Capítulo 59: La Nota de Voz

La celebración de verdad fue al día siguiente, con todo el grupo reunido, en una terraza que Álex conocía de algún viaje anterior con vistas a tres niveles de MadCity a la vez.

Abajo, MadCity encendía sus luces de noche una a una, como si la ciudad entera fuera aprendiendo, torre a torre, a no tener miedo de la oscuridad. El aire olía a comida asada y a algo floral que venía de un jardín colgante dos plantas más abajo. Alguien había puesto música, de esa que no reconoces pero que el cuerpo entiende igual, y varias mesas se habían ido juntando hasta formar una sola, larga, desordenada, nuestra.

Miguel, Acólito. Yo, Iniciado. Saúl, Juanda y Miguel jr enseñando sus mejoras nuevas como quien enseña un juguete el primer día. Isthar contando la misma anécdota del golem de fuego por tercera vez, cada vez con más final feliz que la anterior. Kais robando comida de todos los platos menos del suyo.

Nadine no estaba.

No lo noté enseguida. Cuando lo hice, pregunté a Robogato, que se encogió de hombros de la única forma en que un droide puede encogerse de hombros.

—Dijo que tenía cosas que hacer —dijo.

No sonó a mentira. Tampoco sonó a la verdad entera.


Ya de madrugada, cuando el festejo había bajado de volumen y la gente empezaba a irse a dormir, encontré una nota de voz esperando en mi comunicador.

Corta. Apenas unos segundos.

Su voz, cálida, sin ningún reproche dentro. Decía que había rehecho su vida en Oasis, que no se arrepentía de haber venido, que se alegraba de haberlo visto despierto y de pie. Decía que no hacía falta que la buscara. Que la puerta seguía abierta, para cuando el mosaico decidiera cruzarlos otra vez, si es que decidía hacerlo.

No decía que se iba porque doliera. No hacía falta que lo dijera.

Su voz me llevó a otra, de hacía años, en una habitación distinta, con las estrellas de Oasis todavía sin devorar por el neón. —Tienes que volver —había dicho, sin girarse—. Oasis todavía te necesita. Yo todavía te necesito. Y yo, entonces: —Volveré. Lo prometo. Y ella: —No hagas promesas que no puedas cumplir.

No las cumplí. Ella tenía razón, como siempre.

Y antes de eso, más atrás todavía, dentro de una vaina que no debería recordar nada y sin embargo recordaba: un sueño, o algo parecido a un sueño, en el que ella estaba sentada a mi lado como si venir desde Oasis hasta EP-9 fuera un simple detalle logístico y no un argumento entero. En su momento no supe si era recuerdo o deseo. Ahora sé que fue las dos cosas, y que se cumplió exactamente como lo soñé: ella viniendo sin que nadie se lo pidiera, sin que yo tuviera que preguntar nada.

Lo que no soñé fue el final. Eso lo estaba viviendo ahora, con un comunicador frío en la mano y una nota de pocos segundos que ya había escuchado tres veces.

No la llamé.

Me quedé un rato mirando el comunicador, sin escribir nada, sin marcar nada. Al final lo guardé y me fui a dormir.


Me quedé un rato más en el balcón antes de volver adentro. La ciudad seguía encendida, indiferente, con la misma vida de siempre en cada torre: gente que ni sabía que yo existía, ocupándose de sus propias notas de voz, de sus propias puertas abiertas o cerradas. Me pasé el pulgar por el borde del comunicador, sin abrir nada más, hasta que se me quedó frío en la mano.

Por fuera me lo tomé bien. Volví a la celebración un rato, sonreí lo que había que sonreír, dejé que Isthar contara la anécdota del golem una cuarta vez.

Por dentro hice un duelo que no le enseñé a nadie. No sé si alguien lo notó. Si alguien lo intuyó, tuvo la decencia de no decir nada, y yo tuve la decencia de no preguntar.

Llegué solo a este arco. Me iría solo de él, en lo que a Nadine se refería. No era la primera vez que pasaba algo así en mi vida, y sabía, con la misma certeza triste con la que se sabe una cicatriz vieja, que sabría recomponerme.

Me puse una sonrisa. La sostuve hasta que empezó a parecerse a una de verdad.


Los mensajes llevaban esperando más tiempo del que pensaba.

Los encontré al revisar el comunicador a la mañana siguiente, entre notificaciones sin importancia y una factura de la cena que alguien más había pagado ya. Varios mensajes de los Federales de la Libertad. El acuerdo que habíamos hecho con ellos hacía tiempo, ser agentes libres, disponibles cuando hiciera falta, por fin tenía factura que cobrar.

Nos llamaban al Mundo de las Plantas.

Reuní al grupo esa misma mañana, con el café todavía en la mano y la cabeza en dos sitios a la vez: uno de ellos, aunque no lo dijera, seguía en una nota de voz de pocos segundos.

—Nos necesitan —dije, sin más rodeos—. Un planeta selva, corporaciones probando armamento, una guerra que no es nuestra pero que se ha vuelto nuestro problema por firmar un papel hace tiempo.

—¿Cuándo salimos? —preguntó Juanda, ya calculando algo en su cabeza.

—En cuanto Álex encuentre el portal.

Nadie protestó. Nadie preguntó por Nadine tampoco, aunque supe, por cómo Isthar evitó mirarme un segundo de más, que no era la única que se había dado cuenta de que faltaba alguien en la mesa.

El Mosaico no espera a que uno termine de curarse antes de pedir la siguiente cosa.

Álex tardó un rato en encontrar el punto exacto para el portal, así que hubo tiempo de mirar MadCity una última vez desde la terraza donde habíamos celebrado la noche anterior: las torres, las luces, el suelo de cristal que dejaba ver niveles y niveles de vida ajena. Un sitio que había estado a punto de convertirse en algo importante para mí, y que se quedaba atrás con la misma facilidad con la que había aparecido.

Nos fuimos hacia allá.


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