Capítulo 49: El Infierno I
Lo que vi en la pantalla era esto:
Una cueva. Pero llamarla cueva era como llamar océano a un charco. Las paredes se perdían en la distancia, el techo era una oscuridad que no terminaba, y el suelo era roca irregular iluminada por algo que no era fuego pero se le parecía — un resplandor rojizo, intermitente, que venía de grietas en el suelo y que daba a todo un aspecto de estar dentro de algo vivo y enfermo.
Cinco figuras en el centro. Cuatro de pie.
Miguel con la mandíbula apretada, evaluando. Isthar ya en posición de combate aunque todavía no había nada contra lo que combatir. Robogato quieto, ojos naranjas, procesando. Y Juanda con las manos ligeramente levantadas, como si el aire mismo pudiera morderle.
Álex en el suelo, entre los cuatro. Boca arriba, brazos abiertos, la cabeza vuelta hacia un lado.
Nunca sabré si el café le hizo efecto al cruzar o si fue el cruce lo que le hizo efecto. Lo que sí sé es que el hombre que había abierto la puerta no llegó a ver lo que había al otro lado.
Los comentaristas los describieron como "invitados sorpresa de la Fase Uno, categoría Intruso Espontáneo" con una alegría que sugería que esto había pasado antes y que a la audiencia le encantaba.
Del caído no dijeron nada. Un cuerpo en el suelo antes de empezar no da espectáculo.
Los demonios llegaron en la primera oleada antes de que nadie pudiera orientarse.
Pequeños. Rápidos. Veinte de ellos saliendo de las grietas del suelo como cucarachas con dientes. No eran grandes — del tamaño de un perro mediano, con extremidades articuladas de más y una agresividad que compensaba lo que les faltaba en masa.
Los comentaristas cambiaron el tono al instante. Lo que había sido sorpresa se convirtió en narración deportiva:
"¡Primera oleada! ¡Veinte demonios menores en formación estándar! ¡Veamos qué hacen nuestros invitados sorpresa!"
Lo que hicieron fue peor que sobrevivir: sobrevivir sin moverse del sitio.
Porque no podían moverse del sitio. Había un cuerpo en el suelo y ninguno de los cuatro estaba dispuesto a dejarlo atrás, así que en vez de dispersarse y buscar ángulos, se cerraron en círculo alrededor de Álex y aguantaron.
Robogato cortó tres demonios antes de que tocaran el suelo. Isthar hizo lo que Isthar hace: violencia precisa, calculada, sin desperdicio. Miguel luchó con lo que tenía. Juanda también.
Veinte demonios es mucho cuando no tienes espacio, no tienes plan y no puedes retroceder.
Fue Juanda quien vio la solución.
No la cueva pequeña — esa la encontró Miguel después. Lo que Juanda vio fue el patrón. Lo vi en la pantalla: mientras los demás peleaban, Juanda no se movía. Estaba quieto en el borde del grupo, con los ojos de alguien que está contando.
Contando demonios. Contando segundos. Contando intervalos entre oleadas.
—Vienen en grupos de veinte —dijo por el canal interno—. Y hay pausas. Hay pausas entre oleadas.
Eso fue lo primero que entendieron del programa: que no era caos continuo. Tenía estructura. Tenía reglas. Y las reglas incluían pausas de un minuto donde algo diferente ocurría.
La primera pausa fue confusión.
Los demonios dejaron de salir. Una fanfarria sonó en la cueva — algo grabado, excesivo, con trompetas que reverberaban en las paredes de roca. Los comentaristas hablaron con rapidez:
"¡Pausa de patrocinadores! ¡Un minuto para que nuestros generosos benefactores muestren su apoyo a los combatientes!"
Luces. Hologramas. Logotipos de marcas que no reconocí flotando en el aire. Y paquetes que caían del techo hacia los participantes — no solo hacia ellos, sino hacia todo el que estuviera en la arena.
El grupo no entendió lo que pasaba. Vi a Miguel esquivar un paquete como si fuera una amenaza. Isthar cogió uno por reflejo y se quedó mirándolo.
Dentro había medikits.
El primero se lo pusieron a Álex. No sirvió de nada, porque lo que tenía Álex no era una herida. Robogato lo comprobó, apartó el aplicador y se quedó dos segundos con los ojos en morado antes de volver al naranja.
Les costó dos pausas más entender la mecánica: que los patrocinadores daban objetos, que podían elegir qué pedir, que los medikits — que ya llevaban agotando en sus armaduras — podían ser reabastecidos.
Juanda fue quien lo descifró. Desde el borde, observando, contando. Siempre contando.
Miguel encontró la cueva pequeña en la segunda oleada.
Una grieta en la pared de roca, lo suficientemente ancha para entrar pero demasiado estrecha para que entraran más de tres demonios a la vez.
Metieron a Álex primero. Lo arrastraron entre Miguel y Robogato hasta el fondo, donde la roca se cerraba, y lo dejaron ahí — lejos de la entrada, lejos de los dientes, con una manta térmica de patrocinador por encima que a los comentaristas les pareció suficientemente conmovedora como para repetirla dos veces.
Después descubrieron que el sitio servía también para pelear.
En vez de veinte demonios atacando desde todas direcciones, tenían tres o cuatro a la vez, en fila. Robogato los despachaba en la entrada con una eficiencia que los comentaristas describieron como:
"¡Impresionante! ¡El combatiente mecánico ha convertido el cuello de botella en una máquina de triturar! ¡Los patrocinadores del sector norte están encantados!"
Pero la ventaja duró poco.
Isthar salió durante una pausa.
No para descansar — para atacar. En la pantalla la vi moverse hacia el centro de la arena donde los paquetes caían, con la intención de arrasar lo que pudiera antes de que la oleada siguiente empezara.
No funcionó.
Los demonios de la siguiente oleada eran más grandes. Más rápidos. Veinte otra vez, pero de una categoría que los comentaristas llamaron con entusiasmo "clase Desgarro", y que Isthar descubrió de la peor manera posible cuando tres de ellos la rodearon y la tumbaron.
"¡La combatiente femenina ha caído! ¡Está en el suelo! ¡Esto es dramático, señoras y señores! ¿Podrán sus compañeros llegar a tiempo?"
Fue Juanda quien salió a buscarla.
Lo vi correr desde la cueva — sin armas, sin plan, solo movimiento — y llegar hasta Isthar con la velocidad de alguien que no piensa en las consecuencias. La levantó. La arrastró de vuelta. Los medikits automáticos de la armadura de Isthar trabajaban a toda potencia.
Los comentaristas enloquecieron.
"¡Rescate heroico del combatiente joven! ¡La audiencia de este cuadrante ha subido un diecisiete por ciento! ¡Los patrocinadores están pujando por enviar suministros!"
Yo miraba desde la pantalla de EP-7. Sin poder hacer nada. Sin poder apartar los ojos.
Fue en algún punto de la tercera oleada cuando Miguel tuvo su idea.
Encontró una grieta que subía por la pared de la cueva hasta una posición elevada — un saliente desde el que se veía toda la arena. Subió. Sacó una granada.
Los comentaristas lo siguieron con la cámara:
"¡El combatiente humano ha encontrado una posición elevada! ¡Parece que tiene algo en la mano! ¡Esto podría cambiar la dinámica del combate!"
Lo que cambió fue todo, pero no como esperaba.
Miguel lanzó la granada. O lo intentó. Lo vi en la pantalla: el movimiento del brazo, el gesto de soltar, y luego ese momento horrible en que la granada no sale. Se le quedó entre las manos. La manejó — un segundo, dos — intentando liberarla, y explotó.
No en la arena. A sus pies.
El saliente se deshizo. Miguel saltó — o cayó, o las dos cosas — y se estampó contra el suelo de la arena desde una altura que los sensores de Robogato después midieron en siete metros.
"¡Increíble! ¡El combatiente se ha volado a sí mismo! ¡Esto no se ve todos los días! ¡Los índices de audiencia están por las nubes!"
Ahí estaba. Mi hijo, boca abajo en el suelo de una arena de combate televisada, con los medikits de la armadura al máximo y veinte demonios acercándose. Los comentaristas narrándolo con la emoción de quien ha encontrado el contenido perfecto para las repeticiones.
Robogato y Juanda lo sacaron de ahí. A rastras. Uno tirando, el otro cubriendo, sin matar demasiado pero sin dejar que nada pasara.
Lo dejaron en el fondo de la cueva, al lado de Álex.
Dos cuerpos en el suelo. Dos en pie.
Y entonces la cueva se iluminó por dentro.
Voy a contar esto como lo vi, que es en dos pantallas a la vez.
En la de la sala de descanso, la retransmisión: el fondo de la cueva pequeña abriéndose en una línea de luz sucia, la misma luz sucia del comedor, y el cuerpo de Álex levantándose del suelo sin que nadie lo levantara.
En la cámara del comedor, a tres metros de mis sensores: Saúl de pie donde había estado toda la noche, bajo la costura, con las manos en los bolsillos.
Los dos a la vez. Exactamente a la vez.
Álex desapareció del fondo de la cueva.
Saúl desapareció del comedor.
Y en el comedor de EP-7 cayó un cuerpo con los brazos abiertos y la cabeza vuelta hacia un lado, y en el fondo de una cueva en un sitio llamado El Infierno apareció un chico de veintiún años de pie, despierto y sin la menor idea de dónde estaba.
La costura no se había cerrado. Y no dejaba salir a nadie.
Dejaba cambiar.
Los comentaristas tardaron cuatro segundos en reaccionar, que para ellos es una eternidad.
"¿Qué… ha sido eso? ¡Sustitución! ¡SUSTITUCIÓN EN CALIENTE, SEÑORAS Y SEÑORES! ¡El caído ha salido y ha entrado un combatiente nuevo! ¡Nunca, en catorce temporadas, habíamos visto algo así!"
Saúl miró alrededor. Vio a Miguel en el suelo. Vio a Robogato conteniendo la entrada. Vio a Juanda con Isthar. Vio el techo que no terminaba y el resplandor rojizo de las grietas.
No preguntó nada. Yo esperaba que preguntara y no preguntó.
Se agachó junto a Miguel, le puso dos dedos en el cuello, comprobó que respiraba. Y entonces vio la espada.
La llevaba Miguel a la espalda desde el Vertedero y no la había usado ni una vez en toda la noche — Miguel es de granadas y de improvisar, y esa hoja llevaba meses de adorno.
Saúl la sacó de la funda con las dos manos.
Después hizo algo que a los comentaristas les pareció incomprensible y que a mí me dejó helado: se separó de la pared, puso el pie derecho por delante, giró el cuerpo de perfil y bajó la punta.
En guardia.
Fue en ese momento cuando entendí lo poco que sé de mi propia gente. Veintiún años. El chico que salió con mi hija. El que estuvo muerto. En algún lugar de la vida que tuvo antes de todo esto, alguien le enseñó a coger una espada, y él siguió yendo lo bastante tiempo como para que el cuerpo se acordara.
Los tres primeros demonios que entraron por el cuello de botella se encontraron con Robogato.
Los tres siguientes se encontraron con otra cosa.
No era violencia de la que hace Isthar — no había cálculo frío. No era la de Robogato — no había eficiencia mecánica. Lo que hacía Saúl era pequeño y terco: paso adelante, punta arriba, un movimiento seco de muñeca, paso atrás. Otra vez. Otra vez. Nada espectacular. Nada que la audiencia pudiera medir en decibelios.
Pero no pasaba ninguno.
"¡El sustituto tiene técnica! ¡Miren la postura, señoras y señores! ¡Esto no es un aficionado, esto es una escuela, y no reconozco la escuela!"
No la reconocían porque llevaba muerta unos cuantos siglos y varios sistemas estelares de distancia.
Saúl aguantó la entrada de la cueva cuatro minutos. Lo sé porque los conté. Cuatro minutos con una hoja que no era suya, delante de dos compañeros inconscientes y de una hija mía que no lo recordaba.
Porque Isthar no lo recordaba. No tiene nada de antes de la Senda. Cuando volvió en sí y lo vio ahí, con la espada de su hermano y la postura rara, lo miró como se mira a alguien nuevo.
Y él lo sabía. Se le notó en la espalda, que se puso un poco más recta.
Hay cosas que uno hace para que le vean. Y hay cosas que uno hace precisamente porque sabe que no le van a reconocer, y las hace igual.
Los regalos de los patrocinadores empezaron a llegar en serio después de eso.
La audiencia los adoraba. Cinco intrusos que no sabían las reglas, que se volaban a sí mismos con sus propias granadas, que se rescataban mutuamente con una torpeza que resultaba ser valentía, y que además habían protagonizado una sustitución en caliente sin precedentes — eso era televisión. Eso era lo que los patrocinadores pagaban por ver.
A Isthar le llegó, en la quinta pausa, un paquete que abrió con desconfianza y que contenía algo que la dejó mirando el contenido durante tres segundos antes de decir nada.
Era una armadura.
Rosa.
Una armadura rosa con orejas de conejo en el casco — largas, puntiagudas, absurdas — que según las instrucciones del paquete emitían una descarga sónica capaz de aturdir todo en un radio de diez metros.
"¡La combatiente ha recibido el traje de Conejita Letal de los patrocinadores del sector este! ¡Un favorito del público! ¡Veamos si se lo pone!"
Isthar miró la armadura rosa. Miró a los comentaristas — o a donde fueran las cámaras. Miró a Miguel, que estaba tirado en el suelo recuperándose y que tuvo la inteligencia de no decir nada.
Se la puso.
Funcionaba. Las orejas funcionaban. La descarga sónica tumbó media oleada de demonios en un instante, y los comentaristas perdieron la compostura:
"¡LA CONEJITA LETAL ESTÁ EN LA ARENA! ¡REPITO, LA CONEJITA LETAL ESTÁ EN LA ARENA!"
A Juanda le llegó un casco de Triceratops. Tres cuernos, estructura reforzada, aspecto ridículo. Se lo puso sin preguntar. Encajaba con algo que yo no habría previsto: Juanda con cuernos, embistiendo demonios, parecía exactamente la clase de cosa que los manuales de Mecha para fortunis habrían incluido como ilustración de ejemplo.
A Saúl le llegó un paquete del sector que había estado pujando desde la sustitución. Lo abrió esperando cualquier cosa.
Dentro había una capa.
Larga, con el logotipo de la marca bordado en la espalda, y ninguna función que las instrucciones se molestaran en explicar. Puramente decorativa. Los patrocinadores habían visto la postura, la técnica, la escuela que no reconocían, y habían decidido que lo que le faltaba a eso era una capa.
Saúl se quedó mirándola con la espada en la otra mano.
Se la puso.
"¡EL ESPADACHÍN ACEPTA LA CAPA! ¡El sector oeste está en llamas, señoras y señores!"
A Robogato le llegó, casi al final, una runa de fuego. Pequeña. Integrable. El tipo de objeto que en otro contexto habría sido interesante y que en este era exactamente lo que necesitaban.
Robogato la guardó sin comentarios. La guardaría para después. Para alguien que la necesitaría más.
Para cuando la última oleada se agotó, la arena estaba cubierta de restos de demonios y el grupo seguía en pie.
Malheridos. Con los medikits al límite. Miguel con al menos tres costillas comprometidas según los biométricos que llegaban a través de la retransmisión. Isthar de rosa. Juanda con cuernos. Saúl con capa y con una hoja prestada que ya no soltaba.
Pero en pie.
Los cinco. Aunque no fueran los mismos cinco que entraron.
Los comentaristas anunciaron lo que venía con una solemnidad que no habían tenido hasta ahora:
"Combatientes. Han superado las oleadas de la Fase Uno. Lo que queda es el Guardián del Primer Círculo. Prepárense."
El suelo tembló.
Algo se movía debajo.
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