Capítulo 36: Las Profundidades — Las Sabandijas
El canal de Robogato seguía en silencio.
No había forma de saber si era porque los conductos bloqueaban la señal o porque ya no había señal que bloquear. Las dos opciones existían con igual peso y ninguna era tranquilizadora. Era el tipo de ambigüedad que prefería no tener demasiado tiempo para considerar.
Miguel y Juanda sostenían el pasillo.
Lo que los esperaba en el nivel B-2 había salido de entre los mamparos como si el óxido hubiera decidido cobrar vida — antenas que arrastraban herrumbre, un blindaje vivo que comía el metal que tocaba. No atacaba por hambre. Atacaba porque era lo único que sabía hacer. Eso, de alguna forma, lo hacía más fácil de entender y más difícil de combatir.
La criatura rodeaba. Buscaba ángulos. Usaba las sombras con una inteligencia que no esperabas de algo que básicamente era herrumbre con patas. Miguel la había visto medio segundo antes de que desapareciera detrás de una columna — suficiente para saber que era rápida y que lo sabía.
Juanda tenía el arma preparada pero no disparaba. Esperando el momento correcto, o esperando que alguien más tomase la iniciativa. Ambas cosas podían ser verdad al mismo tiempo.
El PD escaneaba en silencio, ajeno a la tensión de los biológicos que tenía al lado, como hacen los PDs.
En el extremo opuesto, Isthar y Saúl aguantaban la puerta del ascensor.
Los golpes desde abajo no eran desesperados — eran metódicos. Regulares. El mismo punto, el mismo ritmo, sin acelerarse ni detenerse. Como algo que ha hecho esto antes y sabe que la paciencia funciona mejor que la fuerza. O como algo que no tiene otra cosa que hacer y el tiempo no le cuesta nada.
Isthar tenía la espalda contra la puerta y los ojos en el pasillo.
—Necesito saber dónde está Robogato —dijo por el canal interno.
Nadie respondió porque nadie lo sabía.
Activó los drones. Dos unidades pequeñas, exploración en espacios estrechos. Los metió por la rejilla de ventilación más cercana y los mandó hacia abajo siguiendo la ruta que Robogato había tomado.
El feed del primer dron llegaba en tiempo real — imagen temblorosa, los conductos en verde de infrarrojos, curvas, una rejilla lateral abierta.
El feed del segundo dron se cortó cuarenta segundos después.
Sin aviso. Sin imagen final. Solo señal, y luego nada.
Isthar miró la pantalla. Los golpes en la puerta del ascensor continuaban con el mismo ritmo, completamente indiferentes a lo que ella estaba mirando.
En el pasillo, la criatura cometió el error de salir.
No supe si fue impaciencia o estrategia. Lo que no calculó fue que Miguel llevaba exactamente ese tiempo esperando que se mostrara — con la armadura servo absorbiendo el peso, los motores respondiendo antes de que la orden llegara del todo, el Fogonazo del Pecio preparado para hacer lo que hacía: llenar el espacio disponible sin necesidad de apuntar demasiado.
Un disparo. La cuchilla inferior para lo que el disparo no alcanzó.
La criatura cayó en el cruce del pasillo.
Juanda bajó el arma.
—¿Cuántas más hay? —preguntó.
Nadie lo sabía. Eso tampoco era tranquilizador.
Robogato salió por una rejilla del nivel uno.
No con elegancia — la rejilla cedió hacia el pasillo y él cayó con ella, rodando hasta detenerse contra la pared opuesta. El diagnóstico interno registraba fracturas en el revestimiento del brazo izquierdo, sellado de emergencia en dos juntas del costado derecho, sensor óptico secundario con cristal partido. Funcionando, pero con márgenes reducidos.
Se quedó en el suelo un momento.
Sus ojos eran de un rojo apagado. No el rojo de la furia — el rojo del sistema que ha llegado a un punto que preferiría no haber encontrado y está calculando cuánto queda antes de que sea un problema real.
Luego se levantó.
Miguel lo vio aparecer desde el otro extremo del pasillo. Hubo un segundo de alivio, rápidamente cubierto por algo más parecido a la incomodidad de quien sabe que debería haber preguntado antes dónde estaba. No dijo nada. Robogato tampoco.
.La criatura que golpeaba desde abajo salió cuando abrieron el ascensor para que Robogato subiera.
No fue un plan. Fue una oportunidad que aprovechó.
Durante un instante pareció demasiado grande para el hueco del ascensor. El blindaje vivo rozó los laterales metálicos con un chirrido áspero, arrancando escamas de óxido y pintura mientras se abría paso hacia arriba. Las antenas vibraban en todas direcciones, tanteando el espacio antes incluso de que el resto del cuerpo terminara de emerger.
El blindaje captaba la luz de los pasillos y la devolvía como si le perteneciera.
Isthar disparó primero.
El impacto la hizo girar media vuelta, pero no detenerse.
Saúl cubrió el lateral, obligándola a desviarse justo cuando una de las extremidades golpeaba donde un segundo antes había estado Isthar.
La criatura siguió avanzando.
Demasiado rápido para algo de ese tamaño.
Robogato llegó al combate con el diagnóstico todavía procesando los daños anteriores y entró de todas formas.
Hubo un momento — lo vi en las cámaras — en que la coordinación falló. Un segundo donde el grupo no respondió como tenía que responder, donde el espacio entre una acción y la siguiente fue demasiado largo.
No era culpa de nadie en particular.
Era el tipo de fallo que ocurre cuando la gente está asustada y no lo admite.
La criatura encontró ese hueco.
Robogato también.
Se interpuso.
El impacto lo lanzó contra la pared del ascensor con suficiente fuerza para deformar parte del revestimiento metálico. Durante una fracción de segundo desapareció de la imagen entre chispas, fragmentos de blindaje y señales de error.
Luego volvió a levantarse.
Eso dio a Miguel el tiempo que necesitaba.
El Fogonazo rugió.
La criatura se sacudió.
Saúl remató desde el lateral.
Esta vez cayó.
Y ya no volvió a levantarse..
Todos se quedaron quietos durante unos segundos. Ese tipo de quietud que viene después de la adrenalina cuando el cuerpo todavía no sabe que ya puede parar. Saúl miró sus propias manos como si no estuviera del todo seguro de que fueran suyas, que es algo que le pasaba más de lo habitual desde que había recuperado el cuerpo.
Luego pasó algo que no esperaba.
Las señales restantes del mapeo — las que habían estado en los conductos, las que no habían subido a pelear — desaparecieron todas al mismo tiempo. Sin que nadie las persiguiera. Sin motivo aparente.
Hacia abajo. Hacia el nivel que no existía en ningún plano.
Como si algo las hubiera llamado. O como si algo las hubiera asustado.
Revisé los datos tres veces para asegurarme de que no era interferencia del sistema.
No lo era.
Sellaron todo. Los ascensores, los conductos accesibles, el hueco por donde había subido la criatura. Los PDs soldaron las juntas con una minuciosidad que sugería que tenían opinión sobre lo que había ahí abajo y la opinión era negativa.
Robogato se apoyó contra la pared.
El diagnóstico interno registraba catorce puntos de intervención pendiente.
El brazo izquierdo colgaba unos centímetros más bajo de lo normal. Cada vez que cambiaba el peso de una pierna a otra, uno de los servomotores emitía un chasquido seco antes de responder. El revestimiento del costado derecho mostraba varias grietas recientes, y el sensor óptico secundario había perdido parte del cristal protector, dejando visible el entramado interno de lentes y cableado.
Funcionaba.
Pero lo hacía con márgenes cada vez más estrechos.
Sus ojos brillaban en un naranja oscuro que no era exactamente emoción sino algo más parecido a cálculo sostenido.
Como si una parte de él estuviera ocupada estimando cuántos daños más podía absorber antes de que la respuesta dejara de ser suficiente.
Miguel se acercó.
—¿Qué encontraste ahí abajo?
Robogato tardó un momento.
—Un pasillo. Y una puerta que no pude abrir.
Miguel esperó más.
—¿Y?
—Y que lo que hay aquí lleva mucho tiempo siendo atacado por algo que no somos nosotros.
Nadie dijo nada durante un momento.
Juanda actualizó el mapa en silencio. La zona roja del nivel inferior seguía sin etiqueta. Ahora tenía compañía — otra marca, más abajo todavía, en la sección que no aparecía en ningún registro.
También roja.
Archi, que había estado esperando en el nivel principal con la paciencia de alguien que ha aprendido que las exploraciones tienden a volver con más preguntas que respuestas, asomó la cabeza por la puerta.
—¿Todo bien?
—Sí —dijo Miguel.
—Estupendo —dijo Archi—. Porque el replicador acaba de hacer algo que técnicamente no debería ser posible y Juanda dice que es culpa mía, lo cual es injusto porque yo solo sugerí las especificaciones.
Nadie respondió. Pero algo en el pasillo se alivió un poco.
Continuará...
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