Capítulo 25: Las Minas y el Despertar

Capítulo 25: Las Minas y el Despertar

La entrada a las minas no estaba señalizada. No había restos visibles de estructuras recientes ni marcas ceremoniales. Solo una hendidura amplia en la roca, como si el planeta se hubiese abierto allí por desgaste. El aire que salía era más frío, húmedo, con un olor antiguo a piedra mojada y metal dormido.

Los Kawalapiti se detuvieron antes de cruzar el umbral. No dijeron nada. Aquél no era un lugar evitado por miedo, sino por respeto.

Robogato avanzó solo.

Sus sensores se ajustaron automáticamente al entorno. La luz artificial devolvía sombras curvas, irregulares, que parecían moverse incluso cuando no lo hacían. El suelo cedía levemente bajo su peso; no era roca virgen, sino tierra trabajada, removida durante generaciones.

A medida que descendía, el silencio cambiaba. No desaparecía: se espesaba.

Entonces los vio.

En una cavidad amplia, al borde de una charca subterránea, descansaban varias criaturas. Sombras de la Noche. Cuerpos oscuros, plegados unos contra otros. Había crías. El agua era negra, inmóvil, con un brillo tenue que parecía venir de debajo, no de la superficie.

Robogato se detuvo en seco.

El recuerdo atravesó sus sistemas sin previo aviso: metal desgarrado, impacto, garras en la oscuridad. Las mismas proporciones. Las mismas siluetas. Las criaturas que habían destruido su cuerpo original.

Retrocedió un paso… y comprendió.

No había entrado en un territorio hostil. Había irrumpido en un refugio.

Bajó la intensidad de sus luces. Permaneció inmóvil. Las Sombras se removieron, incómodas, pero no atacaron. Aquellas criaturas no defendían el subsuelo: vivían en él. Los túneles no eran minas. Eran conexiones. Caminos abiertos por cuerpos, no por máquinas.

Sombras de la Noche, registró, asignando el nombre como quien reconoce algo inevitable.

Siguió avanzando, con cautela.

El derrumbe fue abrupto.

Un sonido seco, profundo, seguido de un golpe sordo. Roca y sedimento cedieron a la vez. Robogato cayó, atrapado entre placas irregulares. El peso presionaba su torso. Los sistemas de movilidad respondieron, pero el cálculo fue inmediato: cada intento de liberarse consumiría energía crítica.

Se quedó quieto.

El aire olía a polvo recién fracturado. La oscuridad era casi total. Activó la baliza y redujo todos los procesos no esenciales. Escuchar consumía menos que moverse. Esperar era la única decisión lógica.

Arriba, la señal llegó como un golpe.

Miguel fue el primero en reaccionar. Luego Kais. Luego los Kawalapiti, que comenzaron a excavar sin urgencia aparente, pero sin detenerse. Nadie habló demasiado. El tiempo se volvió compacto.

Cuando lo sacaron, Robogato apenas movió la cabeza. Había aguantado. Justo.

Más adentro, tras el derrumbe, encontraron las cámaras.

Cúpulas lisas, integradas en la roca. Tecnología antigua, preservada con una delicadeza que no parecía humana. Los Kawalapiti no solían entrar allí. No por miedo. Por memoria.

Activaron los sistemas mínimos.

La primera vaina contenía un esqueleto Kawalapiti. Antiguo. Sereno.

La segunda estaba vacía.

La tercera…

Miguel dio un paso atrás.

Dentro, suspendida en un campo estable, estaba Isthar.

Viva.

La vaina se abrió con un susurro seco.

Isthar aspiró aire como si hubiera estado conteniendo la respiración durante años. Sus manos temblaban. Tardó unos segundos en enfocar. El mundo parecía demasiado grande, demasiado ruidoso.

Se incorporó con torpeza. No miró a nadie.

Bajó de la vaina casi de inmediato, descalza, ignorando el frío de la roca. Sus pasos eran inseguros, pero urgentes. Fue directa a las otras cápsulas.

Miguel dio un paso hacia ella, dudó… y se detuvo.

Isthar pasó la mano por la superficie de la segunda vaina, como si comprobara una temperatura imposible. Forzó el cierre de la primera. Luego la segunda. Sus dedos se movían rápido, con una precisión desesperada.

Llegó a la tercera.

Vacía.

Se quedó quieta.

Durante un instante no ocurrió nada. Ni respiró. Luego apoyó la frente contra el cristal transparente y emitió un sonido que no era un grito, ni un llanto, ni una palabra.

Era dolor.

Un alarido breve, quebrado, que se le escapó del pecho como algo arrancado a la fuerza. Cayó de rodillas. Sus manos golpearon el suelo una sola vez, sin rabia, sin fuerza. Como si ya no quedara nada que romper.

Nadie se movió.

El temblor comenzó entonces.

La cueva vibró. Alarmas. Sistemas colapsando. El mundo volvió a reclamar atención, pero Isthar seguía allí, inclinada sobre la vaina vacía, con los ojos abiertos y ausentes.

Cuando Miguel por fin la tocó, ella no se apartó.

Solo cerró los dedos alrededor de su muñeca.

Y no dijo nada.

Sin tiempo para más. Entonces el temblor sacudió la cueva.

Alarmas. Vibración profunda. Los sistemas de las cámaras comenzaron a fallar. No hubo tiempo para recuperar datos, ni registros, ni respuestas. Solo para abrir la vaina del otro individuo y sacarles de allí.

Los aldeanos le ayudaron a salir, mientras parecían intentar entender qué había sucedido. Salieron dos más: una humana y uno de los suyos, con el aspecto de los antiguos grabados.

Era una señal.

Al salir al exterior, el cielo tenía un tono extraño, como de atardecer detenido.

Isthar miró alrededor sin hablar. Luego alzó la vista. No al equipo. Al cielo.

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