Capítulo 56: MadCity
Cruzamos, y MadCity nos recibió como recibe a todo el mundo: sin preguntar quiénes éramos ni por qué llegábamos.
La ciudad no tiene un tamaño que se pueda contar en manzanas ni en niveles. Se cuenta en horizontes. Torres que no terminan de subir, unas encima de otras, unidas por pasarelas que se cruzan como si alguien hubiera tejido una tela demasiado grande para un solo telar. Luces de todos los colores que existen, y de alguno que estoy bastante seguro de que no existía antes de que alguien lo inventara aquí. El aire olía a comida de mil sitios distintos a la vez, a metal caliente, a algo dulce que no supe identificar y que decidí que no necesitaba identificar para disfrutarlo.
—Bienvenido al centro del multiverso conocido —dijo Álex, sin ironía. La ironía sobraba. El sitio ya se bastaba solo.
Bajo nuestros pies, en algunos tramos, el suelo era cristal. Se veían tres niveles de ciudad más abajo, cada uno con su propia luz y su propio ritmo, gente que no sabía ni le importaba que estuviéramos pasando por encima. Vendedores ambulantes ofrecían cosas que no supe nombrar, en idiomas que tampoco supe reconocer. Sonaba una música distinta según la calle, como si la propia ciudad cambiara de humor cada pocos metros.
Me quedé un momento parado en mitad del puente, sin caminar, solo mirando. Es otro de mis vicios: cuando algo me atrapa de verdad, el resto del mundo se difumina un poco alrededor, y puedo pasarme más tiempo del razonable fijándome en un detalle diminuto: el reflejo de un cartel en un charco, la forma en que una tela se movía sin viento, mientras todo lo demás sigue sin mí. Isthar me tocó el hombro para que siguiera andando. No hizo falta que dijera nada más.
Un grupo de corporativos con trajes que no había visto en ningún catálogo cruzó por nuestro lado, hablando en voz baja de números que sonaban a mucho dinero. Nadie los miró dos veces. Aquí, ser alguien importante no te hace destacar: solo te hace uno más entre miles que también lo son, o lo fingen serlo bastante bien.
Nos separamos casi sin decidirlo.
Miguel, Saúl y Juanda se fueron a instalarse mejoras, aprovechando que estábamos en la única ciudad del Mosaico donde eso se puede hacer sin que nadie pregunte de dónde vienes, siempre que el dinero sea de verdad. Me llegaron después algunos detalles, sueltos: que Saúl había estado a punto de cambiar de opinión tres veces delante de la misma vitrina; que Juanda había hecho tantas preguntas técnicas que el vendedor terminó por regalarle un manual solo para que se callara; que Miguel había salido con algo en el brazo que no quiso enseñarme hasta días después. Nada de eso lo vi. Me lo contaron, y con eso tuve que conformarme, preocupándome un poco de todas formas por los tres, cada uno a su manera.
Yo me quedé con Álex, Totovía y Nadine, camino de lo que tocaba preparar para el día siguiente.
Isthar se quedó también, aunque no del todo con nosotros: la vi hablar con Nadine un buen rato, las dos apoyadas en una barandilla con toda MadCity de fondo, en una conversación que no me pertenecía. Me alegré de no saber de qué hablaban. Hay silencios que hay que dejar tranquilos.
Cenamos los seis en un restaurante que Nadine e Isthar ya conocían de un viaje anterior. No recordaba haber estado. Nadie me explicó cuándo había sido ese viaje, y no pregunté. El sitio tenía las mesas suspendidas sobre un estanque de agua luminosa, y cada vez que alguien se movía, ondas de luz se extendían por debajo como si el propio local respirara. Comimos algo que no supe nombrar del todo, con un sabor que combinaba dulce y metálico de una forma que no debería haber funcionado y funcionaba de todas formas. Fue esa noche cuando Isthar me contó lo de sus hijos.
No lo soltó de golpe. Lo dijo como quien deja caer algo que lleva tiempo cargando y por fin encuentra el momento en que pesa menos.
—Tengo un hijo —dijo, mirando la copa más que a mí—. Casi de la edad de Miguel. Y una hija.
—¿Un hijo?
—Álex —dijo, y señaló con la barbilla al otro lado de la mesa, donde Álex fingía muy mal no estar escuchando.
Me costó un segundo entero encajarlo. Álex, que ya llevaba con nosotros desde antes de que yo cristalizara. Álex, que había criado en algún futuro que todavía no le tocaba vivir. La cabeza me daba vueltas de una forma que no tenía nada que ver con el vino.
—¿Y la hija? —pregunté, cuando pude.
Isthar se quedó callada un momento de más.
—No lo sé —dijo—. Se quedó atrás. En una huida. Hace mucho.
No preguntó nadie nada más. Álex miraba su plato. Totovía miraba a Isthar con esa paciencia suya que no juzga ni empuja. Nadine me apretó la mano por debajo de la mesa, un segundo, y la soltó.
Todo el mundo en esa mesa lo sabía menos yo. Eso también me costó encajarlo, aunque no lo dije.
Preparé la armadura esa misma noche, en un taller que Totovía consiguió prestado sin que yo supiera cómo ni a quién.
Sabía que me agotaría. La runa que la activaba duraba entre doce y veinticuatro horas según cómo se inscribiera, y si quería tenerla lista y cargada para la prueba de la mañana, tocaba trabajar toda la noche y llegar reventado. Lo decidí de todas formas. Un año con Davan me había enseñado, entre otras cosas, a calcular cuándo merecía la pena agotarse por algo.
El material bajo mis manos era distinto al que había usado siempre con Davan: más pulido, más caro, comprado con el dinero que había ido reuniendo este último año. Pero la gramática de fondo era la misma que él me había enseñado a golpes de paciencia: por qué un trazo se sostiene donde se sostiene, por qué la runa prende en un punto y no en el de al lado. Trabajé con una concentración que no dejaba sitio para nada más. Ni para el cansancio, ni para pensar en la hija de Isthar que se había quedado atrás hacía años, ni en nada que no fuera el trazo siguiente. Es un rasgo mío de siempre, esto de desaparecer dentro de lo que estoy haciendo. Mis hijos lo conocen bien. Nunca lo han necesitado explicar.
En algún momento de la noche, con la mano ya calibrada al mismo gesto repetido cien veces, me encontré en otro sitio sin haberme movido de la silla. Una sala con tubos fluorescentes y olor a grafito, mesas de dibujo alineadas, y yo, bastante mayor que el resto de los que hacían la prueba, intentando que un carboncillo se pareciera en algo a la lámina que tenía delante. La prueba de acceso para mayores de veinticinco. Historia del arte por la mañana, dibujo por la tarde, y entre medias la sensación exacta que tenía ahora mismo, en este taller prestado a miles de años luz de aquella sala: que llegaba tarde a algo que otros ya sabían hacer, y que la única salida era hacerlo de todas formas, mal si hacía falta, hasta que dejara de ser tan mal.
Aquel día tampoco durmió nadie que yo recordara. Ni entonces tenía ninguna garantía de que fuera a servir de algo, y sirvió. Volví al trazo que tenía delante con esa misma certeza vieja: no hacía falta saber si esto iba a servir. Bastaba con terminarlo.
Kais entró dos veces. La primera, a traerme algo de comer sin que se lo pidiera. La segunda, ya de madrugada, se quedó en la puerta un momento, sin decir nada, hasta que levanté la cabeza.
—Sigo aquí —le dije.
—Ya lo sé —dijo ella—. Solo quería que tú también lo supieras.
Volvió a irse. Yo volví al trazo siguiente.
Terminé cuando ya casi amanecía. La armadura, activada, brillaba con una luz tenue que no era del todo luz: algo entre eso y calor, entre calor y una promesa. La miré un buen rato antes de ponérmela, con esa clase de orgullo que a veces se parece demasiado al miedo.
Al otro lado de la ciudad, en algún taller de implantes, Miguel, Saúl y Juanda seguirían despiertos también, seguramente arrepintiéndose de alguna decisión tomada con demasiada confianza y demasiado poco dolor previsto. No los envidiaba. Tampoco los cambiaba por mí.
Faltaban pocas horas para el templo.
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