Capítulo 28: El Hombre de Negro
Capítulo 28: El Hombre de Negro
EP-9 tenía zonas donde la gente aún fingía normalidad.
La intersección estaba en uno de esos distritos: residencial de clase media, varios niveles en altura, balcones abiertos a una plaza interior que hacía las veces de parque. Vegetación sintética, bancos de material reciclado, luces cálidas programadas para simular atardeceres perpetuos. Un lugar pensado para bajar la guardia.
Demasiado pensado.
Lola detectó el intercambio con antelación: comunicaciones breves, cifrado antiguo, un patrón que evitaba nodos corporativos habituales. Un maletín. Una hora. Una plaza.
—No intervenimos —ordenó Seawolf—. Observamos.
El equipo se distribuyó entre los niveles superiores, pasarelas y accesos laterales. Tráfico normal. Familias. Gente que volvía del trabajo. Nada que llamara la atención… salvo el silencio extraño justo antes de que ocurriera algo importante.
Los vendedores llegaron primero. Dos personas. El maletín iba encadenado a la muñeca de uno de ellos.
Los compradores aparecieron después. Corporativos sin logotipos, demasiado correctos para el entorno. Se saludaron. El maletín pasó de una mano a otra.
Entonces, el aire falló.
No fue un destello. Fue una ausencia. Como si un fotograma se hubiera perdido.
El Hombre de Negro apareció en medio de la plaza.
Vestía completamente de negro. Ropa funcional, sobria. El rostro quedaba oculto entre sombras que no encajaban con la iluminación ambiental. No habló. No apuntó con ningún arma.
Miró el maletín.
Parpadeó.
Desapareció… y reapareció justo a su lado. La maniobra no fue amplia ni teatral; fue un reajuste limpio, dentro del mismo campo de visión. El maletín pasó a su mano como si siempre hubiera sido suyo.
La reacción fue tardía.
Desde uno de los niveles superiores, una seguidora arcanita se lanzó hacia él. Movimiento rápido, casi reverente. No iba a por él. Iba a por lo que llevaba.
Luis se adelantó por puro reflejo. No para pelear: para resolver.
Se metió en la trayectoria, forzó el ángulo y atrapó el maletín cuando quedó expuesto durante un instante. Lo aseguró contra el pecho y corrió entre la gente que empezaba a gritar.
No llegó a cubrir ni diez metros.
El golpe de la arcanita fue seco. Brutal. Luis salió despedido contra una pared de la plaza. El sonido del impacto hizo que varios transeúntes se agacharan por instinto.
Pero el maletín no quedó libre.
Antes de chocar, Luis lo había lanzado hacia un lateral, a una zona de sombra entre jardineras y una columna estructural, como si prefiriera perderlo de vista antes que verlo volver a manos equivocadas.
Miguel se lanzó sobre la arcanita derribándola. Durante un instante pareció contenerla. Disparó con su pistola de energía. Los impactos golpearon la armadura y se apagaron en ella, sin penetrar, sin respuesta. Miguel cambió de arma.
Ella aprovechó ese microtiempo.
Encajó las piernas en el abdomen de Miguel y lo proyectó hacia atrás. Miguel golpeó el techo del pasillo de acceso a la plaza. El aire se le vació de los pulmones; por un instante creyó que su vida también escapaba. Un segundo después, el suelo lo reclamó con otro impacto.
El Hombre de Negro reapareció junto a la seguidora.
Miró a Miguel. No había prisa en el gesto. No había furia. Solo una pausa mínima, como si midiera algo que nadie más estaba viendo.
No la atacó.
Simplemente le arrebató el maletín.
Cuando lo tomó, el objeto pareció “encajar” en su mano. No fue una sensación visible, pero la plaza se sintió distinta durante un segundo: como si el aire hubiera aceptado una pieza que faltaba.
Todo parecía volver a su cauce.
Un parpadeo, y desapareció para aparecer en un pasillo del nivel superior.
Isthar liberó sus drones. Ojos discretos, sin capacidad de frenarlo: seguimiento y marcado. La señal se fijó durante un latido… y volvió a romperse. EP-9 era un laberinto de capas civiles, materiales que amortiguaban transmisión y rutas que borraban trazas. Lo tuvieron. Lo perdieron. Lo tuvieron de nuevo.
El Hombre de Negro se dirigió a su nave, estacionada en uno de los niveles inferiores, oculta entre tráfico civil. Subió la rampa con paso firme.
Y entonces, la traición.
Las compuertas se cerraron de golpe.
Desde dentro.
Un segundo después, fuego de supresión desde los laterales. Mercenarios. Bien posicionados. Profesionales. No iban a por él: iban a retrasarlo. A obligarlo a perder segundos valiosos.
El Hombre de Negro quedó inmóvil apenas un instante. El tiempo justo para comprenderlo.
Aquella nave no era su huida.
Era el siguiente paso del plan de un tercero.
Desde el otro extremo de la plaza, Seawolf vio cómo otra nave despegaba… con el maletín a bordo.
Sin él.
La seguidora arcanita se incorporaba de nuevo. Los mercenarios avanzaban cerrando ángulos. Demasiados vectores. Demasiado ruido.
EP-9 reaccionó tarde, como si los protocolos se hubieran quedado atrapados en trámites invisibles. Sirenas lejanas, cierres parciales que no terminaban de cerrar, mensajes de seguridad que llegaban cuando ya no importaban. Algo —o alguien— estaba amortiguando la respuesta.
El Hombre de Negro alzó la vista.
No buscó un punto cercano.
Abrió un portal bajo sus propios pies. No hubo luz ceremonial ni sonido. El espacio se plegó con una precisión fría, y lo engulló sin violencia, como si nunca hubiera estado allí.
—¡Tras esa nave! ¡Ahora! —ordenó Seawolf.
El Teseo despegó entre alarmas y gritos, siguiendo la estela de la nave que huía entre el tráfico de EP-9.
En la plaza quedaban restos de un intercambio fallido… y demasiadas preguntas.
¿Quién era aquel hombre?
¿Por qué necesitaba intermediarios?
¿Y por qué un tercero había preferido traicionar el trato antes que permitir que el maletín quedara en la mano correcta?
EP-9 volvió a subir el volumen.
Como si nada.
Continuará…
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