Capítulo 42: Los Tres Meses II — Casi Normal
El tercer mes llegó sin que nadie lo anunciara.
Así es como llegan las cosas buenas en el Vertedero — sin aviso, sin ceremonia, sin que nadie haya decidido que iban a llegar. Un día Saúl dormía en el módulo del grupo y al siguiente dormía en el taller de Voss y nadie preguntó cuándo había ocurrido el cambio porque todos lo habían visto venir desde la primera semana.
Lo supe por un detalle en los logs de Becky.
Durante semanas, los biométricos de Saúl habían aparecido en el mismo cluster de datos que el resto del grupo — temperatura, ritmo cardíaco, posición aproximada, todos juntos en el mismo radio. Una mañana del tercer mes, los datos de Saúl aparecían a cuarenta metros del módulo principal. Al día siguiente, a cincuenta. A la semana, su posición nocturna era consistentemente otra.
No había nada más en los logs.
No hacía falta.
Voss no era fácil.
Lo deduje de los fragmentos — de cómo Saúl la describía sin describirla, de lo que Isthar mencionó una vez de pasada con la indiferencia estudiada que usa cuando algo le parece importante pero no es su historia. Voss llevaba años en el Vertedero. Había llegado por razones que no compartía y se había quedado por razones que tampoco compartía. Tenía el taller más ordenado del pueblo y las manos más dañadas que Saúl había visto en su vida.
—¿Qué le pasó en las manos? —le pregunté.
Saúl tardó.
—Trabajo —dijo—. Mucho trabajo durante mucho tiempo.
Pausa.
—Es lo más honesto que he conocido —añadió. Y no dijo más.
Miguel terminó las sesiones con Davan a finales del segundo mes.
No porque Davan dejara de enseñar — sino porque Miguel había llegado al límite de lo que Davan podía darle sin cruzar líneas que el herrero no cruzaría. Lo que había aprendido no eran runas. Era algo más fundamental — la gramática que hace posibles las runas. La lógica subyacente de cómo la distorsión se mueve, dónde se acumula, por qué ciertos materiales la conducen y otros la bloquean.
Para Miguel, que pilotaba por intuición, fue como descubrir que llevaba años haciendo matemáticas sin saber que eran matemáticas.
El último día, Davan le dio algo.
No me dijo qué. Solo que lo llevaba guardado y que lo entendería cuando lo necesitara.
Eso era muy Davan.
La Mecha tomó forma en la tercera semana del tercer mes.
No era lo que los manuales de fortunis prometían — los manuales prometían algo compacto, ágil, diseñado para criaturas de ochenta kilos con reflejos de insecto. Lo que Isthar, Juanda y Robogato habían construido era una interpretación libre de esos principios aplicada a materiales del Vertedero, componentes de la cápsula colonial y las especificaciones de Becky como estructura base.
Era más grande de lo planeado.
Era más irregular de lo planeado.
Funcionaba mejor de lo que nadie esperaba.
El primer test lo hizo Isthar. Lo vi por las grabaciones de Becky — Isthar dentro del sistema, aprendiendo los controles con esa metodología suya de quien evalúa y ajusta y evalúa otra vez sin perder la calma. Juanda tomando notas. Robogato monitorizando sistemas.
—¿Qué dijo cuando terminó el test? —le pregunté a Juanda después.
—Dijo que necesitaba ajustes en el sistema de respuesta lateral —dijo Juanda.
Pausa.
—Luego sonrió —añadió—. Solo un momento. Pero lo vi.
Fue Saúl quien se enteró primero de la fiesta.
Lo escuchó en el bar — conversaciones entre gente de paso, mencionando Edivan como quien menciona algo que todo el mundo debería saber. Una reunión. Un mercado. Una fiesta que ocurría cada cierto tiempo cuando las poblaciones dispersas del Vertedero decidían que era momento de recordar que no estaban solos.
Llegó al módulo esa noche con la información y algo en la postura que no era exactamente alegría pero se le parecía.
—Hay una fiesta —dijo.
—¿Dónde? —preguntó Miguel.
—Edivan. Una nave colonial enterrada. Dicen que caben miles de personas.
Juanda levantó la vista de los planos.
—¿Cuándo?
—Tres semanas.
Silencio. El tipo de silencio que procesa.
—Podemos tener la Mecha lista para entonces —dijo Isthar.
No era una pregunta.
Las tres semanas siguientes fueron las más densas del tiempo que pasaron en el Vertedero.
La construcción entró en fase final. Los ajustes que Isthar había identificado en el primer test se corrigieron uno por uno. Robogato hizo dos incursiones más a la cápsula — la segunda vez sin el grupo, solo, cargando piezas específicas que solo él sabía dónde encontrar. El Coloso apareció en el horizonte una tarde y desapareció sin acercarse, como si tuviera cosas más importantes que hacer.
Saúl pasaba las noches con Voss y los días en el bar y las tardes ayudando donde hacía falta. Davan visitó el módulo una vez, miró la Mecha en construcción durante varios minutos, no dijo nada y se fue. Eso también era muy Davan.
Miguel estudiaba por las noches lo que había aprendido. Escribía. Calculaba. Algo estaba tomando forma en su cabeza que todavía no tenía nombre.
La última noche antes de la fiesta, Voss y Saúl estuvieron despiertos hasta tarde.
No lo sé por los logs — los logs de Becky no llegaban al taller de Voss. Lo sé porque Saúl me lo contó, en uno de esos momentos del regreso en que hablaba mirando a otro lado, como si dirigirse a la vaina fuera más fácil que dirigirse a alguien con ojos.
—Sabía que nos íbamos —dijo—. No lo dije. Ella tampoco lo dijo. Pero los dos lo sabíamos.
Pausa larga.
—Me preguntó si volvería.
—¿Qué le dijiste?
Saúl tardó tanto que pensé que no iba a responder.
—Le dije que no lo sabía —dijo—. Que era lo más honesto que podía decirle.
Otra pausa.
—Creo que por eso le gusté —añadió, casi para sí mismo.
Al día siguiente bajaron a Edivan.
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