Capítulo 47: El Ataque

Los sensores lo captaron antes que yo.

No fue una señal limpia — fue una perturbación, un cambio en el patrón de fondo que Hestia procesó en silencio durante cuarenta segundos antes de transmitírmelo. Algo se movía en el borde del sistema. Algo que no era asteroide ni basura espacial ni distorsión residual.

Algo que venía hacia nosotros.

Aproximación detectada. Cinco contactos. Uno mayor, cuatro menores. Velocidad: en aumento. Vector: directo a EP-7.


La fragata apareció en los sensores visuales diecisiete minutos después.

Un casco angular, diseño militar, con los colores corporativos desteñidos por demasiado tiempo en patrulla. Los códigos de identificación que Hestia extrajo de las transmisiones eran TecnoSteel.

Alrededor, como moscas con dientes, cuatro cazas.

Steelfang. Los reconocí por la silueta en la base de datos de Becky: naves ligeras de producción en masa, alas cortas y asimétricas, cañones montados con soldaduras visibles, motores que vibraban con la frecuencia de algo que funciona a pesar de sí mismo. Baratas. Duras. Hechas para ser gastadas sin dolor. Los sensores no registraban signos vitales dentro — drones, controlados desde la fragata. Pero tenían cabina de piloto. Vacía, pero ahí. Alguien las había diseñado para que pudieran ser tripuladas si hacía falta.

Di la alerta por el canal interno.




El grupo reaccionó en cuarenta y tres segundos.

Miguel llegó al puente de control. Isthar activó los sistemas defensivos de EP-7 — los pocos que funcionaban. Saúl se posicionó en comunicaciones.

Robogato llegó al hangar.

Y Juanda ya estaba dentro del Mecha.


Lo vi por las cámaras. Sus movimientos eran distintos. No el estratega cauto que calculaba rutas de escape — el otro Juanda. El que había estado emocionado con los Mecha desde el primer día, el que preguntaba especificaciones por tercera vez no por miedo sino por ganas.

Los sistemas del Mecha se encendieron. Dos piernas. Dos bracitos cortos. La cabina de nave arriba, iluminándose como un ojo que se abre. Feo. Irregular. Completamente suyo.


Kais no esperó a que nadie le dijera nada.

La vi moverse hacia Becky con una determinación que no admitía discusión. Se montó. Se ajustó. Los sistemas de Becky se activaron con esa frecuencia que yo conocía — no la de una moto preparándose para un viaje, sino la de algo que despertaba.

Becky en modo Mecha.

Lo que Kais había estado aprendiendo durante tres meses en simulación, sola en EP-7 mientras el grupo estaba en el Vertedero. Nadie le había enseñado a combatir con esto. Hestia le había generado los escenarios. Ella había hecho el resto.

Los dos Mecha salieron al espacio por la compuerta del hangar. Juanda y Kais. El armatoste de chatarra y la moto transformada.


El combate duró once minutos.

Once minutos es mucho cuando cada segundo lo registras desde doce cámaras simultáneas. Once minutos es una eternidad cuando no puedes moverte y lo único que haces es procesar datos mientras tu familia pelea afuera.

Los Steelfang atacaron primero. Dos contra el Mecha de Juanda. Dos contra Kais. La fragata se quedó atrás, a distancia de disparo pero sin entrar — supervisando, evaluando.

Lo que noté, y no supe interpretar del todo en el momento, fue la potencia de los disparos. Los Steelfang disparaban lo justo. No para destruir — para incapacitar. Como si quisieran detenernos, no matarnos. Buscaban algo. Algo que necesitaban intacto.

Juanda se movió como si llevara años pilotando.

No era verdad. Llevaba semanas. Semanas y tres meses de construcción y los manuales de fortunis y algo que no estaba en los manuales sino en él — esa capacidad suya de leer un espacio y saber exactamente cómo moverse dentro de él. El estratega aplicado a dos piernas de metal y dos bracitos cortos.

Esquivó el primer disparo. Desvió el segundo con el antebrazo izquierdo — las placas de chatarra absorbiendo el impacto con un chirrido que los sensores registraron como daño menor.

Kais era otra cosa.

Kais era velocidad pura. Becky se movía en el espacio con una fluidez que no correspondía a su masa — giros cerrados, cambios de vector, aceleraciones que habrían aplastado a un piloto humano pero que a una droide no le costaban nada. Los dos Steelfang que la perseguían no conseguían fijarla. Cada vez que uno la tenía en el punto de mira, Becky ya no estaba allí.

Tres meses de simulación. Cada aterrizaje fallido que Hestia había ajustado para ser más justo. Todo convergiendo en esto.


Lo que Juanda hizo a los siete minutos no está en ningún manual.

Uno de los Steelfang pasó demasiado cerca. Demasiado cerca para disparar, demasiado cerca para maniobrar, en ese punto ciego donde la velocidad te traiciona y la inercia hace el resto.

Juanda lo vio.

Los sensores del Mecha registraron una secuencia que duró 2,7 segundos: flexión de piernas, activación de propulsores dorsales, salto. El Mecha se elevó y en el punto más alto del arco, Juanda lo giró. Entero. Una rotación completa en el vacío, los bracitos abriéndose, y abrazó al Steelfang que pasaba.

Lo abrazó.

Como un luchador abraza a su oponente antes de estrellarlo contra la lona. Excepto que la lona era el casco de EP-7 y el oponente era un caza de combate de tres toneladas que de pronto no iba a ningún sitio. Los dos brazos de chatarra aprisionando el fuselaje, el Mecha rotando para quedar encima, el peso y la inercia haciendo el trabajo que la fuerza bruta no podía hacer sola.

Cayeron juntos.

El impacto contra el casco de EP-7 lo registraron todos los sensores de la estación al mismo tiempo. Una sacudida que recorrió la estructura entera. El Steelfang se deformó contra el casco — los motores cortándose, el fuselaje crujiendo sin llegar a romperse, porque esas naves estaban hechas para aguantar.

Juanda aterrizó sobre el casco de EP-7 con las dos piernas del Mecha. De pie. Con el caza inmovilizado debajo, aplastado pero entero.

—¿Han visto eso? —dijo por el canal interno.

Nadie respondió durante tres segundos. Luego Miguel, desde el puente, con una voz que intentaba ser profesional y no lo conseguía:

—Lo hemos visto.

—¿Lo ha grabado alguien?

—Becky lo ha grabado —confirmó Kais.

—Bien —dijo Juanda—. Porque no creo que pueda repetirlo.


Los Steelfang restantes se reagruparon. La fragata evaluó la situación — un caza capturado, otro desactivado por Kais — y tomó la decisión que toman las patrullas que no esperaban resistencia real.

Se retiró.

No fue una huida. Fue un repliegue ordenado. Los dos cazas supervivientes cubrieron a la fragata, que giró lentamente y aceleró hacia el límite del sistema.

Lo que vi en los sensores, mientras se alejaban, fue que la fragata transmitía. Un pulso largo, codificado, en dirección opuesta a su retirada. Un informe. Una señal. Alguien iba a saber dónde estábamos.


Lo que quedó del Steelfang capturado lo bajamos al hangar.

No estaba destruido. Abollado, deformado del impacto, con los sistemas de vuelo apagados y la cabina de piloto vacía pero intacta. Juanda lo rodeó durante un buen rato, tocando las juntas, evaluando los daños con la misma concentración con la que un médico evalúa a un paciente.

—Se puede reparar —dijo al fin.

—¿Para qué? —preguntó Miguel.

—Para ir enganchado a la espalda del Mecha.

Silencio.

—Los Steelfang tienen propulsores dorsales. —Juanda señalaba mientras hablaba, trazando líneas imaginarias—. Si los adapto al sistema de acoplamiento modular, el Mecha gana empuje adicional. Salto extendido. Quizás planeo en gravedad baja.

—¿Y la cabina? —preguntó Kais.

—La cabina se queda. —Juanda la miró—. Porque alguien va a tener que pilotarlo algún día.

No dijo quién. No hacía falta.


Hestia calculó lo que venía después.

Si la fragata había reportado nuestra posición — y la transmisión en retirada lo confirmaba — entonces quienes la habían enviado sabrían dónde estábamos en cuestión de horas.

No podíamos quedarnos.

La solución fue helio-3. EP-7 tenía reservas — no muchas, pero suficientes para mantener la estación en hiperespacio durante períodos cortos. Invisible. Indetectable. Consumiendo combustible a un ritmo que no podíamos sostener indefinidamente, pero que nos daba tiempo.

Activamos el salto a hiperespacio esa misma noche.

EP-7 desapareció del espacio normal como si nunca hubiera estado allí.

Habíamos ganado una batalla y perdido la invisibilidad. En este tipo de guerra, la segunda era más valiosa que la primera.


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