Capítulo 33: Encuentro en EP-7


Desde las plantas superiores se veía el hangar.
A través de las cámaras que Hestia había puesto en marcha, y de los sensores de los PDs que los acompañaban, seguí su llegada. Miguel, Isthar en Roger, Luis, Kais — bajando la rampa en silencio. La moto de Beky estaba aparcada en un lateral, quieta. Beky ya no estaba dentro — era la estación ahora, su voz en los altavoces, su presencia repartida por los sistemas. La moto era solo una moto.
En el hangar esperaban. Una decena de droides de orígenes distintos — rescatados del desguace, con nueva vida aquí. Los diez PDs, algunos ya en EP-7 desde semanas antes, otros llegados con el Teseo. Y el grupo que Álex había traído por otro camino.
Uno dio un paso al frente.
Isthar lo miró. Se quedó quieta un momento — los ojos en su cara, algo en la postura que cambió sin que pudiera precisar qué. Luego volvió a mirar de frente.
—Soy Álex —dijo—. El Hacedor me conoce. Vosotros todavía no.
Miguel lo miró de arriba abajo. Luego miró a Isthar. Luego volvió a mirarlo.
—¿Quién eres exactamente?
—Su nieto.
Silencio.
Miguel tardó unos segundos en responder. Isthar no dijo nada. Juanda, Entrerríos, Declan, Archi, Shiba Consu, Fergueti — observaron desde su lado del hangar. Era un momento que no les pertenecía del todo.
Los ojos de Luis viraron un instante a un amarillo tenue. Solo un instante.




La cámara frigorífica estaba en el nivel tres.
Nadie la había pedido. Nadie había dado instrucciones. Simplemente estaba ahí, preparada semanas antes de que llegara nadie con pulso.
Dos cápsulas. El lugar tenía algo de dantesco — frío, ordenado, consciente de lo que guardaba. Tejido cultivado. Implantes recuperados en Oasis. Todo lo que había podido conseguirse con lo que había.
Isthar se acercó a la suya. La abrió.
Se quedó mirándola un buen rato sin moverse. El pelo, los ojos, la nariz redondita y chata, el lunar donde siempre había estado. Nada cambiado. Nada corregido.
No dijo nada. Solo se quedó mirando.
Miguel abrió la suya. La miró un momento. Exhaló despacio — ese tipo de respiración larga que no es exactamente alivio. Cerró la cápsula con cuidado y no añadió nada.

La sala olía a limpiametales y componentes nuevos.
Luis esperó mientras el PD trabajaba — dedos moviéndose entre conexiones y placas con la fluidez de quien ha hecho esto muchas veces. Las piezas eran nuevas. Se notaba en el ajuste, en cómo todo encajaba sin forzar nada.
Y luego las garras.
Las había guardado el Hacedor desde el mundo Kawalapiti, desde que la Sombra de la Noche destruyó el cuerpo original. Las había conservado. Tamaño medio, retráctiles — en las proporciones del cuerpo nuevo quedaban grandes, casi desproporcionadas, con ese punto que hacía que las manos compitieran en protagonismo con todo lo demás.
Cuando las extendió por primera vez sus ojos viraron a un naranja cálido.
Las recorrió despacio. Luego las recogió.
Fue a la habitación del Hacedor.
Entró sin problema. Los PDs del pasillo se apartaron. Luis pasó entre ellos y se quedó un momento junto a la vaina. Sus ojos cambiaron — morado quieto, sostenido.
Sacó la daga y la dejó dentro de la habitación, en un sitio donde no estorbara pero donde estuviera.
Salió sin mirar atrás.

En el otro extremo del hangar, Álex abrió un portal.
El aire se dobló. Al otro lado, un instante — y luego el cuerpo. Un chico de veintiún años, delgado, de esa edad en que todavía no está todo decidido.
La energía salió del PD despacio. Entró en el cuerpo.
Saúl abrió los ojos.
Parpadeó. Miró alrededor. Miró sus manos. Miró el hangar, los droides, las caras. Había algo en su postura — no exactamente miedo, pero sí la rigidez de alguien que no esperaba esto, que se había acostumbrado a lo anterior y no había pedido el cambio.
Álex parecía satisfecho. Como quien ha cumplido algo que se le había pedido sin palabras.
Saúl miró a Isthar.
Isthar lo miró a él.
Ninguno de los dos dijo nada. Lo que había entre esa mirada y la siguiente no era fácil de leer desde una cámara — demasiados años, demasiadas cosas, demasiado tiempo que no había pasado igual para los dos.
Miguel fue el único que se acercó. Le puso una mano en el hombro un momento, breve, sin decir mucho.
—Bienvenido —dijo. Y ya está.






Más tarde, Luis encontró la máquina en una sala secundaria.
Sin firma. Sin protocolo reconocible. Integrada en la estructura de EP-7 como si siempre hubiera estado ahí. Una máquina que lanzaba mensajes a través de la urdimbre de las teselas — sin saber cuándo llegarían, sin saber exactamente dónde. Pero llegarían.
Escribió el mensaje para Totovía. Todo lo que había pasado.
Lo envió.
En algún lugar, en algún momento, Totovía lo leería.
Continuará...

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