Capítulo 35: Las Profundidades — La Bajada
Fue Robogato quien dijo que bajarían.
No como propuesta. Como constatación. Los demás llevaban demasiado tiempo mirando la puerta soldada sin que nadie tomase la iniciativa — Juanda midiendo ángulos con los ojos, Miguel con la mano cerca del fogonazo pero sin sacarlo, Isthar y Saúl un paso más atrás.
Robogato se plantó frente a la junta y esperó a que alguien le diera las herramientas.
Se las dieron.
Cuatro cortes. La puerta cedió con un sonido que llevaba décadas guardado.
No era el sonido del metal — era el sonido del tiempo. De algo que había estado cerrado demasiado tiempo y no tenía ninguna prisa por abrirse.
El ascensor funcionaba. Eso ya era más de lo esperado.
Bajaron en dos grupos. Miguel y Juanda por un lado, con un PD. Isthar y Saúl por el otro ascensor, en el extremo opuesto del nivel. Robogato entró en los conductos de ventilación antes de que nadie le dijera nada — su decisión, sin consultar, como siempre.
Los vi desaparecer por las cámaras del pasillo.
Luego cambié a las cámaras del nivel B-2.
Las cámaras del nivel inferior existían. Era lo mejor que podía decirse de ellas.
Objetivos sucios de décadas de abandono. Una desconectada en el cruce principal. Otra con el sensor partido por la mitad, mostrando solo la franja superior de los pasillos como una ranura. La tercera transmitía pero con esa granulación que convierte cada sombra en algo que podría ser cualquier cosa.
Recibía fragmentos. Los rellenaba como podía.
Lo que vi en esos fragmentos fue suficiente para entender que el nivel B-2 no estaba vacío.
No había nada moviéndose. No todavía. Pero había señales de que algo lo había hecho durante mucho tiempo — marcas en las paredes a la misma altura, rozaduras en el suelo siguiendo siempre las mismas rutas, una geometría de hábitos que se acumula durante años sin que nadie la limpie.
Algo vivía aquí. O había vivido. O todavía vivía y estaba quieto.
Miguel y Juanda avanzaron despacio. El PD escaneando. El fogonazo de Miguel preparado pero sin tensión todavía — la postura de alguien atento, no asustado. Juanda mirando las paredes, luego el suelo, luego las paredes otra vez, procesando.
El silencio del nivel tenía textura. No era el silencio vacío de un espacio abandonado — era el silencio de un espacio que sabe cuándo callarse.
El feed de datos de Robogato llegaba en paralelo.
Sistema de mapeo activo. Señales de calor en los conductos — las suyas, claras. Y otras. Pequeñas, dispersas, quietas. Distribuidas por el nivel como puntos en un mapa que alguien hubiera dibujado sin pensar.
Robogato las registró. Siguió bajando.
El conducto se estrechaba hacia el nivel B-4. La imagen de sus cámaras en verde de sensores de calor — paredes frías, su propia silueta moviéndose, el aire que no se movía desde hacía demasiado tiempo.
Encontró la rejilla lateral del nivel B-4 y salió.
Lo que había ahí no era el nivel operativo que habían explorado arriba. Era otra cosa. Los techos más bajos. Las paredes con una textura diferente — manchas orgánicas que no eran óxido ni humedad. El suelo con restos que sus cámaras catalogaron en silencio: fragmentos de exoesqueleto, materia orgánica descompuesta en distintos estadios, marcas de impacto en las paredes que no venían de herramientas.
Algo había pasado aquí. Hacía tiempo, pero había pasado.
Robogato avanzó por el pasillo.
Las señales del mapeo seguían quietas en el nivel superior. Él siguió hacia adelante.
El pasillo terminaba en una puerta.
Metálica, gruesa, con un sistema de cierre que llevaba décadas sin recibir energía. En la superficie, más marcas — estas más recientes que las del suelo, como si algo hubiera intentado repetidamente abrirla desde el otro lado.
Robogato intentó forzar el sistema de cierre.
No cedió.
Lo intentó otra vez, con las garras en los puntos de presión correctos.
Nada.
Se quedó mirando la puerta un momento. Luego intentó establecer comunicación con el nivel superior.
Interferencias. El nivel B-4 bloqueaba las señales — el metal viejo, las capas de la estación, algo en la estructura que no dejaba pasar nada.
Arriba, las señales del mapeo se movieron.
No lo vi en tiempo real — la cámara del cruce principal estaba desconectada, justo ahí, justo entonces. Lo reconstruí por el canal interno del grupo y la imagen parcial de la cámara rota: la franja superior del pasillo, sombras moviéndose rápido, el sonido del impacto antes de ver nada.
Miguel reaccionó sin dudar. El fogonazo a quemarropa — corto alcance, sin necesidad de apuntar demasiado. El sonido fue seco, definitivo.
Una menos.
Pero el canal interno se llenó de otra cosa enseguida — la voz de Isthar desde el ascensor del extremo opuesto, tensa, cortada:
—Hay algo subiendo por el hueco. Está subiendo por el—
Y luego el sonido de algo golpeando metal desde abajo.
En los conductos, las señales pequeñas que habían estado quietas se movieron todas al mismo tiempo.
Hacia Robogato.
El feed de daños empezó a encenderse.
Uno.
Tres.
El canal de comunicación con el nivel superior seguía cortado. No había forma de avisar. No había forma de pedir ayuda. Solo el conducto, la oscuridad en verde de los sensores de calor, y las señales acercándose desde dos direcciones.
Cinco.
Durante una fracción de segundo, una silueta ocupó toda la imagen.
La imagen de las cámaras de Robogato se cortó.
Arriba, Isthar y Saúl empujaban contra la puerta del ascensor mientras algo golpeaba desde abajo con una regularidad que no era caótica sino metódica — como si supiera que el tiempo estaba de su lado.
Miguel y Juanda sostenían el pasillo.
El canal de Robogato seguía en silencio.
Nadie dijo nada sobre eso todavía. Pero todos lo estaban pensando.
Continuará...
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