Capítulo 53: Raíces en el Vertedero II
Un año es mucho tiempo cuando se cuenta desde fuera y muy poco cuando se vive desde dentro. Lo aprendí otra vez, aquí, de la misma forma en que lo había aprendido la primera vez que pisamos este planeta: el Vertedero no mide el tiempo en días. Lo mide en costuras que se cierran, en manos que aprenden algo que antes no sabían.
No voy a contarlo día a día. Nadie lo haría, y menos yo, que llevaba tres años sin poder contar nada en absoluto. Voy a contarlo como se cuenta lo que de verdad importa de un año: por lo que cambió en cada uno.
El cuerpo tarda en aprender un planeta nuevo, y el mío tuvo que aprender este dos veces.
El óxido tiene su propio olor, metálico y dulzón a la vez, y se pega a la ropa, al pelo, a la parte de atrás de la garganta. Los primeros días volvía a notarlo en cada respiración; a la segunda semana ya no lo notaba en absoluto, y eso, más que cualquier otra cosa, me dijo que había vuelto a casa, o a lo más parecido a una casa que teníamos en este rincón del Mosaico.
Aprendí otra vez los sonidos: el crujido lento de las montañas de chatarra asentándose sobre su propio peso, como un gigante que se acomoda en la cama sin llegar a despertarse del todo; el zumbido parejo de los generadores compartidos, tan constante que dejaba de oírse hasta que fallaba, y entonces el silencio dolía más que cualquier ruido. Y una vez, a mitad de una tarde cualquiera, la primera tormenta de óxido de la temporada, fragmentos de metal a velocidad de bala contra los paneles del asentamiento, y todos refugiados en el taller grande viéndola pasar por una rendija, con ese color imposible que tienen las tormentas de óxido al atardecer y que nadie que las ha visto describe solo como feo.
—Es bonito, si no te mata —dijo Kais, con la nariz pegada a la rendija.
Nadie la contradijo.
A la primera semana, Juanda ya había desmontado media Mecha.
La encontró donde la habíamos dejado, en un rincón del taller grande que el asentamiento le prestó sin hacer preguntas: aquí el trueque es la única moneda que corre de verdad, y un piloto de Mecha con manos hábiles vale su peso en trabajo futuro. Estaba peor de lo que recordaba. O mejor, según se mirara: los tres meses de combate del Arco anterior le habían dejado marcas que ningún manual de fortunis había previsto.
—Esto no debería seguir en pie —dijo Juanda la primera vez que la abrió entera, con ese tono suyo que es mitad preocupación y mitad orgullo.
—Pero sigue —dijo Isthar, desde debajo de una pierna mecánica.
El taller olía a soldadura y a aceite quemado, un olor que se te metía en la ropa y no salía ni con tres lavados, y las chispas del soplete de Juanda dibujaban arcos cortos en la penumbra cada vez que encontraba una junta que arreglar. Isthar volvió a lo suyo con la misma naturalidad con la que había vuelto a todo lo demás: sin recordar del todo por qué sabía hacerlo, pero con las manos ya sabiéndolo por ella. Pasaba las tardes ahí, pasándole herramientas a Juanda antes de que las pidiera, y algunas noches, cuando él ya se había rendido al cansancio, se quedaba sola terminando lo que él había dejado a medias. Nunca se lo dijo. Él nunca preguntó por qué avanzaba más de lo que recordaba haber avanzado.
Saúl encontró el bar el segundo día.
No hizo falta que lo buscara: "el sitio" lo encontró a él, como encuentra a todo el que sabe escuchar antes de hablar. A la semana ya conocía nombres. Al mes, historias. Cocinaba algunas noches, cuando quien llevaba la barra se lo pedía, y el comedor del asentamiento volvió a oler a las especias que solo él sabía combinar sin receta: algo con demasiado pimentón para el gusto local, que aun así se comían hasta el fondo del plato.
De Voss no se habló.
Nadie preguntó, y Saúl menos que nadie. Pasaba cerca del taller donde ella solía trabajar, alguna tarde, con las manos en los bolsillos y la mirada en cualquier otro sitio que no fuera la puerta. Una vez se quedó quieto a media tarea, mirando un punto que no era ningún punto en particular, y yo lo supe —porque las cámaras captan estas cosas aunque no entiendan lo que significan— sin que él tuviera que decírselo a nadie.
No volvió a entrar.
La gente no siempre retoma lo que dejó, ni siquiera cuando podría. A veces lo deja donde está y sigue caminando, y eso también es una forma de quererlo.
Miguel no paraba.
Ayudaba a Juanda con la Mecha por las mañanas. Ayudaba a Isthar con lo que hiciera falta por las tardes. Y cuando ya no quedaba nada que ayudar, salía solo a explorar los bordes del asentamiento, o se sentaba con cualquier manual técnico que encontrara tirado por el taller, leyendo con esa concentración suya que no admite interrupciones.
Una vez volvió con las botas cubiertas de un polvo que no era de aquí, más fino, casi ceniciento, y dijo que había llegado hasta donde empezaban unas montañas que nadie del asentamiento se molestaba en nombrar. Otra vez volvió con un arañazo en el antebrazo, y no dijo de dónde. Nadie preguntó demasiado. Explorar los bordes del Vertedero a solas no es exactamente prudente, pero tampoco es exactamente nuevo, y Miguel lleva razón desde hace años en cosas que a mí me habrían dado miedo.
Le pregunté una vez si estaba bien.
—Estoy ocupado —dijo, sin levantar la vista.
No es lo mismo. Los dos lo sabíamos. Pero no insistí, porque yo tampoco tenía derecho a pedirle que parara cuando yo mismo no paraba.
Robogato hacía un poco de todo, y lo hacía todo un poco mejor de lo esperado.
Una mañana lo encontrabas ayudando a calibrar un sensor en el taller de Juanda. Por la tarde, arreglando un generador en la otra punta del asentamiento, sin que nadie se lo hubiera pedido expresamente: simplemente había oído que fallaba, y había ido. Una vez lo vi negociando con dos Nakel que rondaban los márgenes del asentamiento, ofreciéndoles piezas sueltas a cambio de que dejaran de merodear cerca del generador principal; se fueron con las piezas y sin haber tocado nada, y Robogato volvió como si acabara de hacer algo tan normal como respirar.
Kais lo seguía cuando podía, aprendiendo con él lo mismo que él aprendía sobre la marcha, y entre los dos formaban un equipo de reparaciones que el asentamiento empezó a dar por sentado antes de que llevaran un mes ahí.
—¿Nunca te cansas? —le preguntó Kais una noche, después de la tercera avería del día.
—Me gusta que las cosas funcionen —dijo él. Y en Robogato, eso es casi una confesión.
Yo tenía las manos ocupadas de día y la cabeza ocupada de noche, y las dos cosas por razones que no le conté a nadie.
De día, aprendía. Había encontrado a alguien en el asentamiento —un herrero rúnico del que hablaré cuando toque hablar de él como se merece— dispuesto a enseñarme algo que ningún libro de la Tierra ni ningún maestro del Mosaico me había enseñado nunca: a dejar que otro me corrigiera. No fue fácil. Llevaba toda una vida aprendiendo solo, y aprender acompañado se parecía más a desnudarse que a estudiar.
De noche, dormía poco. Dos horas, tres si el cuerpo insistía, repartidas entre lo que hiciera falta. El resto lo pasaba leyendo lo que Isthar y Miguel habían dejado a medias, revisando manuales que nadie más tenía tiempo de revisar, buscando patrones en la tecnología del Vertedero que nadie me había pedido que buscara. El asentamiento de noche suena distinto: menos voces, más metal asentándose, algún generador tosiendo antes de estabilizarse. Aprendí a que ese silencio concreto, el de las tres de la madrugada, fuera mi compañía habitual.
No se lo dije a nadie.
Bueno. A casi nadie.
Las luces del pasillo donde dormía, una habitación prestada tan improvisada como todo lo demás aquí, se quedaban encendidas más tiempo del que deberían cuando yo estaba despierto, y se apagaban solas en el momento exacto en que por fin cerraba los ojos.
Nunca dije nada. Tampoco lo mencionó nadie más.
Pero alguien lo sabía.
Así pasó el año, o buena parte de él: en talleres, en un bar sin nombre, en manuales leídos de madrugada, en tormentas de óxido vistas desde una rendija, en un silencio compartido sobre Voss que decía más que cualquier pregunta.
Hasta que llegó el turno de hablar del herrero rúnico como se merece.
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