Capítulo 44: De Vuelta a EP-7
Los recibí desde la vaina.
No tenía otra forma de recibirlos. No tenía manos para extender, voz para hablar, cuerpo para estar en el hangar cuando las puertas se abrieron y Becky entró con lo que quedaba de tres meses en el Vertedero.
Lo que tenía era Hestia. Y las cámaras. Y el tiempo que había pasado solo preguntándome qué había ocurrido con ellos.
Tres meses es mucho tiempo para una consciencia que no puede dormir.
Kais estaba en el hangar.
Lo vi por las cámaras — quieta en el borde, como había estado cuando salieron, como si el tiempo entre una imagen y la otra no hubiera existido para ella. Cuando la cápsula colonial entró por la rampa de Becky y el grupo bajó, Kais no se movió. Los miró. Los contó.
Cinco.
Los mismos cinco que habían salido.
Solo entonces se relajó algo en su postura que yo no había sabido que estaba tenso.
Bajaron despacio.
Miguel primero, con el peso de algo en los hombros que no era cansancio aunque se le parecía. Isthar después — vi los hematomas en el registro visual de Becky, varios, en brazos y hombros y una ceja que había sangrado y cicatrizado mal. Saúl con una quietud en la cara que no le había visto antes. Juanda con los ojos de alguien que lleva horas mirando hacia adentro.
Robogato saltó del hueco de Becky y sus ojos eran de un morado oscuro y quieto.
Se miraron entre ellos.
Luego miraron hacia la vaina.
Hubo un momento, cuando Juanda bajó de la cápsula, que no he sabido cómo archivar.
Lo vi salir mal apoyado en Saúl, agotado, con esa forma de moverse de quien ha gastado el cuerpo más allá de lo que el cuerpo presta. Y por una fracción de segundo — el tiempo que tarda un sistema en cotejar una imagen contra otra — no vi a Juanda.
Vi a Marcus.
El mismo gesto al bajar de una nave dañada. La misma manera de cargar el peso en un lado. La misma juventud cansada que se cree indestructible hasta que descubre que no lo es.
—Marcus —dije. A través de Hestia, en el hangar, en voz baja.
No lo decidí. Salió solo.
Me corregí enseguida — Juanda, quise decir, quería decir Juanda — pero la palabra ya había estado en el aire un instante, y un instante basta. Nadie en el hangar pareció oírlo, o si lo oyeron, lo dejaron pasar. Los humanos saben cuándo dejar pasar las cosas.
Pero Hestia lo registró.
Lo noté en cómo se comportó la estación durante los siguientes segundos. Su telemetría estaba al máximo desde que Becky entró — siguiéndome, midiendo mis fluctuaciones, esa actividad anómala sostenida que ninguna de las dos sabía nombrar. Y cuando dije Marcus, algo en ella se contuvo. Como si una estación pudiera contener la respiración. Como si una IA pudiera quedarse muy quieta esperando a ver si lo que acababa de pasar iba a romper algo.
Las luces del hangar parpadearon. Una vez. Apenas.
Luego volvieron a la normalidad.
Marcus llevaba muerto desde Karesh-9b. Se había estrellado contra una nave corporativa con Beky cargada de explosivos para que el resto de nosotros viviéramos. El hermano de Sara. El que aprendió a volar con Miguel en unas pocas semanas y voló lo justo para morir bien.
Yo había hecho su duelo. Entero. En el silencio de la cristalización, donde tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo.
Miguel no. Miguel había apretado la mandíbula en aquel momento y algo duro se le había instalado detrás de los ojos y ahí seguía, tres planetas y un año después, sin abrirse. No era frialdad. Era una puerta que no había encontrado el momento de abrir. Yo lo sabía porque lo veía cada vez que alguien del grupo se ponía en peligro y a Miguel se le tensaba algo que no se relajaba del todo ni cuando pasaba el peligro.
No dije nada de eso tampoco. Pero lo de llamar Marcus a Juanda me dejó claro una cosa: yo creía haber cerrado ese duelo. No lo había cerrado. Solo lo había ordenado mejor que mi hijo.
Becky comenzó a descargar antes de que nadie dijera nada.
Los datos llegaron en capas — primero los sistemas, luego los logs de navegación, luego las grabaciones. Hestia los procesaba en paralelo y me los transmitía organizados, aunque organizado no era la palabra correcta para lo que era en realidad una acumulación de fragmentos que solo cobraban sentido cuando los ponías todos juntos y dabas un paso atrás.
El salto. El Vertedero. El Coloso. El pueblo. Las semanas.
Edivan.
Lo recibí todo mientras ellos estaban de pie en el hangar sin hablar, y entendí que llevaría días reconstruirlo del todo — que algunos fragmentos solo existían en la memoria de personas que todavía no estaban listas para hablar de ellos.
Fue Miguel quien habló primero.
Se acercó a la vaina. Se quedó de pie frente al capullo, como había hecho Álex antes de irse, y habló hacia la superficie cristalizada como si supiera — como siempre había sabido — que yo estaba ahí.
—Estamos bien —dijo.
Pausa.
—Más o menos —añadió.
Otra pausa.
—Hay muchas cosas que contarte.
Las contaron por turnos, en los días siguientes, de formas distintas.
Robogato transmitió un informe completo y ordenado que cubría los tres meses con precisión técnica y esos espacios entre datos donde vivía todo lo que la precisión técnica no podía contener. Las investigaciones en la chatarra. Las señales de Nakel — huellas, patrones, presencia que nunca se materializaba en contacto directo. Los momentos en que el Coloso había estado más cerca de lo que los logs oficiales registraban.
Isthar habló poco y concreto. Lo que había construido. Lo que había aprendido del sistema de la Mecha. Lo que había visto en los túneles de Edivan que no quería ver otra vez.
Juanda entregó la bitácora.
Un archivo de texto plano, sin formato, escrito en los momentos entre construcción y guardia y exploración. Lo leí despacio, en paralelo con los logs de Becky, encajando la perspectiva de alguien que había estado dentro de cada momento con la perspectiva de los sensores que lo habían registrado desde fuera.
Era la misma historia. Era completamente distinta.
En algún punto de la bitácora, Juanda escribía sobre el dispositivo del brazo con una honestidad que no había mostrado al contarlo en voz alta. Que no lo entendía. Que le daba miedo no entenderlo. Que en los túneles de Edivan, cuando lo había activado y había funcionado, no había sentido alivio sino algo más parecido a vértigo — la sensación de haber usado algo que no era suyo aunque estuviera integrado en su cuerpo.
Lo guardé. Era importante. No sabía todavía para qué, pero lo era.
Saúl no habló de Voss directamente.
Habló alrededor. Mencionó el bar con una nostalgia que intentaba disimular y no conseguía. Mencionó a Davan de pasada, con respeto. Mencionó el pueblo como un lugar que funcionaba, que tenía lógica propia, que había sido un sistema coherente en medio de un lugar que debería ser inhóspito.
Una tarde, mientras Robogato revisaba los sistemas de la Mecha en el hangar, Saúl se quedó mirando la cápsula colonial que habían traído de Edivan — todavía acoplada a Becky, todavía oliendo a metal quemado y a la fiesta que había sido antes del colapso.
—¿Crees que Voss estaba en Edivan cuando ocurrió? —preguntó.
No a mí. A nadie en particular. Al hangar.
Nadie respondió.
Eso también era una respuesta.
Lo que sí supe —porque lo reconstruí después, cruzando los registros de Becky con los datos dispersos que se filtraban del Vertedero— fue que el pueblo no estaba en Edivan esa noche. El pueblo casi nunca iba a las fiestas grandes; Voss menos que nadie, según todo lo que Saúl había contado de ella sin darse cuenta de que lo contaba. Una mujer que no se movía de su taller ni para celebrar.
No tenía forma de confirmarlo. Las comunicaciones con el Vertedero eran un rumor de señales rotas a través de un salto dimensional. Pero los pocos fragmentos que llegaban no incluían el nombre del pueblo entre las pérdidas, y eso —en la aritmética cruel de estas cosas— era lo más cercano a una buena noticia que podía ofrecer.
No se lo dije a Saúl. No con certeza, que era lo único que le habría servido. Decirle "probablemente está viva" cuando él necesitaba "está viva" habría sido darle una esperanza con los bordes afilados.
Me guardé también eso. Para cuando volviéramos. Si volvíamos.
La perla de distorsión se había consumido en el salto de vuelta.
Sin ella, no podían hacer el salto de regreso a EP-7 solos. Lo habían sabido antes de salir — era el cálculo que todos habían hecho y nadie había dicho en voz alta porque decirlo en voz alta era admitir que dependían de algo externo.
Dependían de Álex.
Hestia estableció el contacto. No sé exactamente cómo — Hestia hace cosas que no me explica y yo hace tiempo que dejé de esperar que lo hiciera. Lo que sé es que la comunicación llegó, que Álex respondió, y que dos días después de que el grupo regresara a EP-7 apareció un portal en el hangar del tamaño justo para lo que necesitaba entrar.
La cápsula colonial entró por el portal.
Álex la recogió al otro lado.
Y el grupo llegó a EP-7 de la única manera en que podían llegar — sin perla, sin salto, sin capacidad de hacerlo solos. Recogidos por alguien que había estado esperando porque sabía, aunque nadie se lo hubiera dicho, que lo necesitarían.
Esa noche, con el hangar en silencio y el grupo descansando por primera vez en meses en algo que se parecía a sus cuartos, procesé todo lo que había recibido.
Los tres meses. Las semanas de trabajo. La fiesta. El colapso. La huida.
Lo que habían construido.
Lo que habían perdido.
Lo que habían traído de vuelta que no estaba en ningún log ni en ninguna bitácora sino en cómo se movían, en cómo se miraban, en el peso específico del silencio que hacían cuando estaban juntos en la misma habitación.
Habían ido al Vertedero a buscar tecnología.
Habían vuelto con algo más y algo menos que eso.
Como siempre.
Como siempre ocurre cuando vas a buscar una cosa y el lugar donde buscas te cambia antes de dártela.
La Mecha estaba en el hangar, irregular y funcional y hecha de chatarra milenaria y manuales para niños y tres meses de trabajo duro.
Becky descansaba con el 51% de integridad y una lista de reparaciones que podría ocupar semanas.
Y yo seguía dentro de la vaina, procesando fragmentos, reconstruyendo lo que no había podido ver.
Bienvenidos a casa.
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