Capítulo 54: El Maestro Rúnico

Lo encontré donde todo el asentamiento sabía que estaba, aunque nadie me lo hubiera señalado con el dedo: un taller pequeño, apartado del ruido de los generadores, con los muros cubiertos de grabados que no eran decoración.

Eran lenguaje. Lo supe antes de entender una sola línea.

De cerca, el taller olía distinto a los demás: no solo metal caliente, sino algo más seco, casi mineral, como piedra recién partida. Los materiales que cubrían las mesas no se parecían a la chatarra de fuera: fragmentos con vetas que no había visto en ningún otro punto del planeta, herramientas que él mismo había tenido que inventar porque no existía nada que sirviera para lo que hacía. Nada estaba etiquetado. Él no lo necesitaba.

—Llevas dos días mirando la puerta desde la calle —dijo, sin darse la vuelta—. Entra o vete. Las dos cosas son válidas. Quedarte ahí fuera no lo es.

Entré.


Se llamaba Davan. No tenía diploma. No pertenecía a ningún gremio, a ninguna escuela, a ninguna organización que pudiera darle un título que ya llevaba escrito en las manos. Había aprendido solo, a base de golpes y de materiales que nadie más quería tocar, rescatados de donde nadie más se molestaba en mirar, y había llegado a un sitio al que muy pocos titulados llegan nunca.

—No enseño runas —dijo, antes de que yo llegara a pedírselo—. Eso es lo primero que hay que dejar claro. Si buscas runas, hay maestros para eso, en otros mundos, con diplomas de verdad. Yo enseño otra cosa.

—¿Qué?

—Por qué las runas funcionan donde funcionan. Por qué un portal se abre en un sitio y no en el de al lado. Cómo se mueve la Distorsión cuando nadie la está mirando.

Me quedé callado. No porque no tuviera preguntas —tenía cientos—, sino porque algo en la forma en que lo dijo me hizo entender que las preguntas equivocadas, aquí, costaban más que el silencio.

—¿Y cuánto cuesta eso? —pregunté al fin.

—Trabajo. No dinero. El dinero no me interesa; el tiempo, sí. Si vas a aprender de verdad, vas a tardar. Y mientras tardas, vas a ayudarme con lo que haga falta.

—Trato hecho.

Davan me miró entonces, la primera vez que me miró de verdad, con esa precisión suya que parecía medir algo que yo no sabía que se podía medir.

—Todavía no sabes lo que has aceptado —dijo—. Pero vale. Empezamos mañana.


Nunca había aprendido de nadie.

En la Tierra, todo lo que sé lo saqué de libros, de ensayo y error, de noches enteras dándole vueltas a algo hasta que cedía. Aquí, en el Mosaico, tampoco había cambiado el método: cada poder, cada técnica, la había arrancado sola, a solas, sin nadie corrigiéndome el gesto ni diciéndome que lo estaba haciendo mal.

Davan me corrigió el primer día, en la primera hora.

—Así no —dijo, deteniéndome la muñeca con dos dedos, sin brusquedad—. Otra vez.

Y lo hice otra vez. Y otra. El polvo del material que usaba se me quedaba bajo las uñas, fino como ceniza, y a la tercera hora me dolían músculos de la mano que no sabía que tenía. No me dijo bien hasta la séptima, y para entonces yo ya tenía la sensación, extraña, incómoda, y con el tiempo agradecida, de que alguien más sabía algo que yo no sabía, y estaba dispuesto a compartirlo sin pedirme nada a cambio de humillación.

No fue fácil. Aprender solo tiene una ventaja que nadie te cuenta: nunca tienes que sentirte pequeño delante de otro. Aprender acompañado te la quita el primer día, y hay que decidir si merece la pena.

Decidí que sí. Cada mañana volvía a decidirlo.


Las semanas se convirtieron en un ritmo. Yo llegaba temprano, ayudaba con lo que Davan tuviera entre manos: fuelles, martillos, materiales que él sabía identificar con solo tocarlos, algunos tan raros que ni siquiera me decía de dónde los había sacado. Y a media mañana empezaba la lección de verdad, que casi nunca se parecía a una lección.

—¿Por qué crees que un portal se abre aquí y no dos metros más allá? —me preguntó una vez, señalando un punto cualquiera del suelo de tierra.

—No lo sé.

—Bien. Esa es la respuesta correcta durante mucho tiempo. Cuando dejes de darla, sabré que has entendido algo, o que te has vuelto arrogante. Las dos cosas se parecen al principio.

Le pregunté una vez qué pasaba cuando él mismo no sabía algo. Se lo tomó en serio, cosa rara en él.

—Lo que no he tenido que resolver con mis propias manos, no lo sé —dijo—. No soy un archivo. Soy alguien que ha tenido mucho tiempo y pocas alternativas.

No me pareció una limitación. Me pareció, más bien, la razón por la que confiaba en cada palabra suya: nunca me dio una respuesta que no hubiera pagado él mismo antes.

El grupo, mientras tanto, había empezado a devolverle el favor a su manera: Isthar y Miguel decoraron los muros exteriores de su casa con grabado rúnico, algo pequeño, más gesto que necesidad. La primera vez que Davan lo vio, se quedó mudo un buen rato, mirando las líneas que Isthar había trazado con más cuidado del que solía admitir tener.

No dijo gracias. No hacía falta. El silencio, en él, ya era la forma más alta de reconocimiento que conocía.


Miguel venía a veces a buscarme al taller, al final del día, y se quedaba en la puerta un momento antes de decir lo que fuera que hubiera venido a decir.

—¿Qué tal? —preguntaba, mirando los grabados en las paredes como quien mide una distancia.

—Bien —decía yo—. Aprendiendo despacio.

Nunca me preguntó si era raro, para él, ver a su padre estudiando algo desde cero, con la misma torpeza con la que él mismo había empezado hacía años. Yo tampoco se lo pregunté. Había algo en su forma de mirar los grabados, midiendo, comparando, sin decirlo, que prefería dejar sin nombrar. No porque no lo hubiera notado. Porque nombrarlo lo habría hecho más grande de lo que ninguno de los dos estaba listo para que fuera.


Hubo un día, a los tres meses, en que quise correr antes de saber andar.

Davan había salido a buscar material y me dejó solo con un trazo sencillo, de los que ya dominaba. Decidí probar algo más. Una variación mía, una idea que llevaba días dándole vueltas y que no le había enseñado por miedo a que me dijera que no.

El taller se llenó de un olor a quemado que no era el habitual, más agrio, más eléctrico, y una luz blanca me estalló contra la cara antes de que pudiera apartarme. Cuando Davan volvió, me encontró con las cejas chamuscadas, el trazo convertido en una mancha negra en el suelo, y una mueca que intentaba parecer despreocupada y no lo conseguía en absoluto.

No dijo nada durante un buen rato. Se limitó a mirar la mancha, después a mí, y después otra vez la mancha.

—¿Duele? —preguntó al fin.

—Un poco.

—Bien. Así se acuerda uno de no volver a hacerlo solo.

No era un reproche. Era, según entendí más tarde, la lección entera resumida en dos frases: lo que se aprende con otro se aprende más despacio, pero lo que se intenta a solas antes de tiempo se paga con las cejas.


Al final de un tramo largo de instrucción, no sabría decir cuántas semanas porque dejé de contarlas en algún punto sin darme cuenta, Davan se detuvo en mitad de una lección y se metió en la trastienda del taller.

Volvió con algo envuelto en tela, pequeño, del tamaño de un puño.

—Toma —dijo, poniéndomelo en la mano sin ceremonia.

—¿Qué es?

—Lo entenderás cuando lo necesites.

Esperé a que dijera algo más. No lo hizo. Volvió a la mesa de trabajo y siguió con lo que tenía entre manos, como si acabara de darme una herramienta cualquiera y no algo que había guardado, a juzgar por el polvo de la tela, durante mucho más tiempo del que yo llevaba en su taller.

No insistí. Había aprendido, si algo, que las mejores respuestas de Davan eran las que no daba.

Guardé el objeto donde guardo lo que todavía no sé qué es, envuelto en la misma tela, en el fondo de una caja que no abría por costumbre.

Y seguí aprendiendo.


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