Cap 39: Llegada al Vertedero
Tres meses es mucho tiempo para una consciencia distribuida.
Hestia mantenía los sistemas. Los PDs continuaban con su trabajo. Las reparaciones avanzaban — panel a panel, cable a cable, el lento trabajo de reconstituir una estación que no quería ser reconstruida. Reemplacé tuberías. Limpié filtros. Revisé logs de energía. Hacía lo que se hace cuando el tiempo es lo único que tienes.
Pero el hangar estaba vacío.
Eso era lo que pesaba. Las cámaras mostraban espacios sin movimiento. Sin Miguel comprobando motores. Sin Isthar revisando armamento. Sin Juanda midiendo ángulos. Sin Robogato. Sin el pequeño caos que genera cinco personas intentando no matarse entre sí en un espacio cerrado.
Kais seguía aquí, coordinando desde los sistemas. Pero Kais era parte de algo que yo no terminaba de entender. La colmena. Las órdenes. El silencio que ella guardaba sobre dónde iban realmente o qué esperaban encontrar.
Yo solo reparaba.
Tres meses.
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El sensor del hangar marcó aproximación a las 14:23.
Becky.
No fue un retorno dramático — fue un regreso cansado. La moto se posó en el hangar como algo que hubiera estado cayendo durante tres meses y al fin encontraba un lugar donde detenerse. Los sistemas de amortiguación se activaron. Las puertas se cerraron.
Silencio.
Luego movimiento.
Salieron lentamente. Miguel primero, con el peso de algo sobre los hombros que no era físico. Isthar después, pálida de una forma que no era enfermedad sino desgaste. Saúl sostenía a Juanda — que bajaba del maletero con las piernas tan acalambradas que casi cae. Robogato saltó del hueco con más elegancia, pero sus ojos eran de un morado oscuro. Contemplativo. Roto.
Miraron alrededor como si esperaran que el hangar hubiera cambiado.
No había.
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Becky comenzó a descargar datos casi inmediatamente.
*Secuencia de salto: grabaciones intactas. Aproximación a zona de destino: grabaciones intactas. Primer impacto: sistemas de seguimiento activos durante evento.*
Las imágenes llegaron en streaming. No las veía en tiempo real — Becky las procesaba en modo comprimido, pero podía reconstruirlas. El salto desde su perspectiva: los sistemas de la moto registrando cómo el espacio se rompía, cómo los viajeros se desorientaban, cómo Becky absorbía el impacto.
Luego: el Vertedero.
Las cámaras de Becky habían capturado lo que era. Montañas de chatarra. Civilizaciones fosilizadas. Un paisaje que parecía hecho de tiempo corrupto. No había palabras para eso. Las métricas tampoco lo contenían.
*Perímetro seguro establecido. Primer refugio: módulo de transporte abandonado. Condiciones: protegidas. Personal: recuperándose de desorientación del salto.*
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Robogato habló desde donde estaba apoyado contra la pared.
Su voz era normal. Eso era lo extraño — que sonara normal.
—Vomitamos todos menos yo cuando salimos de Becky —dijo—. El aire no ayudaba.
Miguel asintió como si eso explicara algo.
—¿Cuántas primeras noches? —pregunté, aunque sabía que Robogato ya estaba transmitiendo datos. Quería oír la voz. Quería que alguien hablara.
—Una —dijo Robogato—. La primera noche nos robaron la rueda.
Silencio.
Eso fue cuando Becky transmitió los logs de esa noche. Las grabaciones no mostraban mucho — interferencia electromagnética del Vertedero bloqueaba los sensores — pero mostraban lo suficiente. Múltiples seres acercándose. Coordinados. Profesionales. Robando algo que debería haber sido imposible de robar sin herramientas especializadas.
*Sustracción completada en 12 minutos aproximadamente. Sin alarmas. Sin disturbios detectables.*
—¿Quién? —pregunté.
—Nakel —dijo Robogato—. O su gente. Alguien que sabía exactamente qué estaba buscando.
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Juanda se dejó caer en una silla.
Nadie le había ofrecido. Simplemente se derrumbó en ella como si llevara tres meses de pie.
—Estuvimos tres meses intentando repararla —dijo—. O la rueda, mejor dicho. Becky podía hacer muchas cosas pero sin esa rueda específica... — miró hacia la moto — ...sin ella éramos lentos. Pesados. Atrapados.
—¿Atrapados dónde? —pregunté.
Pero no respondió de inmediato. Miró a Miguel. Miguel miraba a Isthar. Isthar miraba algo que no estaba en la sala.
Fue Robogato quien continuó.
—En el mercado negro de una nave enterrada. Con los muertos de hace siglos. Con algo grande moviéndose en las sombras que los habría matado si no hubiéramos estado quietos cuando debíamos estar quietos.
Sus ojos eran púrpuras.
—Y luego —añadió— volvimos.
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Becky transmitió el viaje de retorno.
Los logs eran claros. El sistema de salto funcionaba — el reloj de Archi había resistido, había impulsado a Becky de vuelta a través del espacio roto hacia casa. Pero algo había pasado allá. Algo que había dejado cicatrices en su código.
*Integridad: 51%. Sistemas críticos: 3 fallos mayores pendientes de reparación. Viajeros: traumatizados según indicadores de stress vital.*
Eso fue lo que Becky reportó científicamente.
Lo que no podía reportar era lo que vi en sus indicadores. No era solo daño técnico. Era algo que Becky no tenía palabras para procesar.
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Miguel finalmente habló.
—Hay un Coloso —dijo—. Es grande. Demasiado grande. Come toneladas de chatarra al día. Lo vimos moverse una sola vez.
Pausa.
—No queremos hablar de eso todavía.
Nadie insistió.
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Los cuatro hablaron entre sí después, mientras yo escuchaba. Reconstruyendo. Rellenando huecos. Pequeños detalles que las grabaciones de Becky habían perdido, momentos sensoriales que solo el cuerpo humano podía registrar.
Isthar describiendo el olor.
Juanda describiendo los susurros que oían por las noches.
Saúl describiendo la sensación de estar atrapado.
Miguel describiendo lo que había visto en el cielo del Vertedero cuando se atrevía a mirar hacia arriba.
Y Robogato, tranquilo, complementando. Añadiendo datos. Siendo la parte de la historia que no podía romperse.
Tres meses. Habían pasado tres meses en un sitio que parecía sacado de pesadillas, haciendo cosas que no querían hacer, descubriendo cosas que no querían saber.
Y ahora estaban aquí. Vivos.
Lo demás podía esperar.
*Continuará...*
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