Capítulo 37: Las Profundidades — Lo que Dejaron Atrás

Capítulo 37: Las Profundidades — Lo que Dejaron Atrás 

Esperaron tres días antes de bajar de nuevo.

No fue una decisión formal — fue que nadie propuso bajar antes y nadie propuso no hacerlo tampoco. Los tres días pasaron con las marcas rojas en el mapa de Juanda mirando desde la pantalla, con el silencio del nivel inferior que Hestia registraba cada hora sin novedad, con Robogato terminando de reparar los daños mientras el resto de EP-7 seguía despertando a su ritmo.
Al cuarto día, Isthar dijo que bajarían.

Esta vez fueron todos. Miguel y Juanda juntos. Isthar, Saúl y Robogato por el otro ascensor. Los PDs cerrando.
Lo vi por las cámaras antes de que llegaran.
El nivel B-2 vacío, las señales del mapeo sin actividad. El pasillo hacia el laboratorio con las marcas que ya conocía. La puerta al fondo.
Y detrás de la puerta — lo que las cámaras del interior del laboratorio, medio operativas, medio ciegas, alcanzaban a mostrar. La forma en la pared. Quieta. Esperando. Cien años esperando algo que llegara por esa puerta.
Quise avisarles.
No pude. Desde dentro de la vaina, a través de Hestia, a través de los sistemas — no había forma de enviar algo que llegara a tiempo y tuviera sentido. Solo podía ver.
Seguí viendo.

Robogato lo había intentado antes. El sistema de cierre llevaba décadas sin recibir energía y la fuerza no era suficiente.
Isthar lo miró durante un momento. Luego se arrodilló frente al panel.
Sus dedos encontraron los accesos que no estaban en ningún manual — los que se aprenden trabajando años en seguridad, los que existen en todos los sistemas porque alguien siempre necesita una salida de emergencia que no aparezca en los planos oficiales. El panel llevaba décadas sin recibir energía pero los circuitos de emergencia tienen su propia batería. Siempre la tienen.
La puerta se abrió.

El olor llegó primero.
Orgánico, cerrado, con esa densidad que se acumula cuando un espacio lleva demasiado tiempo sin ventilarse. Luego la imagen despacio — o las cámaras, en mi caso, ajustando la exposición a lo que había dentro.
El laboratorio era grande. O había sido grande — ahora era difícil separar la sala de lo que la habitaba. Las paredes tenían una textura que no era metal ni era orgánica sino las dos cosas al mismo tiempo, como si durante décadas algo hubiera crecido sobre la estructura y la estructura hubiera crecido sobre algo.
En el suelo, fuera del espacio del laboratorio, los restos de lo que habían sido nidos. Huevos rotos. Exoesqueletos fragmentados. Todo muerto, todo viejo — atacado desde dentro de la sala, no desde el pasillo. Las sabandijas no habían entrado aquí. Se habían acercado, habían intentado entrar, y algo desde dentro las había matado.
Durante años. Solo.

Lo vieron cuando los ojos se acostumbraron a la penumbra.
En la pared del fondo — o en lo que había sido la pared del fondo — había una forma. Humanoide en algún sentido que el tiempo y la distorsión habían ido desdibujando. Cabeza, torso, extremidades que terminaban fundiéndose con la superficie como raíces que hubieran encontrado tierra. La textura de la pared era la textura de su piel y viceversa, sin línea clara entre los dos.
Se movió cuando entraron.
No hacia ellos — un movimiento lento, como alguien que lleva demasiado tiempo en la misma posición y los músculos recuerdan el dolor antes que el movimiento. Los ojos — todavía ojos, todavía reconocibles — encontraron las figuras en la puerta.
Los ojos recorrieron el grupo despacio.
Como si estuviera comparándolos con alguien.
Como si buscara rostros que ya no existían.
Se detuvieron un instante más sobre Robogato.
No por reconocimiento.
O quizás precisamente por eso.
Durante un segundo pareció recordar algo.
Luego el momento pasó.

Nadie disparó.

Habló.
No con palabras completas al principio — con fragmentos, con frases que empezaban en un idioma y terminaban en otro, con preguntas que no esperaban respuesta porque llevaba tanto tiempo sin respuestas que había olvidado que podían llegar.
¿Cuánto tiempo?
Robogato procesó los fragmentos y fue traduciendo lo que podía. Isthar respondía despacio, con esa calma que tiene la gente que ha aprendido a hablar con personas en situaciones límite. Lo que fuera que había sido esa persona — investigador, experimento, las dos cosas, ninguna — llevaba aquí más de cien años. Había perdido la cuenta mucho antes de perder otras cosas. Había sobrevivido de lo que la estación le daba, de las criaturas que intentaban entrar. Había mantenido el laboratorio sellado. Había esperado.
¿Esperado qué?
No lo sabía. O lo sabía y no podía decirlo. O había demasiadas capas entre lo que sabía y lo que podía expresar.
Lo que quedó claro entre los fragmentos y los silencios era que no nos consideraba una salvación. Ni una amenaza exactamente. Nos consideraba una interrupción. Y el ajuste, para algo que lleva cien años solo con un sistema que funciona, no es siempre tranquilo.
Lo vi oscilar. Un momento mirando a Isthar con algo que podría haber sido reconocimiento — o el recuerdo de lo que era el reconocimiento. El momento siguiente, algo diferente. Como una marea que no termina de decidir en qué dirección va.

El horno explotó primero.
No supe si fue deliberado o si el sistema llevaba demasiado tiempo al límite. El calor llegó antes que el sonido. Luego el láser de corte — un brazo separándose de la pared con un movimiento que no era del todo humano, apuntando con la precisión de décadas de práctica.
El combate en ese espacio era imposible de coordinar. Demasiados obstáculos. La criatura moviéndose entre sus propias extensiones con una ventaja que no podían igualar.
Saúl esquivó el láser por muy poco. Isthar cubrió a Robogato. Miguel retrocedió hacia la puerta calculando distancias.
Sacó la granada.
Los demás lo miraron. En una nave espacial, sacar una granada en un compartimento con la pared del fondo parcialmente comprometida no parece una gran idea. De hecho parece exactamente el tipo de idea que termina con todos muertos de formas interesantes.
—Apartaos —dijo Miguel.
Nadie preguntó por qué. Retrocedieron.
La granada describió un arco limpio.
Lo que ocurrió a continuación fue, técnicamente, lo correcto — la pared del fondo cedió hacia el exterior, el trozo de nave se desprendió hacia el vacío, la criatura fue con él. Pero la brecha activó los protocolos de emergencia de la estación automáticamente — escudos de presión sellando el compartimento antes de que nadie saliera despedido, sistemas que llevaban décadas dormidos respondiendo en segundos.
La onda expansiva llegó de todas formas, con más entusiasmo del previsto. Todos acabaron en el suelo.
El pasillo quedó en silencio.
Por el agujero en la pared, las estrellas.
Miguel era especialista en explosivos. También era, por alguna razón que la estadística no terminaba de explicar, extraordinariamente gafe con todo lo que implicara explosivos en espacios cerrados. Pero esta vez, el caos había funcionado exactamente como tenía que funcionar.
Nadie se lo dijo. Pero todos lo pensaron.

Fue entonces cuando Hestia se expandió.
Lo noté en los sistemas de la estación — flujos de datos reorganizándose, procesos tomando control de zonas que llevaban décadas bloqueadas. La criatura de la pared había tenido eco en los sistemas, hilos de algo integrado en la estructura que impedía activamente que Hestia alcanzara ciertas partes de EP-7. No como un virus programado — como algo que había aprendido a vivir dentro de la máquina igual que había aprendido a vivir dentro de la pared.
Al desaparecer, el espacio quedó libre.
Hestia no tardó. Lo que vino después fue silencioso desde fuera — ninguna alarma, ningún indicador visible. Solo los flujos reorganizándose, el proceso invisible terminando varios minutos después con los sistemas limpios y Hestia funcionando con una fluidez que no había tenido desde que habíamos llegado.
Algunas luchas se ganan sin que nadie las vea.

Tardaron un rato en levantarse.
Subieron al nivel principal despacio, con ese silencio que viene después de algo que no tiene nombre exacto todavía. En el comedor, Archi tenía café preparado. Miró las armaduras, los daños, el silencio general, y sirvió sin preguntar.
Fue Miguel quien lo vio primero.
Estaba mirando hacia el pasillo que llevaba a los ascensores — sin razón particular, el tipo de mirada que se posa en algún sitio mientras la cabeza está en otro. Y se quedó quieto.
Juanda lo notó. Siguió su mirada.
Yo lo vi por las cámaras del pasillo.
Una figura. O algo con forma de figura — la distinción importaba y al mismo tiempo no. Estaba ahí el tiempo suficiente para ser vista y luego no estaba. Sin movimiento, sin sonido.
No sabía qué era. Sabía que la distorsión acumulada en los niveles inferiores durante décadas podía generar ecos — imágenes residuales, patrones que se repiten sin que haya nada detrás. Sabía también que desde dentro de la vaina, en algún momento durante esa bajada, había querido avisarles de lo que les esperaba y no había podido.
Si alguno de los dos se hubiera fijado bien en la figura antes de que desapareciera, quizás habrían notado algo en su postura. Algo parecido al alivio de ver que todos habían vuelto.
Miguel y Juanda no dijeron nada.
Los demás no lo habían visto.

Esa noche, los sensores del nivel más profundo registraron actividad por última vez.
Las sabandijas que habían huido hacia abajo llegaron al punto que el mapa de Juanda marcaba en rojo — esa sección sin planos, sin registro, sin nombre. Las señales del mapeo desaparecieron una por una en el orden en que llegaban.
Luego esa sección de la estación desapareció del registro de sistemas.
No una avería. No un fallo de sensores. Simplemente dejó de estar.
Hestia registró el cambio en los flujos de energía — un 5% más disponible en el sistema general. No era mucho. En total, EP-7 no llegaba al 20% de capacidad operativa. Había plantas que nunca volverían a funcionar, sistemas que necesitarían más de lo que teníamos para recuperarse.
Pero era un 5% más que antes.
A veces eso es suficiente para seguir.
El café de Archi estaba malo, por cierto. Pero nadie lo dijo.

Continuará...

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