Capítulo 51: Café Natural Arábica

Nueve días.

No los cuento en horas. Cuento un pulso que no es del todo mío, un tictac que empezó como ruido de fondo dentro de la vaina y que ahora es la única señal que me queda. Se acorta. Cada vez que le presto atención, se ha acortado otra vez.

No sé si lo cuento yo o si la vaina cuenta por mí y yo solo escucho. Las dos cosas, probablemente. Llevo meses sin poder distinguir dónde termino yo y dónde empieza el proceso.

Hestia lo sabe también, con sus propios números, desde fuera. No se lo ha dicho a nadie con detalle. Solo lo justo: queda poco. Nueve días fue lo justo la primera vez que lo dijo.

Hoy es la última vez que lo dice.


Día ocho.

Están ya sentados en el Teseo —un rato muerto entre turno y turno— cuando llega el aviso: una lista de suministros, EP-9, salida antes del cambio de turno. Nada urgente en el tono. Todo urgente en lo que no dice.

—Recibido —dice Becky, antes de que nadie abra la boca. La voz de a bordo del Teseo nunca espera a que se lo pidan. La rampa se cierra sola. Despegan sin que nadie toque un mando.

El viaje no es largo. Lo justo para que Juanda se quede dormido contra la pared de carga, para que Miguel jr repase una lista de dos líneas tres veces, y para que Isthar y Robogato revisen la suya aparte, sin necesitar comentarla.

El Teseo ya no es del todo el amasijo con el que salimos hace años. Nadie lo ha dicho en voz alta, pero se nota si uno se fija: un panel junto a la escotilla de carga que ya no es el panel original, más liso, más ajustado, sin la soldadura tosca de los primeros parches. Un soporte atornillado en el mamparo, vacío, esperando algo que todavía no ha llegado. Hestia lleva meses dirigiendo a los PD en reparaciones que nadie ha pedido expresamente, sustituyendo retal por pieza, chatarra por diseño, con el mismo criterio silencioso con el que hace todo lo demás. Isthar pasó la mano por el panel nuevo al subir, sin detenerse a pensarlo, como quien reconoce algo sin saber que lo reconoce.

En la estación se reparten. Isthar y Robogato van a una tienda Norton a por medikits, munición y baterías —lo que sí está escrito en la lista. Saúl, Miguel jr y Juanda van a por lo que no está escrito en ningún sitio: cincuenta kilos de café natural de Colombia, el único que valdría la pena servirle a alguien que lleva meses sin poder pedir nada.

Los tres juntos y sin nadie más delante son, de sobra sabido, más tontos que por separado. Nadie lo dice en voz alta. Todos lo cuentan igual cuando lo recuerdan después.


EP-9 no tiene dueño, y eso se nota en cada esquina.

Ningún logo domina la dársena. Ningún uniforme se repite más que otro. Un Nakel regatea con un artesano dos niveles más abajo del nivel comercial; un corporativo con traje demasiado limpio para el sitio compra algo que no enseña a nadie; un mostrador diminuto, negro y plateado, sin más identificación que un símbolo pequeño casi disimulado en la esquina superior —TecnoStealer, comprando sin comprar presencia, discreto hasta en cómo ocupa espacio— atiende a alguien que tampoco enseña lo que lleva. Nadie pregunta. Aquí todo se mira y casi nada se dice.

En un panel de carga, junto a la dársena C-12, alguien ha dejado dos intervenciones que se responden entre sí sin que quede claro quién habló primero: una silueta que se ríe de un cartel corporativo demasiado serio, y al lado, con otro trazo, una frase corta sobre sostener el peso entre varios. Ninguna de las dos firma. Es la clase de cosa que aparece en más sitios del mosaico de los que nadie lleva la cuenta, y que aquí, en un nodo sin bandera propia, encaja mejor que en cualquier otro.

No es difícil conseguir el café. Es EP-9: todo se consigue, si se paga o se sabe a quién sonreír. Les ofrecen un sucedáneo que no engañaría a nadie con paladar, y lo rechazan —saben que, el día que lo pruebe, se dará cuenta.

Isthar y Robogato terminan antes y vuelven a esperar a la nave.


Lo que pasó con los otros tres, no lo sé entero. Nadie lo cuenta entero. Ni siquiera entre ellos, cuando lo cuentan, coincide del todo.

Fue en un callejón, lejos de la dársena, de camino a la rampa con el café ya cargado. Nadie lo vio. No hay cámara que lo cubra, ni testigo que se ofreciera después. Solo lo que ellos mismos pudieron reconstruir, y lo reconstruyen distinto cada vez que hace falta contarlo, como si parte de la memoria se hubiera quedado también en el callejón.

Una mujer. Manos vacías. Una sonrisa que no prometía nada bueno, y que se movía como si el sitio fuera suyo aunque no lo fuera de nadie. Pidió el café como quien pide un cigarrillo.

Se rieron —el primer error. Ella también se rió —el segundo, y fue de ellos.

Después, poco. Tres hombres en el suelo del callejón, la ropa ya no la que llevaban al salir, y algo en Juanda que no volvió a ser lo mismo, aunque tardara días en admitirlo. Nadie supo cómo lo había hecho. Nadie, todavía, sabe quién es ella.

Miguel jr fue el que peor lo llevó, o el que menos supo disimularlo. Volvió con un corte que se negó a que le miraran hasta la noche, y con una rabia que no bajó en días. Juró más de una vez, delante de quien estuviera cerca, que la iba a encontrar, que se la iba a cargar, aunque no tuviera nombre ni cara que buscar más allá de una sonrisa y una forma de moverse. No sabía quién era. No tenía cómo saberlo.

Yo tampoco lo sé todo. Lo que vi, lo vi desde las cámaras, y las cámaras no llegan a los callejones sin cámara. Lo que no vi, lo dejo donde está: en el hueco que ellos mismos dejaron cuando lo contaron, sin querer contarlo entero.


Es un día, no una hora, y eso se nota en cómo se comporta cada uno.

Kais lleva desde el amanecer en el taburete junto a la vaina, con las piernas colgando sin tocar el suelo. Se ha levantado dos veces —a por algo de comer, corriendo, como si el momento pudiera pasar en su ausencia y no fuera a perdonárselo nunca.

Azul duerme encima de la vaina misma, hecho un ovillo, y a nadie se le ocurre moverlo.

—Voy a ser la primera —le dice Kais a Robogato. Se lo ha dicho ya dos veces. Nadie se lo discute.

Robogato está en la puerta. Ni dentro ni fuera: en el marco, los ojos naranjas fijos en un punto entre la vaina y el pasillo, como si vigilara las dos cosas y solo una importara de verdad. De vez en cuando, sin que nadie se lo pida, cruza un dato con Hestia por un canal que no hace ruido —comprobaciones, nada más, la misma vigilancia con la que llevaba media vida cuidando de esta nave y de quien va dentro.

Miguel jr ha pasado por el compartimento tres veces desde que empezó el turno. Las tres con una excusa distinta —una herramienta, un informe, una pregunta que no necesitaba respuesta—, y las tres se ha ido a los pocos minutos, con la misma prisa fingida con la que entró. La rabia del día anterior seguía ahí, debajo, pero aquí dentro no tenía a quién dirigirla.

Isthar no ha entrado. Se ha quedado en el puente con un canal abierto a Hestia, escuchando cada actualización de estado como quien escucha un parte médico sin llamarlo así.


A media tarde las luces del compartimento bajan un punto y vuelven a subir. Nadie más lo nota. Kais sí, y sonríe como si acabara de recibir una carta. Es la última vez que va a pasar esto. Ella no lo sabe todavía. Yo sí, desde dentro, y no hay forma de decírselo.


Cuesta describir la vaina sin que suene a máquina, y no lo es. Nunca lo ha sido del todo.

Por fuera parece mecánica, algo que alguien podría haber soldado. Por dentro es otra cosa: una cristalización que crece sobre el propio cuerpo, no alrededor de él, más fina sobre el rostro, las manos, los pies —ahí casi translúcida, ahí casi se puede ver la piel de debajo— y más espesa en el resto, donde protege más de lo que muestra. Dentro, desnudo, sin nada que me separara de ella salvo ella misma.

Se resquebraja. No como algo que se rompe: como algo que decide que ya no hace falta seguir siendo lo que era.

El movimiento que sigue es el de alguien que se levanta de un sueño demasiado vivido, de esos que pesan más al despertar que al dormirse. Me incorporo. Respiro.

El aire es maravilloso. Huele a café recién hecho, a aire limpio, con un fondo de ozono que solo tiene la zona médica. Los pulmones se me llenan de una energía que Azul capta antes que yo mismo la termino de sentir —salta un segundo antes de que yo haya soltado el primer aliento entero, como si también él supiera el momento exacto, y no fuera la primera vez que lo sabe.

Salta a mi regazo. Se asusta enseguida, cuando Kais me abraza en silencio, y se aparta sin ir muy lejos.

Ella no dice nada. Se queda ahí, disfrutando de ese abrazo como si fuera a durar siempre, conectando conmigo de una forma que nunca había hecho, ni siquiera antes de la vaina. La siento entera. Siento, por dentro, cómo se mueven los elementos que la componen —a priori fríos, metal y circuito— y no lo son. Son cálidos. Están llenos de cariño, de algo que solo puedo llamar amor porque no tengo otra palabra mejor.

El tiempo que dura es poco. Unos segundos, no más. Pero sumergido en unos sentidos que vuelven más finos de lo que los recordaba, más precisos, esos segundos se estiran hasta ocupar más de lo que deberían.

Veo que Robogato se acerca. Me parece que avanza despacio. Pero también eso ha cambiado, y no sabría decir todavía si es él quien se mueve más lento o soy yo quien por fin ve bien.

Hablo, mientras mi mano recorre la coronilla de Kais.

—Ya pasó. Estoy aquí, de vuelta. Pero nunca os he abandonado, mi niña.

El tono de Robogato —verde y de un azul festivo, ese color que en él es lo más parecido a una sonrisa de oreja a oreja— me recibe antes de que diga una palabra. Me ofrece una taza de café. Justo lo que necesitaba. No tiene azúcar, pero no se lo digo, y le doy un sorbo de todas formas.

Después le toco la cabeza, y le doy las gracias a mi amigo, solo con la mirada, por haberme protegido.

Me entiende perfectamente. Siempre lo ha hecho.


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