Capítulo 32: Cruce de Teselas
Dentro de la vaina no hay dormir. Hay otra cosa — como estar dentro de un capullo sin saber que eres una crisálida.
Percibía a través de los sensores de Roger. A veces de las cámaras. A veces de algo que no sabía nombrar todavía, como si Hestia me prestara sus ojos sin pedirme permiso.
Kais estaba junto a la vaina. Llevaba horas así, quieta, con esa densidad que tienen los droides cuando procesan algo que no cabe en sus parámetros normales. No miraba el pasillo ni los sistemas. Me miraba a mí — o lo que quedaba de mí visible desde fuera. En algún momento se había acercado un poco más.
Cuánto deseaba poder llegar hasta ella.
Tres días en Roger.
Lo vi por las cámaras de la cabina médica. Isthar de pie frente al espejo, mirando un reflejo que no reconocía del todo. Roger era funcional, neutro, diseñado para alojar nekrochips en emergencias y no para ser habitado. Ella lo sabía. Se notaba en cómo se miraba, en el tiempo que pasaba antes de apartar los ojos.
Giró la cabeza hacia la vaina un momento, casi sin querer. Luego volvió al espejo.
Si pudiera llegar hasta ella. Decirle algo. Lo que sea.
Se quedó sola. A veces el silencio es lo único honesto.
Liminal.
Desde fuera parece que alguien intentó construir un agujero negro y se quedó a medias. La luz no escapa del todo — se queda atrapada en los bordes, parpadeando entre quedarse e irse.
Por dentro es otra cosa. Pasillos largos, tiendas que venden cosas que no necesitas pero que de alguna forma acabas mirando, una IA de gestión que lleva tanto tiempo sola que ha desarrollado un protocolo específico para cada tipo de silencio. Todo gestionado por unidades autónomas que llevan suficiente tiempo ahí como para que la distorsión ambiental haya dejado su marca — formaciones grises en las juntas, como herrumbre que hubiera decidido ser otra cosa. En los biológicos eso sería otra historia. Por eso no hay biológicos fijos en Liminal.
Había que ser eficientes. No era un lugar para quedarse.
NortonCorp ocupaba una sala entera al fondo del nivel comercial. Techo alto, luz blanca sin sombras, y en la pared del fondo una impresora de armaduras que no fabricaba por capas sino de dentro hacia afuera, como si la máquina recordara la forma de las cosas antes de construirlas. Todo a la vista. Sin procesos ocultos.
El droide que nos atendió se presentó como Norbot-71. Voz modulada, modales diseñados para inspirar confianza, y en las juntas de los codos las mismas formaciones grises que en el resto de la estación. Llevaba tiempo aquí.
Miguel se plantó delante del catálogo. Vi cómo lo recorría. Vi el momento exacto en que encontró lo que buscaba — y el momento siguiente, cuando supo que no estaba disponible. La Predator original era otra categoría, otro mundo. No era cuestión de precio.
—Depredator 5000 —dijo. Una pausa—. La de NortonCorp.
Cuatro haces de luz lo escanearon de arriba abajo, catalogando cada medida. Luego la máquina empezó a trabajar — cada placa surgiendo de la siguiente, tomando forma como si siempre hubiera estado ahí esperando ser convocada. Verla trabajar era hipnótico. Miguel lo aceptó sin dramatismo.
Isthar no se escaneó. Cargó datos — las medidas de su cuerpo biológico, guardadas antes de todo esto. No estaba comprando para Roger. Eligió algo funcional, gris, sin adornos. Y luego añadió refuerzos para el cuerpo que llevaba puesto: brazales, peto, un cráneo reforzado donde iba el nekrochip. Lo que importaba, protegido.
Luis pidió refuerzos de extremidades. Azul, claro.
Compramos munición. Norbot-71 nos deseó buen viaje con perfecta entonación mientras nos acompañaba a la salida, las formaciones grises en sus juntas captando la luz blanca de la sala.
Nadie dijo nada sobre ellas.
Kais seguía junto a la vaina cuando el grupo volvió al Teseo.
Un pensamiento sin forma de pregunta llegó hasta ella — o hasta Hestia, que es lo mismo pero no es lo mismo.
—Sí —dijo—. Lo noto.
Silencio.
—No tiene nombre todavía.
No sé si fue un sueño o un recuerdo que encontró la grieta correcta. Dentro de la vaina las dos cosas se parecen demasiado.
La luz anaranjada de los bajos fondos de EP-9. Ese color que hace que todo parezca más viejo de lo que es, o exactamente tan viejo como debería ser. Nadine estaba ahí, sentada a mi lado como si venir desde Oasis hasta EP-9 fuera un detalle logístico y no un argumento.
No dijo nada durante un rato. No hacía falta. Olía como siempre — a algo sin nombre en ningún catálogo, que no se describe bien pero que hacía que el aire a su alrededor se sintiera como un lugar al que ya habías querido volver antes de marcharte.
Solía tener razón. No siempre en el momento oportuno, pero cuando hablaba de las cosas que importaban valía la pena callarse y escuchar.
—Te marchas pronto —dijo.
—Siempre me marcho pronto.
Sonrió. Esa sonrisa que había aprendido a leer como veinte cosas distintas. Esa era la de tener razón y no querer tenerla.
—No quiero ser tu ancla —dijo—. Ni que tú seas la mía.
Lo dijo con cuidado, con esa delicadeza de quien lleva tiempo dándole vueltas a una frase y aun así no está seguro de que sea la correcta. Había cosas que no dije. Que no eran anclas. Que si había dudas, que las tuviera. Que no sería yo quien retuviera nada.
Que si dudaba, que fuera libre.
La luz de EP-9 cambió de turno y el ruido de los bajos fondos volvió a llenarlo todo. El recuerdo se fue despacio, como siempre se van las cosas que no quieres perder.
EP-7 apareció en los sensores.
A través de los ojos de Roger vi las caras — Miguel, Isthar, Luis, Kais — mirando las pantallas sin decir nada durante unos segundos. Era enorme, con esa forma que en la oscuridad del espacio recordaba a un colmillo. Solo las primeras plantas encendidas, torre de mando y zonas comunes, el muelle de atraque con vida — como si un leviatán enorme hubiera abierto un ojo y estuviera valorando si merece la pena abrir el otro. El nombre se leía en el casco, grande, para quien quisiera verlo.
Semanas de trabajo invisible. Los robots y droides enviados antes, Hestia actualizándome en ese lenguaje suyo que no es exactamente lenguaje. Yo sabía lo que había dentro. Ellos no sabían nada de eso.
—Bienvenidos a casa.
La voz de Beky desde los altavoces de la estación. Cálida. Como si llevara tiempo esperando decir exactamente eso.
El muelle se abrió solo, las instrucciones llegaron solas, y en el hangar, cuando bajó la rampa, había asistencia médica esperando — unidades preparadas, equipos listos. Miguel miró a Luis. Luis miró a Isthar. Nadie dijo nada.
Y entonces los vieron. Al fondo del hangar, un grupo que no esperaban, llegados por otro camino.
Uno dio un paso al frente.
Álex.
Continuará...
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