Capítulo 34: Consolidación en EP-7

Los primeros días en EP-7 los vi en fragmentos.
Cámaras del hangar. Sensores de los pasillos. Los logs de los PDs llegando en bloques, ordenados por hora, secos como siempre. A veces Hestia me pasaba algo — una imagen, una secuencia — sin que yo lo pidiera. Como si supiera qué necesitaba ver antes de que yo lo supiera.
La estación despertaba despacio. Cada día una planta más encendida. Los droides de desguace moviéndose por los corredores con esa eficiencia silenciosa de quien lleva semanas con un plan claro. Cables tendidos. Paneles revisados. Puertas que antes no abrían, abriéndose.
EP-7 era grande. Demasiado grande para lo que éramos.

Robogato llevaba horas en el terminal de archivos cuando encontró lo primero.
Estación médica. Más de cien años de antigüedad. Eso explicaba la distribución de algunas plantas, los módulos que no encajaban con nada funcional pero tenían sentido como laboratorios o salas de recuperación. Siguió tirando del hilo.
Los archivos operativos estaban borrados. No corrompidos — borrados. Alguien, en algún momento, había limpiado el sistema con cuidado. Quedaban metadatos, fechas, referencias cruzadas a documentos que ya no existían. Como el negativo de algo que no se puede ver.
Lo registró en su propio log sin comentario y siguió buscando.

Juanda midió todo lo que pudo.
Lo vi por las cámaras de los pasillos — moviéndose despacio, mirando intersecciones, techos, ángulos. Miguel iba con él la mayor parte del tiempo, sin decir mucho. Saúl también, cuando no estaba intentando acostumbrarse a tener cuerpo otra vez.
En algún momento los tres se detuvieron frente a una de las puertas de los ascensores.
Soldada. No bloqueada — soldada. El metal de la junta tenía décadas.
Juanda la miró un buen rato. Luego miró el mapa que llevaba en el sistema.
—Las plantas inferiores no aparecen en ningún plano —dijo.
Miguel no respondió enseguida.
—Mañana lo miramos —dijo finalmente.
Lo dejaron ahí.




Esa misma tarde, las señales.
Hestia las marcó sin explicación — lecturas de movimiento en el nivel B-4, luego B-6. Intermitentes. Sin patrón claro. Podía ser interferencia de los sistemas viejos. Podía ser otra cosa.
Las marqué para revisar. No había mucho más que pudiera hacer.

El replicador lo habían instalado en el comedor desmontándolo del Teseo. Único. Los materiales base para generar comida no eran infinitos — algo que Robogato había dejado muy claro desde el primer día.
Lo que no había dejado tan claro era que también podía replicar componentes técnicos, si le dabas las especificaciones correctas.
Vi por la cámara del comedor cómo Miguel, Saúl y Juanda introducían algo en el panel. Una especificación larga. Técnica. Los tres inclinados sobre la pantalla con esa concentración que solo aparece cuando alguien está haciendo algo que sabe que no debería.
El replicador procesó durante cuarenta segundos.
Lo que salió no era lo que habían pedido.
No supe exactamente qué era — el ángulo de la cámara no lo cubría bien. Lo que sí vi fue que los tres se quedaron mirándolo en silencio durante un momento. Luego Saúl dijo algo que no capté. Miguel se rió. Juanda recogió lo que fuera y lo metió debajo de la mesa.
Robogato apareció en la puerta dos minutos después.
Miró el replicador. Miró a los tres. Miró el replicador otra vez.
No dijo nada. Se fue.
El log del replicador registró que alguien había intentado replicar piezas para un sistema de proyección térmica de diseño no estándar. Los materiales consumidos equivalían a dieciséis raciones de proteína.

La estación tenía una sola vaina de salvamento.
Lo encontré en el inventario de emergencias que Hestia había compilado. Una. Para una estación de ese tamaño. O alguien había retirado el resto hace mucho, o nunca habían pensado que hiciera falta más de una.
No supe qué pensar de eso. Lo anoté y seguí.

Esa noche apareció una sugerencia en el sistema de gestión de recursos.
Sin firma. Sin remitente. Solo una nota técnica, breve, que señalaba que el replicador — con materia prima adecuada — podía fabricar piezas estructurales además de comida. Y que EP-7 tenía, distribuidos por sus plantas, suficientes restos metálicos y chatarra de la estación abandonada para alimentarlo durante meses.
La solución había estado ahí desde el primer día.
La marqué como prioritaria para mañana y no pregunté de dónde venía.

Por una de las cámaras del nivel tres, vi al gato.
Azul. Enroscado en un hueco entre dos paneles de pared, con esa calma absoluta que tienen los gatos cuando han decidido que un sitio es suyo. Un PD pasó por delante. El gato lo siguió con los ojos hasta que desapareció.
Luego volvió a cerrarlos.
En algún lugar más abajo, algo se movía.
Continuará...

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