Capítulo 40: El Coloso

Lo que Becky transmitió primero fue la lectura de sensores.

Eso fue lo que llegó a EP-7 cuando recibí sus logs del primer día — no imágenes, no audio, sino datos. Temperatura ambiente. Composición del suelo. Interferencia electromagnética. Los números que las máquinas capturan cuando el cerebro humano todavía está procesando que acaba de sobrevivir un salto dimensional.

Luego llegaron las grabaciones.


El primer día, según Becky, comenzó con desorientación.

El salto los había dejado mal. Lo supe por los biométricos del grupo — ritmo cardíaco elevado, temperatura corporal desregulada, lectura de cortisol disparada en los que llevaban PDs en la muñeca. Salieron de Becky y el aire los golpeó antes de que pudieran procesar dónde estaban.

Lo vi por las cámaras de Becky: Miguel doblado sobre sí mismo. Isthar de rodillas. Saúl con una mano apoyada en el chasis, respirando despacio. Juanda con los ojos cerrados, quieto, procesando.

Robogato fue el primero en levantar la cabeza.

Sus ojos eran amarillos.

Lo que vio no cabía en datos.


El Vertedero.

No hay forma de prepararse para algo así. Lo sé porque cuando Becky me transmitió las primeras grabaciones me quedé procesándolas durante cuarenta y tres segundos sin hacer nada más. Solo mirando.

Montañas de chatarra que alcanzaban el cielo gris. Estructuras que debieron ser naves hace milenios, oxidadas hasta convertirse en arquitectura accidental. Grietas donde crecía algo parecido a vegetación pero sin color. Caminos de metal que llevaban a ninguna parte. El olor — los biométricos lo registraban como compuesto orgánico+metálico, herrumbre acumulada durante siglos, algo que había sido tecnología y ahora era geología.

Era desolador.

Era imposible.

Era lo más grande que habían visto en sus vidas y lo sabían porque ninguno hablaba.


Fue Robogato quien lo vio primero.

Sus cámaras captaron el movimiento antes de que ningún sensor lo registrara. Algo a tres kilómetros. Algo que se movía con una lentitud que solo tenía sentido si era muy, muy grande.

Objeto en movimiento. Dimensiones: 78-82 metros de altura. Masa estimada: 4.000-6.000 toneladas. Velocidad: 2,3 km/h. Dirección: hacia nosotros.

Becky transmitió la alerta.

Miguel la leyó.

—Dentro —dijo.

No hubo discusión.


La grabación del Coloso que Becky capturó mientras huían es fragmentada. Interferencia electromagnética, vibración del suelo, la velocidad a la que Becky se movía sin su rueda NT7 — coja, asimétrica, absorbiendo cada golpe con el 73% de integridad que le quedaba del salto.

Pero se veía suficiente.

Era antiguo. Eso era lo que más impactaba — no su tamaño, sino su antigüedad. Tenía tecnología incrustada en el cuerpo como si la hubiera absorbido durante siglos. Paneles oxidados que eran al mismo tiempo carne y metal. Cables que colgaban como tendones. Y se movía con la indiferencia total de algo que no sabía que existían.

Comía chatarra. Toneladas de chatarra por hora, según las estimaciones de Becky.

Ellos eran chatarra.

Huyeron.


Encontraron el pueblo dos horas después.

No tenía nombre en los mapas de Becky porque no estaba en ningún mapa. Era una acumulación de módulos habitables entre dos montañas de metal, con generadores propios y calles que eran pasillos entre estructuras. Gente que había decidido quedarse en el Vertedero por razones que ninguno preguntó todavía.

La mecánica los encontró antes de que ellos la buscaran.

Salió de su taller cuando escuchó a Becky llegar. Miró la rueda que faltaba. Miró el grupo. Luego miró otra vez a Becky con la expresión de alguien que lleva años viendo este tipo de situaciones.

—¿Cuánto tiempo necesitan? —preguntó.

Miguel calculó.

—Meses —dijo.

Ella asintió como si eso fuera completamente razonable.

—Tengo espacio —dijo.


Lo que llegó después, en los reportes fragmentados de esa primera semana, era la mecánica de sobrevivir.

Saúl encontró el bar la segunda tarde. Entró a pedir algo de beber y salió con trabajo. Así era Saúl — no buscaba oportunidades, las generaba sin darse cuenta.

Miguel encontró al herrero rúnico por accidente, siguiendo un símbolo grabado en una pared que no debería haber reconocido pero reconoció.

Isthar y Juanda comenzaron a desembalar los manuales de construcción que habían traído. Los manuales de Mecha para fortunis — instrucciones diseñadas para criaturas con pulgares de tres articulaciones y una capacidad de atención de quince minutos — eran lo único que tenían.

—¿Esto es para niños? —preguntó Juanda.

—Para niños muy listos —dijo Isthar.

Juanda los miró un momento más.

—Podemos hacerlo —dijo.


La primera incursión a la cápsula fue al quinto día.

Robogato la había localizado en sus exploraciones — una nave de salvamento colonial enterrada a dos kilómetros, mitad hundida en la chatarra, con los sistemas de emergencia aún parcialmente activos. Herramientas. Piezas. Material.

Fueron con cuidado. Volvieron con más de lo que esperaban.

El Coloso no apareció ese día.

Eso fue suficiente para considerar el día un éxito.


Lo que no transmitió Becky, porque no tenía cámaras en ese ángulo, era lo que Robogato me describió después, cuando volvieron:

Juanda parado frente a la entrada del pueblo esa primera noche. Mirando hacia afuera, hacia el Vertedero y su oscuridad que no era completa. Sin moverse durante horas.

—¿Qué buscaba? —le pregunté.

Robogato tardó en responder.

—No lo sé —dijo—. Pero llevaba mucho tiempo buscándolo.


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