Capítulo 46: Aventuras en EP-7 II
Recuperaron el ritmo de a poco, como se recupera todo.
Pasó una semana. Luego otra. La tecnología médica de EP-7 era vieja pero terca, y terca era exactamente lo que hacía falta: a Juanda le devolvió la vista al octavo día, tal como Becky había predicho, y a partir de ahí el cuerpo le fue volviendo en oleadas. Primero pudo cruzar un pasillo sin la mano en la pared. Luego pudo cargar una caja. Luego pudo quejarse de cargar la caja, que era la señal definitiva de que estaba mejor.
Isthar tardó algo más en parecer Isthar. Pero los gestos volvieron. La forma de entrar en una sala mirando primero las salidas. El silencio que ocupaba en vez de llenar.
EP-7 se fue llenando otra vez de ruido.
Y donde hay ruido, en este grupo, tarde o temprano hay una idea estúpida esperando turno.
La idea estúpida, esta vez, fue el béisbol.
No sé de quién partió. Las cámaras no registran la génesis de las malas ideas, solo sus consecuencias. Lo que registré fue a Miguel, Saúl y Juanda en el comedor una tarde, alrededor de tres tazas de café de Ladino, hablando con esa intensidad reservada para los planes que no deberían existir.
El café de Ladino era un problema en sí mismo. Lo habían traído del Vertedero — un alijo que Saúl había conseguido en el bar, grano oscuro de origen incierto que al tostarse soltaba algo más que cafeína. No emborrachaba. Hacía otra cosa. Soltaba las costuras. Dos tazas y el mundo se volvía levemente más divertido de lo que era, las ideas perdían los frenos y la frontera entre "no deberíamos" y "hagámoslo" se borraba con una suavidad casi cariñosa.
Tres tazas, y construías un campo de béisbol en el casco exterior de una estación espacial.
—Necesitamos espacio —dijo Miguel.
—Tenemos todo el espacio —dijo Saúl—. Literalmente. Todo. El espacio.
Eso les pareció graciosísimo. Lo era, para ellos, en ese momento.
El problema del béisbol en el espacio es que requiere o gravedad o trajes.
El sector exterior del anillo de mantenimiento de EP-7 tenía generadores de gravedad parcial todavía operativos — los PDs los habían reactivado durante las reparaciones. Suficiente para que una pelota cayera. No suficiente para que cayera rápido. Eso, según el grupo, era una característica y no un defecto.
El problema de los trajes lo resolvieron de la única manera posible: jugando los que podían sobrevivir afuera. Los PDs, que no respiran. Y Kais.
Kais no necesitaba traje. Era la única de la familia que podía pararse en el casco exterior de una estación espacial con el vacío a un lado y la gravedad parcial al otro, y limitarse a estar allí, cómoda, como quien espera el autobús.
Le dieron el bate.
Eso fue el error.
Lo vi todo por las cámaras del casco.
El primer lanzamiento lo hizo un PD. Una pelota improvisada — cableado viejo comprimido y forrado, lo más parecido a una bola que habían podido fabricar. Voló despacio en la gravedad parcial, una curva perezosa y casi tierna.
Kais bateó.
La física de lo que pasó después la registré con precisión porque mis sensores no saben hacer otra cosa: la pelota salió del bate a Mach 2. Mil quinientos kilómetros por hora. Una raya en los sensores, un destello, y luego nada — la bola perdiéndose en el vacío en dirección a alguna estrella que tardaría milenios en alcanzar, si es que la gravedad de algo no la atrapaba antes.
Hubo un silencio en el canal de comunicaciones.
—Vale —dijo Juanda al fin, con la voz muy pequeña—. Vale. Eso ha sido… mucho.
—¿Cuánto crees que ha llegado? —preguntó Saúl, fascinado.
—No vuelve —dijo Miguel—. Eso seguro. Esa pelota ya no es nuestra. Esa pelota es del universo.
Kais los miraba sin entender del todo el problema.
Para ella había sido un golpe suave. Mérito de la familia: nadie le había explicado nunca, no del todo, que era cinco veces más fuerte que un humano. Más, probablemente. Que su idea de "darle flojito a la pelota" y la idea humana de lo mismo estaban separadas por un abismo de física que terminaba con proyectiles a velocidad supersónica.
—¿Otra vez? —preguntó, esperanzada.
—No —dijo Juanda.
—Solo una—
—Kais. —Juanda levantó las manos—. Te quiero. Eres maravillosa. Pero si esa pelota me da, no me curan los medikits. Me recogen. Con una esponja.
Yo, desde la vaina, registré algo parecido a la risa sin tener con qué reírme.
Siguieron jugando, claro. Porque eran ellos.
Adaptaron las reglas. Kais solo podía batear con un porcentaje de fuerza que Juanda, muy serio, intentó calcularle —"un cinco por ciento, Kais, cinco, como cuando acaricias a un PD"— con resultados desiguales. La segunda pelota también se fue al espacio. La tercera casi decapita a Saúl, que se tiró al suelo del casco entre carcajadas y juramentos. La cuarta, milagrosamente, llegó a un PD que la atrapó con una mano y se quedó mirándola como preguntándose qué se suponía que debía hacer ahora.
Juanda jugaba de lejos. Muy de lejos. El miedo en él era real — el cuerpo recién recuperado, la memoria fresca de lo frágil que había sido hacía dos semanas, el conocimiento exacto de lo que una masa a Mach 2 le hace a un ser humano. Pero también se reía. Esa era la cosa con Juanda: el miedo y las ganas le convivían sin pelearse. Se quedaba lejos, en la posición más segura del campo, y desde ahí gritaba instrucciones y se reía como no se había reído en meses.
Era la primera vez desde Edivan que lo oía reírse así.
Eso también lo registré. No en los logs técnicos. En el otro sitio.
La conversación importante llegó después, cuando volvieron dentro.
Estaban los tres en el comedor, bajando del café de Ladino y de la euforia, en ese momento blando en que la risa se asienta y deja sitio a las cosas que normalmente no se dicen.
Fue Saúl quien lo sacó.
—¿Creéis que nos siguen buscando?
No hizo falta preguntar quién. TecnoSteel era el sustantivo tácito de todas las conversaciones que el grupo no terminaba.
Miguel tardó en responder.
—Thanos no sabía que estábamos en Edivan —dijo—. Atacó por otra cosa. No nos buscaba a nosotros.
—Esa vez —matizó Juanda.
—Esa vez —concedió Miguel.
—Pero le volamos un mercado entero en la cara. —Juanda miraba su taza vacía—. Aunque fuera sin querer. Aunque él tampoco supiera lo que hacía. Esas cosas… las corporaciones llevan cuentas. No les gusta perder cosas sin saber por qué.
Silencio.
—Nos van a buscar —dijo Saúl. No era una pregunta.
—Probablemente ya nos buscan —dijo Juanda—. La cuestión es si saben dónde mirar.
Nadie respondió a eso, porque nadie lo sabía, y porque el café de Ladino se había gastado y con él la sensación de que todo era levemente más divertido de lo que era.
Yo sí tomé nota.
Porque yo veía cosas que ellos no veían — los bordes de los sensores, las lecturas largas, el espacio profundo alrededor de EP-7 que la mayor parte del tiempo estaba vacío. La mayor parte del tiempo.
No les dije nada. No tenía nada concreto que decir todavía. Solo una estación medio reparada, una familia que volvía a reírse, y la certeza tranquila y fría de que las cosas que se rompen en una corporación siempre, siempre, terminan generando una factura.
La pregunta no era si vendrían.
Era cuándo.
Comentarios
Publicar un comentario