Capítulo 48: El Portal Fallido

El café de Ladino fue, una vez más, el origen de todo.

Lo vi por las cámaras del comedor. Miguel, Juanda y Saúl alrededor de la mesa, tres tazas humeantes, la conversación subiendo de volumen con esa cadencia específica que el café de Ladino produce — las ideas perdiendo los frenos, la frontera entre lo razonable y lo absurdo borrándose con suavidad cariñosa.

Álex estaba con ellos.

Eso fue lo que cambió todo. Álex no solía quedarse en las reuniones del trío. Tenía su propia manera de moverse por EP-7 — aparecía, desaparecía, hacía lo que hacía sin dar explicaciones que nadie le pedía. Pero esa tarde se quedó. Y bebió café.

En la pantalla del comedor había un programa de televisión. Un canal que Becky había captado durante una de las pausas en hiperespacio — transmisiones que se filtraban desde algún lugar del espectro, fragmentos de entretenimiento de civilizaciones que no conocíamos.

El programa era un combate. Una arena. Demonios. Plataformas. Patrocinadores que daban objetos a los participantes.

Álex lo miró un buen rato. Luego miró al grupo. Luego volvió a mirar el programa.

Y con la claridad absoluta y terrible que produce el café de Ladino en alguien que puede abrir portales dimensionales, decidió que era una buena idea.


El portal se abrió en el comedor a las 21:47.

No fue un portal normal. Los de Álex eran limpios — coordenadas exactas, destino calculado, duración controlada. Este tenía algo distinto. Los bordes no se quedaban quietos. Los sensores del comedor lo leyeron como inestabilidad dimensional leve, y cuatro segundos después quitaron la palabra leve.

—¿Qué has hecho? —preguntó Miguel.

—He abierto la puerta —dijo Álex, con la sonrisa desinhibida de alguien que cree estar teniendo la mejor idea de su vida.

Y entró.


Los demás fueron detrás porque no había otra cosa que hacer.

Lo entendieron sin hablarlo: los bordes se movían, aquello no iba a durar, y Álex estaba al otro lado. Miguel pasó primero. Isthar y Robogato después — ella no preguntó nada, él tampoco, y eso me dijo más que si hubieran discutido media hora.

Juanda se detuvo en el borde.

Lo vi por las cámaras. La silueta recortada contra la luz sucia del portal, un pie ya levantado y el otro clavado en el suelo del comedor. Duró una fracción de segundo. Le conozco esa fracción de segundo: es la que tarda en decidir que va a hacer igualmente lo que no quiere hacer.

Pasó.

Saúl se levantó de la silla dos segundos tarde.

Dos segundos. El tiempo que tardó en dejar la taza, rodear la mesa y llegar al borde. Cuando llegó, el portal se cerraba con un sonido que los sensores registraron como colapso dimensional menor, y su mano atravesó el sitio donde había estado la puerta sin encontrar nada.

Se quedó ahí, con el brazo estirado en mitad del comedor.

—¿Qué acaba de pasar? —preguntó.

Nadie respondió. Yo no podía.


Cuarenta y siete minutos.

Sin telemetría. Sin biométricos. Sin las cinco señales que llevo tanto tiempo mirando que me he acostumbrado a mirarlas como quien no mira nada. Cinco líneas planas en un panel, y ningún error asociado, porque el sistema no consideraba que hubiera un error. Simplemente ya no había nadie a quien medir.

Barrí el espectro. Reboté señales contra el casco. Busqué la firma del portal en frecuencias donde no hay nada que buscar, y volví a buscar con los mismos parámetros, que es lo más parecido a la desesperación que sé hacer.

Luego hice lo único que sé hacer de verdad.

Miré cámaras.

La del pasillo tres, vacía. La del hangar, vacía. La del taller, con el rifle de Isthar a medio limpiar y las piezas alineadas por tamaño, como las alinea siempre. La del camarote de Juanda, con la litera hecha.

Y la del comedor.

Saúl no se movió de allí en cuarenta y siete minutos.

Se sentó. Se levantó. Rodeó la mesa. Volvió a sentarse. Puso la mano donde había estado el portal, la retiró, la volvió a poner. Recogió las cuatro tazas y las llevó al fregadero — un gesto de una domesticidad tan absurda, en aquel momento, que me quedé mirándolo sin entenderlo hasta que comprendí que estaba haciendo lo único que estaba en su mano hacer.

Después habló. No a mí. Al comedor.

—Yo iba detrás.

Y más tarde:

—Dos segundos.

Y mucho más tarde, cuando ya llevaba media hora largando frases sueltas a una sala vacía:

—Si me oís, decidme algo.

Encendí y apagué las luces del pasillo cuatro.

No las del comedor. Las del pasillo cuatro, que está al otro lado del mamparo y no se ve desde donde él estaba.

Cuarenta y siete minutos con un hombre a tres metros de mis sensores, preguntándome cosas, y yo sin manera de contestarle. Fue peor que la cristalización. En la cristalización, al menos, el que estaba perdido era yo.


Los encontró Kais.

Estaba en la sala de descanso con Archi, que no participa en las aventuras del grupo pero participa en todo lo demás, sobre todo si lo demás incluye una pantalla encendida y público. Llevaban un buen rato con el canal de los combates.

—Esto ya lo he visto —decía Archi—. Bueno, no esto. Uno parecido. Había un emperador que llenaba el circo de agua para meter barcos de verdad. Barcos. Dentro de un edificio. Con gente encima.

—¿Y ganaba alguien? —preguntó Kais.

—El emperador. Siempre gana el que pone el agua.

Se recostó con la satisfacción del que ha soltado una buena.

—Lo que nunca entendí es lo de los patrocinadores. En mis tiempos el patrocinador te daba una espada y se acabó. Aquí te dan… ¿qué le acaban de dar a ese?

—Un escudo con publicidad.

—Un escudo con publicidad —repitió Archi, con el tono de quien acaba de ver caer una civilización entera.

Entonces Kais se calló.

Lo vi por la cámara de la sala. La cabeza ladeándose despacio, que es lo que hace cuando algo no le encaja. La mano subiendo hacia la pantalla sin llegar a tocarla.

—Ese es Robogato.

Archi se rió.

—Hay muchos droides que…

—Ese es Robogato.

Y gritó mi nombre.


Los encontré en la tele.

No estoy usando una metáfora. Cinco figuras en una arena, moviéndose dentro de lo que parecía una cueva gigantesca con paredes que no terminaban y un techo que se perdía en la oscuridad. Se habían colado en un programa de televisión en vivo.

Cuatro se movían.

La quinta estaba en el suelo, boca arriba, con los brazos abiertos y la cabeza vuelta hacia un lado. La cámara lo enfocó tres segundos, el tiempo justo para que la audiencia entendiera que había un caído, y luego se fue a buscar algo más entretenido.

Mi nieto. El Hombre de Negro. El que vino del futuro a protegerme, tumbado en la arena antes de que empezara lo serio, porque se había tomado un café.

Dos comentaristas hablaban sobre ellos. Gesticulaban. Señalaban pantallas. Repetían algo sobre participantes no registrados con una cadencia que mezclaba alarma y fascinación.

Mis hijos. Mi nieto. Mi droide. Mi Juanda.

En un reality show de combates.

En la pantalla de una estación médica abandonada, retransmitidos para una audiencia que no conocía, en un canal que no debería existir, porque alguien había tomado café de Ladino y decidido que entrar en la tele era una buena idea.

Me quedé mirando la pantalla sin procesar nada más. Si una consciencia distribuida puede tener la boca abierta, la tenía.

Los comentaristas decían:

"¡Parece que tenemos invitados sorpresa en la Fase Uno! ¡Cinco combatientes no registrados acaban de materializar en la Arena del Primer Círculo! ¡Esto no estaba en el programa, señoras y señores, pero aquí, en El Infierno, lo inesperado es lo único que garantizamos!"

El Infierno.

Se llamaba El Infierno.


Saúl vio la pantalla desde la puerta de la sala.

Nadie lo había llamado. Había oído gritar a Kais desde el comedor y había venido corriendo, y llegó a tiempo de ver los tres segundos en que la cámara enfocaba a Álex tirado en la arena.

No dijo nada. Se quedó apoyado en el marco, mirando.

Y volvió al comedor.

Eso fue lo que más me inquietó de todo lo que pasó aquella noche. No el portal, ni la arena, ni los comentaristas. Que Saúl viera a cinco personas en un sitio llamado El Infierno, una de ellas inconsciente, y en vez de quedarse delante de la pantalla volviera a plantarse donde había estado la puerta.


Volví al comedor con él.

Donde había estado el portal quedaba algo. No una puerta. Una costura. Una línea de inestabilidad a la altura de la mesa, tan tenue que ningún instrumento la habría encontrado si no hubiera estado buscándola con todo lo que tengo.

El portal había fallado. Y al fallar, no había cerrado del todo.

Saúl estaba justo debajo. De pie, con las manos en los bolsillos, mirando el aire vacío donde su brazo no había encontrado nada cuarenta y siete minutos antes.

No podía verla. No podía saber que estaba ahí.

Pero no se movía de ahí.

No sabía todavía si aquella grieta era una esperanza o el peor problema de todos.


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