Capítulo 43: Edivan — La Fiesta y el Colapso

Edivan era una nave colonial enterrada hace tanto tiempo que el Vertedero había crecido sobre ella como piel sobre hueso.

Lo que quedaba visible era la sección central — tres niveles de estructura que alguien, en algún momento, había decidido convertir en espacio habitable. Iluminación instalada con cables que recorrían las paredes como venas. Suelo de metal pulido por décadas de pisadas. Aire que olía a comida y a gente y a algo eléctrico que Becky no supo identificar pero que Robogato describió como distorsión ambiental de baja intensidad.

Había miles de personas.

Eso fue lo primero que Robogato registró cuando entraron: densidad poblacional anómala para el Vertedero. Gente de múltiples poblaciones, múltiples especies, múltiples historias que convergían en el mismo espacio por razones que tenían más que ver con la necesidad de recordar que no estabas solo que con cualquier transacción comercial.

Era una fiesta.

Era la cosa más parecida a una ciudad que habían visto en meses.


El grupo se dispersó.

No fue una decisión — fue gravedad. Cada uno siguió lo que tiraba de él.

Saúl desapareció entre la gente con la facilidad de quien ha pasado meses aprendiendo exactamente cómo moverse en espacios como este. Isthar exploró los niveles con esa metodología suya de evaluación constante, catalogando salidas, identificando estructuras, sin poder apagar el instinto aunque no hubiera razón para tenerlo encendido. Miguel encontró un rincón con tres personas discutiendo teoría de portales y se quedó ahí durante dos horas sin que nadie se lo pidiera.

Juanda, según Robogato, se quedó parado en la entrada durante varios minutos.

Mirando.

Procesando.

Luego entró.


Lo que los logs de Becky capturaron de esas primeras horas era fragmentario y cálido.

Biométricos del grupo en rangos normales. Temperatura corporal estable. Ritmo cardíaco en reposo o cerca. Los números que producen los cuerpos cuando no tienen miedo. Cuando comen. Cuando ríen, aunque los sensores no distingan la risa de otras cosas.

Fue la noche más tranquila que habían tenido en meses.

Eso es lo que me cuesta más de lo que vino después.


La alerta llegó a las dos horas y diecisiete minutos de haber entrado.

No fue gradual. Fue inmediata — el tipo de cambio que convierte una habitación en otra cosa en el tiempo que tarda un sonido en viajar de un extremo al otro.

Explosion. Arriba. Estructura vibrando.

Becky transmitió desde el exterior:

Nave no identificada en órbita baja. Armamento activo. Origen: TecnoSteel. Comandante: Thanos. Objetivo aparente: desconocido.

Robogato me lo explicó después, cuando pudo:

—Thanos no sabía que había gente ahí. Creía que le estaban atacando desde abajo. Alguien había disparado algo — no sé qué, no sé quién — y él respondió como responden los militares cuando creen estar siendo atacados.

Pausa.

—No era personal —dijo—. Eso es lo más difícil de entender. No era personal.


El caos en Edivan fue inmediato y total.

Miles de personas moviéndose en todas direcciones. Estructuras vibrando con cada impacto desde arriba. Iluminación fallando por sectores. El aire que antes olía a comida ahora olía a metal quemado y a algo más que los sensores de Becky clasificaban como daño estructural severo e inminente.

Isthar encontró a Miguel. Robogato encontró a Saúl. Juanda—

Juanda ya estaba calculando.

Lo vi en el reporte posterior: mientras el resto procesaba el caos, Juanda procesaba la geometría. Salidas bloqueadas. Estructura comprometida en niveles superiores. Una sola opción viable que nadie más había visto todavía.

—Los túneles de ventilación —dijo.

Nadie preguntó cómo lo sabía. No había tiempo.


Los túneles eran estrechos, oscuros y recorrían la nave colonial de extremo a extremo como el sistema nervioso de algo que llevaba siglos muerto.

Juanda iba primero porque Juanda sabía a dónde iban.

Lo que encontró al final de los túneles era lo que había calculado desde el mapa mental que llevaba construyendo desde que entraron a Edivan — una cápsula de salvamento colonial, antigua, integrada en la estructura de la nave como medida de emergencia que nadie había necesitado usar en cientos de años.

Hasta ahora.




Fue en los túneles donde ocurrió lo de Juanda.

Me lo contó él mismo, en el regreso, con la precisión fragmentada de alguien que recuerda algo que no termina de creer que le ocurrió.

Llevaba el dispositivo en el brazo desde hacía meses — una pieza de tecnología TecnoSteel antigua que parecía una linterna oscura y que contenía una IA que no hablaba, no respondía con coherencia y hacía lo que le daba la gana cuando le daba la gana. Juanda le había hecho preguntas durante semanas. Había recibido respuestas que no correspondían a ninguna pregunta, silencios que duraban días y, una vez, una respuesta tan precisa a algo que no había preguntado que se había quedado mirando la pantalla durante veinte minutos sin saber qué hacer con ella.

En los túneles, desesperado, lo activó.

—No esperaba que funcionara —me dijo—. Solo... no sabía qué más hacer.

Funcionó.

No como él esperaba. No como nadie esperaría. La IA inyectó algo — un acelerador, una anfetamina de precisión quirúrgica que recorrió su sistema en segundos y convirtió el tiempo en algo diferente. No más lento. Él más rápido. Mucho más rápido.

Lo que Robogato capturó en sus cámaras era difícil de procesar: Juanda moviéndose por los túneles con una fluidez que no correspondía a ningún entrenamiento conocido. Cada giro anticipado. Cada obstáculo esquivado antes de aparecer. Como si el túnel fuera un espacio que ya conocía de memoria aunque era la primera vez que lo atravesaba.

Llegó a la cápsula antes que nadie.

Isthar llegó la última.

Los golpes contra las paredes los registraron los sensores de Robogato como impactos repetidos de cuerpo contra metal. No fue gracioso en el momento. No fue gracioso después. Pero cuando Isthar apareció en la entrada de la cápsula con el casco torcido y una expresión que mezclaba furia con alivio, Saúl dijo algo que no capturó ningún sensor y que Miguel me repitió después riéndose, y que Isthar negó que hubiera ocurrido aunque nadie le creyó.

Eso también es un fragmento que guardé.


Los últimos misiles de la cápsula eran cuatro.

No había tiempo para calcular. Miguel los disparó hacia arriba — no como ataque, sino como señal, como distracción, como lo único que quedaba.

Thanos, que llevaba minutos convencido de estar siendo atacado desde abajo, recibió cuatro misiles directos a su posición y respondió con todo lo que tenía.

Edivan colapsó.

La cápsula salió por el único vector que quedaba abierto, entre dos columnas de estructura que se cerraban a velocidad imposible, con los sistemas al límite y Becky esperando en el exterior como había estado esperando desde el principio — quieta, lista, siendo lo que siempre había sido.

El ruido del colapso lo registraron los sensores de Becky como una onda de presión que duró cuatro segundos.

Luego silencio.

Luego: todos dentro. Todos vivos.

Nadie dijo nada durante mucho tiempo.


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