Capítulo 38: Preparativos — La Partida

El mensaje apareció en los navegadores a las 06:14.

Sin remitente. Sin firma. Solo el texto, breve y directo, como si llevara tiempo esperando el momento correcto para publicarse:

EP-7 requiere mejora de capacidades Mecha para operaciones futuras. Recursos disponibles. Ventana óptima: próximas 72 horas.

Hestia lo había preparado sola.

O casi sola. En algún lugar de mi mente, mientras dormía dentro de la vaina o procesaba los logs de la estación, algo había tirado del hilo — una preferencia, un patrón, la forma en que ciertos tipos de máquinas siempre me habían llamado la atención de una manera que no terminaba de ser solo racional. Hestia había recogido eso y lo había convertido en una decisión. No era la primera vez que lo hacía. Probablemente no sería la última.

Miguel leyó el mensaje dos veces.

—¿Esto lo ha enviado alguien de aquí? —preguntó.

Nadie respondió porque nadie lo sabía.


Los PDs empezaron con Becky esa misma mañana.

No fue ella quien se transformó — no tenía sistemas para algo así, ni falta que le hacía. Fueron las manos. Una docena de PDs moviéndose alrededor de su chasis con los planos cargados en sus sistemas, planos basados en ingeniería inversa de las pulseras de salto, con anotaciones en un lenguaje técnico que mezclaba los procesos de Hestia con algo que solo podía venir de mis conocimientos rúnicos.

Los huecos ya estaban. El de Robogato, el maletero, las dos plazas — todo eso venía del diseño original, de cuando Becky no era más que un vehículo con buenas intenciones. Lo que hicieron los PDs fue reforzar. Implementar. Convertir esos espacios en algo que aguantara un salto entre puntos del espacio sin desarmarse por el camino.

Y se lo pasaron bien haciéndolo.

Lo vi por las cámaras del hangar. Los PDs no tienen expresiones, pero tienen ritmo, y el ritmo de doce unidades trabajando coordinadas sobre el mismo proyecto tenía algo de celebración. Becky tampoco se quejó. Al contrario — sus indicadores parpadeaban con una frecuencia que en cualquier otra IA habría llamado coquetería. Era una dama. Le gustaban las mejoras. Y si había que reconstruirla de medio chasis para arriba, al menos que se notara.


El reloj fue lo último que entró.

Y lo de "entrar" es literal. No se acopló — se consumió. El sistema de salto lo absorbió entero, el mecanismo desapareciendo dentro de Becky como una moneda en una hucha que no devuelve cambio. Un artefacto único, irreemplazable, milenario, convertido en combustible estructural para que una moto reforzada pudiera dar un salto.

Archi no quiso mirar esa parte.


Kais fue quien se lo había pedido.

Lo vi la tarde anterior. Se acercó a Archi en el comedor — donde él tenía los cinco relojes sobre la mesa, mirándolos con la expresión de quien sabe lo que viene — y se lo pidió con esa franqueza suya que no deja resquicios.

—Mi padre necesita uno —dijo.

Así, sin rodeos. Encantadora y total, como si pedir un artefacto irrepetible fuera lo más natural del mundo cuando lo pides por tu padre.

Archi la miró un buen rato.

—¿Sabes lo que son? —preguntó.

—Sé que son importantes para ti. —Kais ladeó la cabeza—. Por eso te lo pido yo y no otro.

Archi suspiró con toda la teatralidad de alguien que ya había aceptado la situación pero necesitaba que constara en acta que le costaba. Luego empujó el segundo reloj hacia el centro de la mesa.

—Este. No porque sea el menos valioso. Sino porque es el que más me ha dado y el que más merece seguir dando.

Kais lo recogió con las dos manos, como se recoge algo que pesa más de lo que parece.

—Gracias —dijo.

Y lo decía de verdad. Eso era lo de Kais — cuando daba las gracias, las daba enteras.


Kais no viajaba.

Pertenecía a la colmena, así que había recibido las órdenes igual que los PDs, igual que Becky. Sabía exactamente qué se estaba construyendo y para qué. Ayudó a traer el reloj, ayudó a coordinar parte del trabajo desde los sistemas.

Pero no participó en la construcción. No con las manos.

La vi quedarse al borde del hangar más de una vez, observando a los PDs trabajar sobre Becky con esa quietud densa que tenía cuando algo no le cabía del todo. A ella también le habría gustado ir. No lo dijo — Kais no decía ese tipo de cosas — pero estaba en cómo miraba la moto reforzada, en cómo se quedaba un segundo de más antes de volver a sus tareas.

El viaje era para otros. Ella se quedaba a cuidar la casa.

Alguien tiene que quedarse a cuidar la casa. Casi nunca es quien quiere.


El grupo se preparó hablando entre ellos.

Juanda estaba emocionado — más de lo que le había visto nunca. Lo de los Mecha le tiraba de algo. Rondaba a los PDs preguntando especificaciones, capacidades, márgenes de tolerancia, con una curiosidad que no era la del estratega cauto de siempre sino la de alguien que de pronto tiene delante el juguete que llevaba esperando toda la vida.

—¿Y aguanta el salto? —preguntó por tercera vez.

—Aguanta el salto —dijo Miguel.

—Pero si no aguanta el salto—

—Juanda.

—Solo pregunto.

Cuando se cansó de preguntar por el salto, Juanda volvió a su entretenimiento de las últimas semanas: el aparato que llevaba en el antebrazo. Una pieza de tecnología vieja, recuperada de quién sabe dónde, con forma de linterna gruesa y un color oscuro que no reflejaba bien la luz. La había estado toqueteando desde que la encontró. Nunca hacía nada — o nada que él entendiera.

—A ver hoy —dijo, tecleando una secuencia en la superficie.

El aparato emitió un sonido. Una voz sintética, plana, salida de una época que ya no existía:

Secuencia de autodestrucción iniciada.

Juanda se quedó muy quieto.

—No. No, no, no. Aborta. Aborta. —Tecleó más rápido—. ABORTA.

Secuencia cancelada.

—¿Por qué tiene autodestrucción —preguntó Saúl sin levantar la vista del soporte vital— una linterna?

—No es una linterna.

—¿Qué es?

—No lo sé —admitió Juanda, mirando el aparato con una mezcla de respeto y desconfianza—. Pero algún día va a hacer algo útil. Lo presiento.

—O nos mata a todos.

—O eso.

Lo dejó como siempre lo dejaba: sin saber qué era, sin saber qué hacía, guardándolo de nuevo contra el antebrazo. Un misterio más que viajaba con ellos.

Saúl revisaba el soporte vital del maletero con Robogato. Isthar comprobaba el armamento — despacio, pieza por pieza, con una concentración que no era solo método. Desde que había vuelto en el cuerpo de Roger comprobaba las cosas más veces que antes, como si necesitara confirmar que respondían, que estaban donde debían estar, que esta vez no fallarían. No lo decía. Pero las cámaras lo registraban, y yo lo veía: una mujer reaprendiendo a fiarse de un cuerpo que no era el suyo. La conversación iba y venía con la naturalidad de gente que ha aprendido a trabajar junta sin necesidad de decirse demasiado.


Álex se despidió por la mañana.

Lo vi por las cámaras del hangar. Fue con Isthar primero.

Ella lo miró de frente, como hacía siempre — sin evasión, sin fingir lo que no era. Pero había algo descolocado en su postura. Un hombre joven al que no conocía la miraba con un peso que ella no sabía de dónde venía ni cómo recibir. La amnesia le había dejado los datos pero no las raíces. Sabía que él significaba algo. No sabía qué.

Le puso una mano en el hombro, un poco rígida.

—Cuídate —dijo.

Él asintió. No esperaba más. Nunca había esperado más de ella.

Yo era el único que sabía por qué la escena dolía tanto sin que ninguno de los dos entendiera del todo el motivo. Álex no era solo el hijo de Isthar. Era el nieto al que yo criaría — en un futuro que para mí todavía no había ocurrido y para él ya era pasado. Isthar no lo sabía. Álex cargaba con ese desfase él solo, despidiéndose de una madre que lo había tenido pero no lo había criado, frente a un abuelo dormido que aún no lo había hecho.

El tiempo, en esta familia, nunca iba en línea recta.


Luego se acercó a la vaina.

No dijo nada durante un momento. Se quedó de pie frente al capullo, con las manos metidas en los bolsillos, mirando la superficie que absorbía la distorsión ambiente y la devolvía en esas formaciones cristalinas que nadie había conseguido explicar del todo.

Yo lo veía por las cámaras. No podía hablar. No podía moverme. Pero estaba ahí, y él lo sabía.

—Vuelvo en un año —dijo—. O en lo que sea que sea un año desde donde vais a estar.

Una pausa.

—Sé que lo sabes todo. Que probablemente lo estás viendo ahora mismo. —Se le curvó un poco la comisura—. Siempre me ha resultado raro eso de ti.

Otra pausa, más larga.

—Cuando despiertes, va a ser diferente. Pero va a estar bien.

No sé si lo decía para mí o para él. Probablemente para los dos.

Abrió un portal con esa eficiencia suya de quien lo ha hecho mil veces, miró atrás una vez — no hacia Isthar, hacia la vaina — y desapareció.

El hangar quedó en silencio.


La tarde anterior a la partida, Saúl pasó por la zona médica.

No iba a nada concreto. Lo vi entrar por las cámaras, detenerse frente a la vaina, mirarla como se mira algo que no se entiende del todo. La superficie cristalizada latía despacio, absorbiendo la distorsión del aire, devolviéndola en esas formaciones que crecían y se deshacían sin patrón aparente.

—¿Está vivo? —preguntó. No a mí. A la sala. A quien quisiera responder.

Fue Hestia quien lo hizo. La voz del sistema médico, suave, surgió de los altavoces de la enfermería.

—El sujeto no está muerto.

—Eso no es lo que he preguntado.

Una pausa. Hestia procesando cómo traducir algo que no se deja traducir.

—Es comparable a un coma inducido —dijo al fin—. Funciones vitales mínimas. Temperatura corporal por debajo de lo viable para un humano normal. Si me detuviera en esos datos, diría que está apagándose.

—¿Pero?

—Pero la actividad cerebral no encaja con un coma. Es intensa. Sostenida. Más alta que la de una persona despierta. —Otra pausa—. No tengo una categoría para esto. Lo registro como "actividad anómala sostenida" porque es lo más honesto que puedo decir.

Saúl se quedó mirando la vaina un momento más.

—Entonces está pensando —dijo.

—Está haciendo algo —corrigió Hestia—. Pensar es una de las posibilidades.

Saúl asintió despacio, como si eso fuera respuesta suficiente, y se fue.

Yo lo había oído todo. Por supuesto que lo había oído todo. Y no supe decidir qué era más extraño: que Hestia no tuviera una categoría para lo que me pasaba, o que tuviera razón en cada palabra.

Estaba haciendo algo. Pensar era una de las posibilidades.

Las otras no las tenía tan claras.




Becky calentó motores a mediodía.

El grupo se distribuyó sin drama — cada uno en su sitio, cada uno con lo que llevaba. Juanda dobló las piernas en el maletero con la resignación de alguien que ha aprendido que la comodidad es un concepto relativo.

—¿Estás bien? —preguntó Saúl, acomodándose a su lado.

—Estoy en un maletero —dijo Juanda.

—Ya.

—Estoy perfectamente.

Una pausa.

—Es el maletero de un Mecha —añadió Juanda, como si eso lo arreglara. Para él, probablemente lo arreglaba.

Miguel comprobó los controles. Hestia confirmó el salto preprogramado. La perla de distorsión estaba en su lugar.

Robogato miró hacia el hangar una última vez — las cámaras, las paredes, los PDs alineados sin que nadie se lo pidiera, Kais quieta en el borde. Sus ojos eran de un naranja quieto.

Luego se acomodó en su hueco.

Las puertas del hangar se abrieron hacia el espacio.

Y Becky saltó.

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