Capítulo 29: Explosión en el Vacío
Capítulo 29: Explosión en el Vacío
La explosión había sido limpia.
Demasiado limpia.
Los restos de la nave flotaban entre los asteroides como fragmentos arrancados con cuidado quirúrgico. Placas de casco, nervaduras internas, segmentos completos girando lentamente, sin fuego, sin rastro de despresurización caótica. No había cuerpos. No había señales de pánico.
—Aquí no ha muerto nadie por accidente —dijo Luis.
Miguel no respondió. Tenía las manos firmes sobre los controles del Teseo, ajustando empujes mínimos para mantener la nave estable frente al campo de escombros. El silencio del vacío parecía filtrarse incluso dentro de la cabina.
—Señal confirmada —añadió Kais—. El maletín sigue emitiendo. Muy cerca del epicentro.
—Trajes. Mochilas. EVA inmediato.
Nadie discutió.
El aire salió de la esclusa con un suspiro seco y el vacío los recibió sin épica ni violencia. Solo presión cero, luz cruda y una quietud que imponía respeto. Las mochilas propulsoras tenían autonomía limitada; no estaban pensadas para maniobras largas ni correcciones constantes.
—Nada de flotar libres —dijo el Hacedor—. Cada impulso cuenta.
Luis y él activaron los m-tractel casi al mismo tiempo. Los ganchos salieron disparados, clavándose en restos sólidos con precisión milimétrica. El cable se tensó y el tirón fue inmediato, seco, obligando al cuerpo a adaptarse.
No era volar.
Era caer con intención.
Avanzaban de resto en resto. Miguel e Isthar usaban impulsos cortos, medidos, corrigiendo orientación con movimientos mínimos. Luis y el Hacedor abrían camino, anclando puntos, creando trayectorias que los demás seguían.
Algunos fragmentos aún tenían energía residual. Otros giraban lentamente, obligándolos a calcular el momento exacto para soltarse y disparar el siguiente anclaje. Un error significaba gastar combustible. Dos, quedarse varados.
—Radiación subiendo —avisó Kais—. Nada letal… todavía.
La señal los condujo hasta una sección más densa del casco. Una brecha secundaria daba acceso al interior de la nave. Más allá, un pasillo estrecho, sorprendentemente intacto, se extendía hacia el fondo. Mamparas cerradas. Sistemas de contención activos.
—Zona protegida —murmuró el Hacedor—. Sabían lo que llevaban.
Ancló el m-tractel al marco y se impulsó dentro. El pasillo estaba cubierto de escarcha metálica, cables arrancados y polvo suspendido que no caía, solo flotaba lentamente. Al fondo, una compuerta blindada.
La señal del maletín era clara. Estable. Demasiado tranquila.
—Bloqueo activo —dijo Luis, flotando a su lado—. Seguridad corporativa. Vieja… pero elegante. Dame medio minuto.
Mientras Luis se conectaba, los demás permanecieron fuera, anclados a restos que seguían desplazándose lentamente. Vigilaban ángulos imposibles en el vacío, sabiendo que cualquier amenaza llegaría sin aviso previo.
El tiempo se estiró.
—Treinta por ciento —dijo Luis—. Esto no está hecho para fallar.
Un temblor recorrió la estructura.
—Eso no lo hemos provocado nosotros —dijo Miguel por el canal.
—Veinte.
Otra vibración. No una explosión. Algo más controlado. Más… decidido.
—Diez.
La compuerta cedió con un suspiro hidráulico apagado. Dentro, una pequeña cámara de carga, intacta. El maletín estaba allí, sujeto a un soporte magnético, sin una sola marca.
Miguel lo tomó. No dijo nada. No hizo ningún gesto de victoria.
Fue entonces cuando Kais habló:
—Nueva firma. No humana. Muy cerca.
Desde el exterior, la luz cambió.
La nave arcanita emergió entre los restos como si el vacío se hubiera plegado para darle paso. Su casco dorado no reflejaba el caos; lo ordenaba. Paneles se abrieron con una precisión casi ceremonial.
—Contacto visual —dijo Miguel—. Nos han localizado.
De la nave descendieron figuras estilizadas, ajustando trayectoria con movimientos mínimos. Armaduras doradas, alas propulsoras plegándose y desplegándose con elegancia letal.
Ángeles.
No cargaban.
No se apresuraban.
Se aproximaban.
—Fuera, ya —ordenó el Hacedor—. M-tractel, ahora.
Luis salió disparado primero, el cable tensándose mientras el Hacedor lo seguía con el maletín asegurado. Miguel e Isthar usaron impulsos cortos para ganar distancia, esquivando restos que comenzaban a desplazarse, empujados por nuevas fuerzas.
El campo de escombros dejó de ser neutral.
Una vibración se transmitió por la estructura, y después otra. No eran impactos. Era algo activándose.
—Eso no lo hemos provocado nosotros —dijo Miguel por el canal.
—Firma energética subiendo —avisó Kais—. En el casco. Muy rápido.
Los fragmentos empezaron a moverse con una intención que no era deriva. Un giro demasiado exacto. Una aceleración demasiado limpia.
La nave arcanita abrió su hangar.
—Es la única cubierta cercana —dijo Isthar.
No era cobertura. Era una trampa. Pero el vacío no negocia.
Miguel nos marcó el vector. Luis ancló un m-tractel a una sección estable y nos arrastró hacia el umbral dorado.
Detrás, el campo “saltó”. No fuego. No ruido. Solo restos acelerando en direcciones calculadas.
Entramos al hangar a la fuerza.
El interior era demasiado limpio. Demasiado perfecto. Un silencio distinto al del vacío.
Las compuertas comenzaron a cerrarse.
Y entonces, la luz cambió apenas un matiz.
Continuará...
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