Capítulo 52: Llegada al Vertedero

Miguel entró poco después de que Robogato se apartara del umbral para dejarle paso.

Reconocí el paso nervioso antes de reconocer nada más: la misma prisa fingida con la que había entrado y salido tres veces esa mañana, según me contaron después, cada vez con una excusa distinta. Esta vez no traía excusa. Se quedó parado un segundo, como si hubiera ensayado algo por el camino y se le hubiera olvidado entero al llegar, y luego cruzó la sala y me abrazó.

Fue corto. Torpe, de los que se dan porque hay que darlos. Lo noté rígido contra mí, calculando algo que no terminaba de resolver, con un corte a medio curar en la ceja que no me explicó y que yo no le pregunté. Debajo de la rigidez había algo más duro todavía, apretado, que no era solo por mí.

Se apartó enseguida. Me miró un segundo de más. Y no dijo nada.

No le pregunté qué calculaba. No soy adivino, y hay preguntas que un padre no tiene derecho a hacer nada más despertar.


Isthar bajó del puente sin que nadie fuera a buscarla. Llevaba escuchando por el canal abierto, según me dijeron, cada actualización desde que Hestia dio el primer aviso: nueve días contados dos veces, por dentro y por fuera, y ella los había contado con nosotros sin decir una palabra.

Se me echó encima con todo el cuerpo, sin frenar, y lloró, corto, sin aspavientos, la cara escondida contra mi hombro un momento y ya está. Cuando se separó tenía los ojos secos otra vez, como si hubiese decidido que aquello ya había ocupado el tiempo que le correspondía.

No sé qué lloraba exactamente, ni si lo sabe ella. Hay memoria que se pierde y cariño que se queda de todas formas, sin saber muy bien a quién pertenece.


Saúl llegó el último, y se quedó un paso atrás de los demás. Se movía con un cuidado que no era suyo, como quien protege una costilla sin querer que se note.

Casi no lo conocía. Lo había visto por cámaras, en los pasillos, y sabía de él más de lo que él sospechaba, y más de lo que yo mismo podía admitir sin que sonara raro.

—Tengo un pequeño resumen —le dije—. Pero prefiero que me lo cuentes tú.

Era mentira. Una mentira de cortesía, la única clase de mentira que me sale bien. Saúl sonrió como si no se lo hubiese creído del todo, y aun así se lo agradeció con los ojos.

Nadie dijo el nombre de Marcus.

No hizo falta. Ese hueco lo había llenado Miguel con Juanda, con Saúl, con quien fuera necesario, mientras yo no estaba para llenarlo de otra manera. La gente se va, y no siempre se despide. Se puede aceptar eso sin que deje de doler.

De Juanda no hablamos. Estaba en la sala, en algún momento entre la llegada de Isthar y la de Saúl, más callado de lo que yo recordaba en él —y más bajo: donde antes tenía que levantar la vista para hablarle, ahora lo tenía casi a la altura de los ojos, sin que nadie dijera por qué—, con una quietud que no encajaba con la mueca que intentaba sostener. Nadie le preguntó qué había pasado en EP-9. Tampoco dejamos de notar que algo había pasado.

—Bienvenido —fue todo lo que dijo, cuando por fin se acercó.

Se lo agradecí sin insistir en nada más.


—Hola, Hestia —dije, al canal general, sin esperar nada de vuelta. Hestia no contesta con frases. Nunca lo ha hecho.

Contestó como contesta siempre: los indicadores de todo el sistema parpadearon a la vez, un instante, como quien contiene la respiración. Las luces del pasillo bajaron un punto y volvieron a subir, despacio, sin prisa por volver.

Fue suficiente. En ese parpadeo estaba todo lo demás: el alivio de una madre que ve entrar por la puerta al hijo que llevaba meses fuera, sin que ninguna de las dos cosas necesitara decirse en voz alta. Ella no habla. Nunca ha hecho falta.


Volvimos a EP-7 al día siguiente, con el Teseo cargado de suministros que ya nadie mencionaba y de un silencio sobre Juanda que se fue quedando más cómodo cuanto menos se tocaba. Cuando bajamos por la rampa del hangar, Nadine ya estaba esperando.

No pregunté cómo había llegado. Robogato tampoco lo explicó, y por la forma en que evitaba mi mirada mientras descargaba cajas, quedó bastante claro que la explicación, si la había, era cosa suya. Ella se limitó a apoyarse en el marco del hangar, brazos cruzados, con esa media sonrisa que no pedía disculpas por estar ahí ni explicaciones por haber venido.

—No te he llamado —le dije. No sonó a reproche. Solo constaté el hecho.

—Ya lo sé —dijo ella—. Por eso he venido.

No añadió nada más. Yo tampoco.


Álex abrió el portal esa misma tarde, sin necesitar gestos grandes. Apenas frunció el ceño, y el aire del hangar se abrió como una cortina que alguien descorre desde el otro lado.

—¿Listos? —preguntó, sin mirar a nadie en particular.

Nadie contestó. Empezamos a cargar.

Íbamos siete: Miguel, Isthar, Juanda, Saúl, Robogato y Kais, que llevaba una bolsa que había preparado y repreparado tres veces esa mañana, y que fingía muy mal no estar nerviosa. Llevaba meses de simuladores de vuelo esperando este viaje, y por lo visto los meses no son suficientes para que a nadie se le note. Y Nadine.

Hestia se quedó con la estación. No lo dijo con esas palabras, pero el pasillo del hangar se iluminó un poco más de lo necesario cuando cruzamos, como quien enciende todas las luces de casa para despedir a alguien desde la ventana.


El portal de Álex no se parece a nada que yo hubiera cruzado antes de la vaina. No hay sensación de caída, ni el tirón que recordaba de los saltos del Teseo. Es más parecido a girar una esquina y descubrir que la calle de detrás no es la misma calle.

Cruzamos, y el aire cambió de golpe.

Metal oxidado. Eso fue lo primero: un olor que llevaba tres años sin oler y que reconocí antes de que mis ojos terminaran de ajustarse a la luz gris. Después, el sonido: crujidos lejanos, el asentamiento constante de toneladas de chatarra reorganizándose sobre sí mismas, en algún punto del horizonte que no podía ver todavía.

El Vertedero.

No había cambiado. Eso fue lo raro. Yo había cambiado tanto que esperaba, sin saber por qué, que el mundo hubiera cambiado con la misma medida. Pero las montañas de metal seguían siendo las mismas montañas, indiferentes a quién las cruzaba.

—Sigue oliendo igual de mal —dijo Juanda, y fue lo más parecido a un saludo que nadie le hizo al planeta. Sonó casi a él mismo otra vez.


El asentamiento apareció entre dos montañas de chatarra, exactamente donde lo recordaba: los mismos módulos encajados como piezas de un puzle que nadie terminó de resolver, el mismo zumbido bajo de los generadores compartidos. Alguien había añadido un tejado nuevo a uno de los talleres. Alguien más había pintado algo en un panel de metal junto a la entrada: dos figuras que no reconocí, respondiéndose la una a la otra sin que quedara claro quién había hablado primero.

Nadie salió a recibirnos con una fiesta. Eso tampoco había cambiado. Aquí nadie pregunta de dónde vienes antes de preguntarte qué sabes hacer, y nosotros ya nos habíamos ganado el derecho a que no nos preguntaran ninguna de las dos cosas.

Isthar se quedó un momento parada en la entrada, mirando el taller. No dijo nada. No hacía falta: llevaba un año viviendo aquí, aunque no lo recordara del todo, y algo en sus hombros se relajó de la misma forma en que se relaja alguien que reconoce una casa sin poder nombrar por qué.

—Volvemos a estar aquí —dijo Saúl, más para sí mismo que para el grupo.

Nadie le preguntó si eso era bueno o malo. Los dos sabíamos que la respuesta sería complicada, y ninguno tenía ganas de complicarla más de lo que ya estaba.


Edivan se veía desde lejos, o lo que quedaba visible de ella: una silueta de andamios y luces de trabajo, un murmullo de actividad que llegaba distorsionado por la distancia. La estaban reconstruyendo. Alguien nos lo dijo de pasada, sin darle más peso del que tiene una noticia del tiempo: obras en la ciudad, avanzando despacio, sin que nadie del asentamiento pareciera tener prisa por verlas terminadas.

No pregunté más. No era el momento.

Kais sí preguntó. Quiso saber si podríamos ir a verla, si la reconstrucción tenía mecha propia, si habría alguna competición nueva de las que Voss le había contado una vez. Nadie le dijo que sí. Nadie le dijo que no, tampoco. Se quedó con la pregunta en el bolsillo, como quien guarda algo para después.


Esa primera noche cenamos en "el sitio", el único punto de encuentro del asentamiento que nadie se molestó nunca en ponerle nombre oficial. La comida no era gran cosa. El sitio tampoco lo era. Y sin embargo, sentado ahí, con el ruido de fondo de gente que no nos conocía y no necesitaba conocernos para dejarnos sitio en la mesa, sentí algo que llevaba mucho sin sentir.

No era paz, exactamente. Era espacio.

Mañana habría que buscar un maestro, un taller, un sitio donde Juanda pudiera revisar la Mecha y donde yo pudiera empezar a averiguar qué hacer con estas ganas de aprender que no me dejaban quieto. Mañana habría que decidir qué contarle a Nadine sobre por qué no la había llamado, y qué no contarle todavía. Y en algún momento, aunque no fuera mañana, habría que preguntarle a Juanda qué le pasó en EP-9.

Pero no esta noche. Esta noche, comimos.


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