pero su mirada no era primitiva.
Había en ella una reflexión serena. Prudencia. Una calma que no nacía de la ignorancia, sino de la elección. De saber exactamente quiénes eran y qué defendían. Olían a tierra húmeda, a hierbas aromáticas y a un humo limpio.

Miguel estaba con ellos.
No libre del todo, pero no prisionero.
Lo vi salir de una construcción circular, una cabaña baja de piedra ensamblada con precisión y vigas de una madera oscura. Había una persona junto a la entrada, quieta, vigilante. No armada. Presente. Un guardián, no un carcelero.
Custodiado. Observado.


Cuando nuestras miradas se cruzaron, su expresión cambió. No hubo sonrisa fácil, ni el salto de alegría de un hijo perdido y encontrado. Era algo más complejo, más adulto y cansado: un reconocimiento profundo, casi un alivio agridulce. Había distancia en sus ojos, la legítima herida de quien fue abandonado a su locura, pero también un destello del niño que sabía que su padre, por fin, había llegado. No corrió. Yo tampoco. Bajé por la rampa despacio, sintiendo el peso de todas las miradas. Él avanzó unos pasos solo cuando la persona que lo vigilaba asintió, un movimiento casi imperceptible.

Nos encontramos a mitad de camino, en el espacio neutral entre la tecnología quebrada y la piedra viva.
El abrazo fue torpe, contenido. Un choque de cuerpos que eran casi extraños. Lo sentí rígido al principio, y luego ceder, hundir la frente en mi hombro con un temblor que era más agotamiento que llanto. Mis manos comprobaron las costillas bajo su túnica sencilla, demasiado prominentes. Como si ambos estuviéramos comprobando, con las manos en la espalda del otro, que los huesos seguían ahí, que la respiración era real y no un espejismo del desierto.

Después, las explicaciones llegaron poco a poco, con la parsimonia del que ha aprendido a medir el tiempo en latidos, no en segundos.
Él confirmó lo que ya sospechábamos. Los Kawalapiti lo habían encontrado vagando, al borde de la locura y la muerte por deshidratación, cerca de las grandes ruinas del norte. Herido, febril, hablando en lenguas que no eran palabras. No sabían si era una amenaza, un presagio o un resto de algo antiguo que volvía a la vida. Lo alojaron. Lo vigilaron. Le dieron agua infusionada con raíces que olían a tierra dulce. Nunca lo trataron con crueldad. La vigilancia duró lo que tardó la fiebre en bajar y el miedo en sus ojos en convertirse en curiosidad.

Miguel hizo lo que siempre hacía cuando el mundo era demasiado: se hizo pequeño.
Se sentó en el suelo de tierra apisonada.
Habló con los niños que se acercaban, tímidos, a observar al extraño de piel pálida.
Jugó con ellos, con gestos, con dibujos en el polvo, con sonidos torpes que arrancaban risas cristalinas. Aprendió palabras sueltas. Luego frases. Luego ideas. Cuando empezó a traducir, lo hizo con una naturalidad que me erizó la piel, como si ese puente lingüístico hubiera estado ahí, enterrado, esperando a que alguien con su don particular lo desenterrara.

—Dicen que sois “los que vinieron buscando a uno” —nos explicó, su voz aún ronca pero clara—. Y que al encontrarme… encontrasteis este lugar. Lo llaman Kawalapiti. El lugar del suelo que recuerda.

Ahí lo comprendí.
Este planeta no tenía nombre para la cartografía estelar.
Lo recibió entonces, a través de la boca de mi hijo.
Kawalapiti.

Hubo intercambio de regalos bajo la luz de su luna doble. Nosotros ofrecimos objetos simples: cristales de luz eterna, herramientas de aleación ligera, cosas sin capacidad de alterar el delicado equilibrio de su mundo. Ellos nos entregaron lingotes de minerales puros, extraídos de minas antiguas que nosotros apenas habíamos vislumbrado desde el aire. Suficiente para mantener con vida al Teseo, para soldar sus heridas un poco más. Un trueque justo.

Parte del equipo decidió quedarse un tiempo. Aprender. Compartir. Kais quería entender sus patrones sociales. Luis, la lógica de su metalurgia. Yo les di mi bendición.

Pero había trabajo pendiente, regresé a la nave. Y algo más.
Una inquietud que no se alojaba en la chatarra, sino en mí.

Mientras el Teseo flotaba en silencio, anclado ahora a un mundo con nombre, una certeza absurda se instaló en mi pecho, fría y quieta como una piedra en el fondo de un río. No era un pensamiento. Era un saber ancestral, el mismo que me hacía sentir la distorsión antes de verla. No había ningún durmiente en mi nave.

El durmiente estaba aquí.

Aquí, bajo nuestros pies. Enterrado en las entrañas de las ruinas industriales sobre las que los Kawalapiti habían construido su sociedad serena. Ellos, que vivían en la superficie con la sabiduría de la Edad del Bronce, eran los guardianes inadvertidos de algo infinitamente más antiguo y profundo que sus fundiciones. Algo que su tierra recordaba y que, por ahora, solo un padre con el alma marcada por el mosaico podía presentir en sueños de vigilia.

Y todavía no llegado el momento de despertar.

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«La Senda del Errante» — Una historia en desarrollo.

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