Capítulo 45: Lo que Trajeron de Vuelta

Tardé once días en terminar de reconstruirlo.

No fue por falta de datos. Fue por exceso. La bitácora de Juanda, los logs de Becky, los registros de Robogato, los biométricos del grupo durante la huida — todo junto formaba una masa de información que solo cobraba sentido cuando la cruzabas pieza contra pieza y aceptabas que algunas piezas no iban a encajar nunca.

La bitácora de Juanda era lo más difícil de leer.

No por lo que contaba. Por cómo lo contaba. La había escrito después, ya a salvo en EP-7, pero la había escrito en presente —"estoy dejando de ver", "se me cierran los ojos", "que todo estalle mientras yo duermo"— como si revivirlo fuera la única forma de contarlo con verdad. Un hombre describiendo, desde la seguridad de una cama, el momento exacto en que creyó que se moría.

Y creyó que se moría. Eso era lo importante. No fingía el terror para el efecto: lo había sentido entero, las piernas que dejan de responder, la cara contra el suelo, la corriente apagándose.

Pero los logs de Becky contaban la otra capa.

Decían que el cuerpo de Juanda no se apagó para morir. Se apagó para sobrevivir — el sistema sobrecargado por el acelerador cortando la corriente antes de quemarse entero. Lo que Juanda vivió como el final fue, en lenguaje de máquina, un mecanismo de protección. Respiraba cuando lo metieron en la cápsula. Nunca dejó de respirar.

Dos verdades sobre el mismo instante. La que sintió Juanda y la que registró Becky. Ninguna de las dos mentía.

Aprendí a sostener las dos a la vez. Era la única forma de leerlo bien.



Lo otro que reconstruí fue el coste.

No hace falta entrar en detalle. Los misiles. El bombardeo. El colapso de Edivan con miles de personas dentro. Lo que Thanos creyó que era un ataque y lo que en realidad era una huida desesperada, y cómo la diferencia entre las dos cosas no le importó a nadie que estuviera bajo la estructura cuando cayó.

Crucé los datos tres veces para estar seguro.

Hubo muertos. Bastantes.

Y luego crucé otra cosa: los registros posteriores, los que Becky había capturado en el viaje de vuelta y los fragmentos de transmisiones que se filtraban desde el Vertedero. TecnoSteel había enterrado el suceso. Ni informe, ni investigación, ni búsqueda de responsables. Como si Edivan no hubiera existido. Para una corporación, un mercado negro que colapsa es un problema que se resuelve no hablando de él.

El pueblo donde habían vivido esos meses quedó casi intacto. Alguna ausencia, quizás. Nada grave. Nadie ató cabos. Nadie miró a Juanda y pensó nada.

Solo dos personas sabían lo que había costado salir de allí.

Tres, contando conmigo.

Y yo no pensaba decir nada.


No bromearía con ello. No lo mencionaría. No dejaría que ninguno de ellos supiera que yo lo sabía, porque saber que yo sabía les obligaría a cargar también con mi conocimiento, y ya cargaban suficiente.

Hay silencios que se eligen.

Este era uno de ellos.


Isthar se movía por EP-7 como si le faltara algo que no era una parte del cuerpo.

Los medikits habían hecho su trabajo. Eso era lo desconcertante. Físicamente estaba entera — la piel, la carne, los huesos, todo reconstruido con esa precisión clínica que convierte el daño catastrófico en un mal recuerdo. Si la mirabas, estaba bien.

Pero yo no la miraba. La observaba.

Y lo que observaba era otra cosa.

La armadura, para empezar. No la había reparado. Los medikits le habían arreglado el cuerpo pero la armadura seguía con las marcas de Edivan — los golpes contra las paredes de los túneles, las abolladuras, una grieta en el hombro izquierdo que no se había molestado en soldar. La llevaba puesta como si las marcas fueran información que no quería borrar.

Se movía despacio. No por dolor — el dolor estaba curado. Por algo más parecido a la cautela de quien ha aprendido que el cuerpo puede traicionarte y todavía no se fía de que esta vez no lo haga.

Hablaba poco. Eso no era nuevo. Pero el tipo de poco había cambiado.

No le pregunté nada. No tenía cómo, y aunque lo hubiera tenido, no era el momento. Algunas cosas se reparan con tiempo, no con preguntas.


Juanda estaba ciego.

Una semana, había dicho Becky tras analizarlo. El acelerador le había quemado algo en el sistema visual — temporal, reversible, pero total mientras durara. No veía nada. Se movía por EP-7 con una mano en la pared y la otra extendida, aprendiendo una geografía que conocía de memoria pero que de pronto era territorio nuevo.

Necesitaba ayuda para casi todo. Lo aceptaba con una mezcla de frustración y humor que era muy suya.

—No es tan malo —dijo una vez, chocando con el marco de una puerta—. La pared y yo estamos desarrollando una relación íntima.

Kais lo seguía a todas partes.

No de forma evidente. Kais no hacía las cosas de forma evidente. Pero estaba siempre a un metro y medio, lista para sujetarlo cuando trastabillaba, moviendo objetos de su camino antes de que los golpeara, jugueteando con él de esa manera suya que era mitad cuidado y mitad travesura.

—Hay un escalón —decía.

—No hay ningún escalón.

—Lo habrá si sigues por ahí.

Juanda se reía. Era de las pocas cosas que todavía le salían enteras.

Pero el agotamiento estaba en cómo se movía. Cada gesto le costaba el doble. El acelerador le había exprimido el cuerpo hasta un punto del que tardaría en volver, y lo sabía, y por eso no se metía en nada. Se dejaba cuidar. Para alguien como Juanda, que se pasaba la vida calculando rutas de escape, dejarse cuidar era su propia forma de convalecencia.


El resto del grupo orbitaba alrededor de los heridos sin decirlo.

Miguel revisaba la Mecha en el hangar más de lo necesario — esa forma de procesar las cosas con las manos cuando la cabeza no encuentra dónde ponerlas. La Mecha era un armatoste improbable: dos piernas que sostenían lo que había sido la cabina de una nave, dos bracitos cortos que parecían una broma hasta que la veías moverse. Fea como ella sola. Pero suya. Construida con sus manos durante tres meses, y eso la hacía hermosa de una forma que no tenía nada que ver con el diseño.

Saúl cocinaba. Había aprendido en el bar de Voss y ahora lo hacía aquí, llenando el comedor de olores que no pertenecían a una estación médica abandonada, como si alimentar al grupo fuera lo único concreto que podía hacer.

Una de esas tardes, Miguel dijo algo que no esperaba.

No fue una ceremonia. Estaba debajo de la Mecha, ajustando algo en la articulación de una pierna — esa cosa terrestre y pesada, dos patas y poco más, hecha para caminar entre chatarra y aguantar golpes, no para elegancias. Hablaba con Robogato como quien comenta el tiempo.

—Si esto volara —dijo, dando una palmada a la placa de la pierna—, le haría el giro vertical. El de verdad. El que entra por arriba y sale por debajo sin perder el morro.

Robogato no respondió enseguida. Sus ojos pasaron del naranja a algo más oscuro.

—No vuela —dijo, con cuidado.

—Ya lo sé. —Miguel siguió ajustando la articulación sin levantar la vista—. Pero si volara, funcionaría. Marcus tenía razón. Siempre tuvo razón con esa maniobra.

Y ahí estaba. La primera vez en un año que mi hijo decía el nombre de Marcus sin que se lo arrancaran.

Lo dijo desde debajo de una pierna mecánica, sin mirar a nadie, con la voz lo más plana que pudo conseguir — la misma voz plana de Karesh-9b, la que se le instaló el día que su amigo se estrelló contra una nave corporativa para que el resto viviéramos. "Dile a tu padre que tenía razón sobre la maniobra del giro vertical", había dicho Marcus por el comunicador, justo antes. "Totalmente funciona."

Miguel se había acordado. Un año entero callado, y se había acordado de la frase exacta.

Robogato lo entendió. Por eso no insistió en que el armatoste no volaría jamás.

—Si volara —concedió—, funcionaría.

Miguel asintió bajo la máquina. Siguió trabajando.

No era abrir la puerta. Pero era poner una mano en el pomo. Después de un año, era más de lo que había hecho hasta entonces, y yo no era quién para pedirle que la abriera más rápido. El duelo de cada uno va a su ritmo. El mío había tenido tres meses de cristalización y todo el silencio del mundo para ordenarlo. El suyo había tenido que seguir volando, sin pausa, cargando a todos los demás.

Nadie hablaba de Edivan.

Nadie hablaba de Voss, tampoco. Saúl menos que nadie. Pero a veces se quedaba quieto a media tarea, mirando un punto cualquiera, y yo sabía — porque las cámaras captan estas cosas aunque no entiendan lo que significan — que estaba a tres meses y un salto dimensional de distancia, en un taller que olía a metal y a alguien que le había preguntado si volvería.

No volvería pronto. Eso lo sabíamos todos sin decirlo.


A Robogato no parecía haberle afectado.

Eso fue lo que registré, al menos. Sus ojos mantenían los colores de siempre, su comportamiento no mostraba alteraciones, sus reportes seguían siendo precisos y ordenados y ocasionalmente poéticos sin pretenderlo. Si cargaba con algo del peso de Edivan, no lo dejaba ver.

Pero yo lo conocía.

Lo conocía desde antes de que fuera Robogato, desde cuando era otra cosa con otro nombre, y sabía que las cosas que no le afectaban en la superficie a veces se quedaban más abajo, donde ni sus ojos ni sus sistemas las registraban. Donde se acumulaban en silencio.

Muescas en el alma. Si es que un droide tiene alma — y yo había dejado de dudarlo hacía mucho.

Luis había conectado la terminal. Luis había activado los explosivos junto a Juanda. Luis sabía exactamente lo que iba a costar, igual que Juanda lo sabía, y lo había hecho de todas formas porque la alternativa era ver morir a la familia.

No dije nada de eso tampoco.

Pero lo anoté, en alguna parte de mí donde guardo las cosas que importan. Una muesca más. Para tenerla presente cuando llegara el momento — si llegaba — de que pesara.


Once días después de que volvieran, EP-7 había encontrado un ritmo.

No era paz. Era algo más frágil que la paz — la rutina que se construye encima de algo roto para no tener que mirarlo todo el tiempo. Juanda aprendiendo a moverse a ciegas. Isthar reparándose por dentro a su propio ritmo. Saúl cocinando. Miguel con las manos en la Mecha. Kais cuidando. Robogato siendo el punto fijo alrededor del cual giraba todo.

Y yo, en la vaina, reconstruyendo, observando, callando.

Habíamos vuelto del Vertedero con una Mecha, una cápsula colonial, conocimiento rúnico, tres meses de vida vivida y una cantidad de muertos que solo tres de nosotros conocíamos.

La pregunta de Juanda en su bitácora seguía ahí, sin responder: ¿todo ese sufrimiento ajeno merece la pena para seguir con vida?

No tenía respuesta. No creo que la haya.

Pero estábamos vivos. Todos. Los cinco que habían salido y el que se había quedado esperando.

Por ahora, eso tendría que bastar.


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